Metrópolis | Prado San Sebastián

Aires de la Bauhaus con sevillanas de los Cantores

  • Encrucijada. Eterna asignatura pendiente del urbanismo sevillano, acogió la Feria de Abril desde 1847 hasta 1972, cuarto de atrás de la Exposición Iberoamericana de 1929. La estación de autobuses es monumento a la modernidad arquitectónica.

Vestíbulo de la estación de autobuses del Prado con los dibujos de Juan Miguel Sánchez.

Vestíbulo de la estación de autobuses del Prado con los dibujos de Juan Miguel Sánchez. / Víctor Rodríguez

SERÁN casi centenarias las personas que la conocieron. La Pasarela del Prado se abre en 1896 y se desmontó en 1921, con motivo del ensanche de la calle San Fernando, ocho años antes de la inauguración de la Exposición Iberoamericana de 1929. Hace 46 años el alcalde Juan Fernández se llevó la Feria del Prado a Los Remedios, más unidas que nunca con la portada que representa el Casino de la Exposición.

Ya huele a Feria en el Prado, ese auténtico descampado donde en 1847 el naviero vasco José María de Ybarra y el fundidor catalán Narciso Bonaplata pusieron en marcha la Feria de Abril. La ciudad efímera sigue teniendo mucho más peso que las Exposiciones que pasaron por la ciudad. Huele a Feria en los dibujos de Juan Miguel Sánchez en la estación de autobuses. El autor de uno de los más celebrados carteles de Fiestas Primaverales firma en 1941 las pinturas que se ven nada más entrar en el edificio más reconocido de la zona.

El proyecto de Viviendas y Estación de Autobuses del Prado lo hizo el arquitecto Rodrigo Medina Benjumea entre 1938 y 1944. Empezaron las obras en plena guerra civil. “Es una arquitectura racionalista, muy influido por los modelos de Viena”, dice Francisco Barrionuevo, que es arquitecto y fue concejal, el mismo binomio que definió a Medina Benjumea. “Tuvo la suerte de que cuando presentó el proyecto al Ayuntamiento, el arquitecto municipal, Juan Talavera, de la escuela más regionalista, estaba centrado en el mercado de Entradores y le dio libertad para la estación”.

Un proyecto con viviendas a ambos lados, con un sistema futurista para la época de una escalera de caracol y rampa por la que se colocaban los equipajes en las bacas de los vehículos. Medina Benjumea forma parte del estudio de Otaisa (Oficina Técnica de Arquitectos e Ingenieros) a la que Barrionuevo se incorpora en 1971. Este arquitecto, además de poeta y traductor, fue vecino del Prado “desde los diez años hasta los 24, cuando me casé”.

Vivía en unas viviendas que se hicieron para el Ejército de Aviación –oficio paterno– en Diego de Riaño esquina con Carlos V. “La Feria del Prado era una preciosidad”, apunta. “Se llegaba por la calle San Fernando, el barrio de Santa Cruz y Jardines Murillo”. El tren pasaba bajo un puente que unía Carlos V con la Enramadilla. La portada de Feria estaba junto a la fuente de la plaza Juan de Austria y la calle del Infierno por la avenida de la Borbolla.

El jueves 9 de mayo se cumplen noventa años de la inauguración de la Exposición Iberoamericana de 1929, que impregna el Prado. Dentro del recinto de los jardines está el que fuera Pabellón de Portugal, hoy Consulado de ese país. En ese edificio le entregaron a Pedro Sánchez-Cuerda, director general del grupo La Raza, el premio de la Asociación de Gourmets. Su familia está íntimamente vinculada al Prado y a la Feria. Una historia que huele a manzanilla. Todo empezó en 1932, cuando el abuelo materno de Pedro, José Rodríguez Cala, contable de profesión, abre en la plaza del Duque, donde hoy está Zara, la taberna Barbiana, marca de manzanilla para la que trabajaba su hermano. En 1938 abre en la calle Sierpes Los Corales, bar donde hicieron historia los soliloquios del Gallo y Belmonte.

La conquista del Prado se produce en 1946. Ese año, la familia de Rafael Juliá le traspasa La Hostería del Prado, un bar diseñado dentro de la estación de autobuses que empezó a funcionar el año que Juan Miguel Sánchez firmó sus dibujos. “Mi abuelo lo convirtió en restaurante de primer orden”, dice Pedro, “algo que sólo tenían los hoteles”. Puso en marcha una Escuela de Hostelería. En 1954 traspasa Los Corales y se queda con lo que hoy es La Raza, entonces un edificio abandonado que había sido pabellón de Información de la Exposición del 29. Dos casetas oficiosas en la Feria del Prado. “En Feria, mi abuelo se traía a La Raza una brigada de camareros y cocineros del hotel Ritz porque el restaurante abría las 24 horas”. Junto a la hostería del Prado está el restaurante Ispal, cocina de autor con el nombre cartaginés de Sevilla.

La Feria de Abril dio hace casi medio siglo el paso que tantos años lleva intentando dar el edificio de los Juzgados. El marmóreo Palacio, donde en los juicios mediáticos se concentran más cámaras que en las casetas con farándula, simboliza el anhelo siempre fallido de la Ciudad de la Justicia y sus vaivenes: Los Gordales, Palmas Altas... Lo más próximo a la estación de autobuses es el Juzgado de Guardia, donde algunos sacan billete para el viaje a ninguna parte. “Cuando preparaba las oposiciones, los Juzgados todavía estaban en Almirante Apodaca”, dice Antonio Moreno Andrade, que tuvo el privilegio de dar el último pregón de Semana Santa a dos pasos del Prado, el de 1992. “La Feria la recuerdo de mi etapa de estudiante”. Terminó la carrera la primavera del mayo francés al que precedió el abril sevillano. “La caseta del Labradores estaba abierta las 24 horas y los estudiantes falsificábamos los pases. Recuerdo el escándalo que se armó cuando vino Lola Flores”. Tan sonado como la conferencia que los estudiantes le boicotearon a Fraga, gamberrada que propició la primera complicidad política de Felipe González y Alfonso Guerra. Una Feria irrepetible, la evoca el magistrado pregonero. “Nunca me acordaba de dónde había dejado la Lambretta”.

Curioso urbanismo el de una ciudad siempre pendiente de dos espacios de reminiscencias tan campesinas, la Alameda y el Prado. “La última corporación franquista”, dice Barrionuevo, “quería hacer bloques de cuatro plantas. Se opuso la ciudad y el Colegio de Arquitectos, que funcionaba democráticamente antes de que legalizaran los partidos”.

Otro arquitecto concejal, Víctor Pérez Escolano, convocó un concurso para definir el espacio del Prado. El fallo se produjo siendo Barrionuevo delegado de Urbanismo. Lo ganó el italiano Daniele Vitale. Agua de borrajas. Un espacio donde se juntaron “grandes errores y grandes pecados” que este arquitecto focaliza en la etapa de Alejandro Rojas-Marcos como alcalde. “Pensó que la solución era llenar aquello de árboles. Cualquier los quita ahora para hacer un parking para 3.000 vehículos, que era la propuesta inicial de descongestionar la saturación del tráfico en el centro histórico”.La solución del Prado iba unida al modelo de transporte, pero estaba estancado el Metro –su proyecto inicial es anterior al traslado de la Feria– y se estaba tratando de sanear Tussam. Esta empresa es ahora la que gestiona la estación de autobuses, cochera desde la que salen los autobuses nocturnos los viernes, sábados y vísperas de festivo.

La Pasarela estaba en la zona donde se colocó la estatua ecuestre del Cid Campeador, obra de Anna Hyatt Huntington. El Prado de San Sebastián es pura historia de la ciudad. Espacio de la Feria, invento de felicidad colectiva anterior al teléfono, el ferrocarril y el cinemascope. Fue cuarto de atrás de la Exposición del 29. Calle del Infierno en las puertas del cine. El edificio de Endesa era la caseta de Sevillana de Electricidad, que suena a sevillanas vertiginosas y guitarreadas con palmas del Bobote y el Eléctrico.

“En el Prado hubo un cementerio y fue el lugar donde la Inquisición hacía los autos de fe”, dice Ángel Vela, que cruza el puente de Triana o Isabel II para llegar a la Avenida de Carlos V. Dicen las crónicas que la última víctima fue la Beata Dolores en 1781.El Prado tiene estación de Metro, parada del Metrocentro y un sinfín de paradas de autobuses de Tussam, servicio al que se añaden las lanzaderas a la Feria. La última caseta que queda en el Prado. Autobuses que se desplazaron hasta el Prado desde Plaza Nueva cuando se peatonalizó la Avenida de la Constitución.

Hay dos quioscos en los extremos. Junto a Capitanía, el Ephetá. “Significa Ábrete, Descubre, en Hebreo. Antes era La Martina”, dice la camarera. Detrás, el espacio que ocupó la Biblioteca de Zaha Hadid, arquitecta iraquí que ganó el Pritzker y cuya obra fue demolida por presión vecinal y conservacionista. “Había una biblioteca y la tiraron”, dice el joven con uniforme de Ferrovial que alinea el espacio con una desbrozadora. No tiene tiempo para leer. “Entre el trabajo y las oposiciones para guardia civil...”. En el otro extremo, en el lado del pabellón de Portugal y la estatua del Cid, el quiosco Garden, con tumbonas hawaianas y cócteles. Dentro de la estación, los autobuses de los pueblos entran y salen por sendos arcos. La Bauhaus con sevillanas de los Cantores de Híspalis, juglares de Tussam.

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