Arsenio Moreno volvió a ser profeta en su tierra
calle rioja
Recuerdo. La semana pasada murió en Sevilla este catedrático de Arte, de la cantera literaria de Muñoz Molina y Compán, que fue alcalde de Úbeda y dirigió el Bellas Artes
Sus restos fueron trasladados a Úbeda, igual que el belén valorado en ochenta mil euros que era una joya de los nacimientos privados y donó a sus paisanos. Arsenio Moreno Mendoza (Úbeda, 1953-Sevilla, 2021) ha regresado a la ciudad de la que fue alcalde hace casi cuatro décadas, con 29 años y mayoría absoluta.
Se leen con ecos premonitorios los versos de Luis Cernuda con los que abrió su novela Galápago (Renacimiento): "… donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, / disuelto en niebla, ausencia…". Lo echarán de menos los amigos con los que compartía amistad y tertulia en el bar Alberto, plaza de Zurradores, "donde nos reuníamos nobles, haraganes, funcionarios, bohemios", como dice uno de ellos. Local que todas las mañanas Arsenio abandonaba para irse a escribir.
Se puede decir que el siglo XX lo dedicó a la política y la labor pública y el siglo XXI a la enseñanza -era doctor en Historia del Arte por la Complutense y catedrático de Arte Moderno y Contemporáneo por la Pablo de Olavide- y a la literatura.
Ambas facetas, la política y la literaria, se fundieron cuando presentó en Úbeda su novela Hijos de las espumas del mar, historia de Alonso de Molina, un paisano al que Pizarro le encomendó que conectara con los indios en el Perú. A la presentación en su patria chica acudieron los cinco alcaldes que le precedieron en el Ayuntamiento de Úbeda, de diferentes signos políticos. Llegó a la Alcaldía la misma primavera de 1983 que Manuel del Valle accedió a la de Sevilla. Enrique Tierno Galván todavía era alcalde de Madrid.
Fernando Iwasaki, nacido en los escenarios de la novela, y este cronista tuvimos el privilegio de presentarle en La Carbonería Hijos de las espumas del mar. La historia la encontró en las crónicas de Cieza de León y el territorio, sus manglares, ciénagas y rápidos, los conocía de los siete años que viajó a Perú y Ecuador a dar clases de Historia del Arte.
En el mismo escenario y la misma edición de En Huida presentó su libro Un rayo de tiniebla, un ensayo con Antonio Zoido como maestro de ceremonias en el que ponía en la balanza del estudio a cuatro místicos: el maestro Eckhart, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, que murió en Úbeda, y Miguel de Molinos; y cuatro artistas: Bram van Velde, Mark Rothko, Antoni Tapiès y Eduardo Chillida.
Nació en tierra de escritores. De Úbeda son Antonio Muñoz Molina, ganador del premio Planeta, que estudió en su mismo instituto, y Salvador Compán, que fue finalista, compañero de clase de Joaquín Sabina y criado en el mismo barrio que Arsenio Mendoza. Compán le presentó Galápago en Santa Clara. Una historia local con trasfondo universal, un entorno de mineros, tipógrafos y sombrereros anarquistas que cubría desde la Gloriosa hasta la posguerra. Alguna vez bromeábamos con la fertilidad literaria de su tierra (además de los citados, Jesús Maesso de la Torre, Miguel Pasquau, José María López García). Los dos equipos de fútbol de Sevilla, ciudad que lo acogió, suman 132 temporadas en Primera División, mientras que el Jaén sólo estuvo dos años; el año que yo nací, como el dinosaurio de Monterroso, el Jaén estaba allí. Por el contrario, esa provincia triplica en premios Planeta (Juan José Mira, Juan Eslava Galán, Muñoz Molina) al solitario Planeta sevillano Manuel Ferrand.
La historia del Arte no fue en su caso un cometido sólo teórico o docente. Llegó a dirigir el Museo de Bellas Artes. Sólo le dio tiempo a organizar una magna exposición sobre Valdés Leal, y por meses se va a perder la conmemoración del cuarto centenario del nacimiento del pintor de las Postrimerías. Recordaba que el Bellas Artes en su época estaba en obras; obras que visitaron los ministros de Cultura Jorge Semprún y Jordi Solè-Tura, el primero un ex comunista que estuvo en los campos de concentración y ganó el Planeta, el segundo un jurista que representó al Pecé entre los ponentes que redactaron la Constitución de 1978.
A veces combinó ambas disciplinas, la artística y la literaria, como cuando noveló la vida de la escultora Luisa Roldán, La Roldana, texto que llevó al teatro su amigo Ramón Bocanegra, director de la compañía La Tarasca y parroquiano del bar Alberto.
En su novela Galápago sale como personaje Antonio Machado cuando llega con su cátedra de Francés a Baeza. Entre 1874, un año antes de que nazca Machado, y la dictadura de Primo de Rivera, se alternan en Úbeda 20 alcaldes del Partido Conservador y 19 del Partido Liberal. Galápago se repasa como un testamento literario, con ese paisaje del Pardo al disiparse la niebla pintado por Antonio Muñoz Degrain que va en la portada. Disuelto en niebla, ausencia. Escrito para que no habite el olvido en Arsenio Moreno.
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