Muere Enrique Pavón, el derribo hecho arte

OBITUARIO

En 1989 le pasó el testigo empresarial a sus hijos Enrique y Antonio

"Nunca fui a la Universidad, entré y la derribé"

Enrique Pavón, con su esposa, Antonia Solís. / M.g.
Francisco Correal

16 de diciembre 2016 - 04:18

El verdugo de Sevilla. Así lo definió Joaquín Romero Murube, el que fuera conservador del Alcázar. Derribos Pavón era mucho más que una empresa, una hermosa metáfora de la vida que puso en marcha en los primeros años sesenta Enrique Pavón (1934-2016), que ayer falleció con 82 años recién cumplidos.

Una institución de la calle Parras, donde su padre había tenido una tienda de ultramarinos. Emigró a Alemania, a Stuggart, y presumía que allí, en la Mercedes Benz, tuvo al único patrón para el que trabajó en su vida. Volvió a Sevilla, su ciudad, en moto y puso en marcha una empresa de derribos y demoliciones en la que en 1989 le pasó el testigo a sus hijos y ya tiene más de medio siglo de historia.

Se casó con Antonia Solís, la madre de sus seis hijos: Enrique, Antonio -los dos que llevan ahora la empresa-, Jesús, Rosario, Macarena y Lola. En 1964 protagonizó el derribo más espectacular, el del Palacio de Sánchez Dalp, que actualmente ocupa El Corte Inglés. "Mi padre no derribaba, desmontaba para vender, iban por allí los marqueses a comprarle objetos", dice Enrique, el mayor, que nació ese mismo año, el del derribo y de la coronación de la Macarena.

Su última voluntad fue que lo enterraran con la túnica de la Esperanza Macarena y hoy le dirán una misa con la Virgen en besamanos. Vecino de una calle, Parras, inseparable de esa hermandad, nunca salió de nazareno para atender a sus amigos. A los periodistas que lo entrevistamos en su casa nos regaló perlas como ésta: "Nunca fui a la Universidad, entré y la derribé", en referencia a los trabajos que hizo en la antigua Universidad de la calle Laraña, de cuya demolición conservaba una aldaba en su casa.

Anotaba puntualmente todos sus derribos, sus sobras completas; una costumbre de amanuense que mantienen ahora sus hijos. Estaba vinculado como devoto y como vecino a la Macarena y también familiarmente. Le han salido hijos costaleros, armaos y la boda de su hijo Enrique con una hija de Manuel García lo convirtió en consuegro del hermano mayor.

"No era hombre de fútbol ni de cacería", dice su hijo, "sino de tertulias con los amigos, de partidas de cartas". Le recuerda compartir esos buenos ratos con sus amigos Luis del Sol o Paco Camino. "Jugaban en Casa Senra". Era también asiduo de la abacería de Rafael Ramírez en el mercado de la Feria, calle de la que también fue vecino.

Compartió vecindad en la calle Parras con Juanita Reina y su amistad con la tonadillera y Caracolillo, que hizo extensiva a las hermanas y sus maridos, el ginecólogo Eduardo García Otero y el comerciante Cañete. Hombre hecho a sí mismo, como los quiere América pero sin abandonar su ciudad. Once nietos, una esposa que compartía sus aficiones, "su casa de Sanlúcar y comer muy bien. Las farmacias no conocía ninguna, restaurantes todos". Ayer la noticia se extendió por toda Parras: desde la carbonería de Luis Astola al bar de Gonzalo.

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