Primero el Niño y después del Año
calle rioja
Tres estampas navideñas en las que se describe el aroma familiar de estas fiestas, el sentido histórico de las mismas y el descenso de la costumbre de felicitar por la vía postal
Pasado. 21 de diciembre de 2022. En la estafeta de Correos de la calle Jesús del Gran Poder, que otros años por estas fechas solía estar llena de gente, sólo estábamos dos personas. Parece que las nuevas tecnologías han eliminado o menguado las postales navideñas. Tan poca gente, que alguno de los empleados hizo fotos de la circunstancia. Adiós a los destinatarios y a los remitentes. En una de las ventanillas atendían a una señora que por nada de mundo, como le decía a la empleada de Correos, podía dejar de enviar por mandato expreso de su hija la carta a los Reyes Magos. Un sello para Oriente. Sólo su presencia y su demanda llenaba de ilusión la tristeza del vacío de la oficina postal.
Yo entregué en otra ventanilla quince crismas navideños, todos de Cáritas, con una particularidad. Aparecieron casualmente en uno de los cajones de casa. Quince postales primorosamente escritas a mano con fecha del 21 de diciembre de 2015. No sé por qué no las eché entonces. Siete años después, les puse una coda deseándoles un feliz 2023 y busqué sellos y sobres para mandarlas sin cambiar una coma de los mensajes. El tiempo no perdona. "La muerte está escondida en los relojes", escribe Laurence Sterne en cita que leo en un libro de Italo Calvino. Uno de los quince destinatarios de mis postales ha fallecido; otro cerró su negocio por problemas de salud; un tercero contrajo matrimonio y atraviesa un delicado momento de salud y una espléndida lozanía creativa como artista; una amiga se estrenó ese año como concejal del Ayuntamiento de la ciudad, otro lo sigue siendo en la corporación de su pueblo, que es el mío; dos acaban de estrenarse como abuelos de sendas nietas; la supresión en el callejero del Capitán Vigueras, asociado al despacho de abogados laboralistas de Felipe González, por haber sido aviador del bando nacional (Vigueras, no Felipe) por poco da al traste con otra de las postales a un amigo que reside en esa calle de nuevo nombre… Siete años después. Ha cambiado el presidente del Gobierno, el alcalde de la ciudad y el arzobispo.
Pero la ilusión y los anhelos siguen siendo los mismos.
Presente. En vísperas de la Navidad participé con Borja Medina, capellán de la Basílica del Gran Poder, y con Julio Cuesta, último pregonero de la Semana Santa, en un debate sobre la Navidad que moderó mi colega Javier Rubio en la Fundación Valentín de Madariaga. Conté que estaba en clase de Teología cuando mi mujer, compañera de estudios, me enseñó discretamente el móvil con este escueto mensaje: "Ha muerto Jesús". Él también era hijo de María y de José, el mensaje se refería a Jesús Quintero. Tenía hasta un pollino mundialmente famoso en el pueblo de al lado. Fui amigo de Jesús y guionista de su primera etapa de El loco de la colina. Me tomé esa licencia para imaginar un mensaje de este cariz: "Ha nacido Jesús".
¿Alguien se ve interpelado o comprometido o urgido por ese mensaje? El nacimiento de un niño en un pesebre, después de que su padre, José, tuviera que viajar desde Nazaret, en Galilea, hasta Belén, en Judea, para empadronarse. Dos mil años batiendo marcas de audiencia. Hace un par de semanas, en una magnífica exposición en el Museo Íbero de Jaén, todas las referencias cronológicas anteriores a ese nacimiento que cambió la Historia del mundo llevaban las siglas a.n.e. (antes de nuestra era), tal vez para no ofender la sensibilidad de quienes profesen otra religión o no profesen ninguna. Antes y después de Cristo. En la Calenda de Navidad sitúa ese hecho dos mil años después de que Abraham saliera de Ur de Caldea en busca de la tierra prometida; quince siglos después de que Moisés cruzara el Mar Rojo con su pueblo huyendo de las tropas egipcias; 700 año más tarde del destierro de Babilonia; medio siglo después de que Ciro de Persia firmara el decreto del regreso del pueblo judío a su tierra; en la 194 Olimpiada de Grecia; el año 752 de la fundación de Roma; en el año 42 del reinado del emperador Octavio César Augusto, al que seguirían Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón.
En las librerías he visto un libro de Charles Dickens titulado Vida de Cristo (con prólogo de Enrique García-Maíquez)
Futuro. Primero nace el Niño y una semana después el Año. 2023. Soy el mayor de 23 primos. El pequeño de los 23, Marcos Vasconcellos, hijo de mi llorado tío Ángel, cuya boda me perdí por un examen de Filosofía, el primero que me enseñó las tripas de un periódico, cumplió años ayer, el día de la Navidad. El día que todos los nietos recordamos un nuevo aniversario de la dulce muerte de mi abuelo Andrés, panadero cordobés, la rendija andaluza que se metió en nuestro árbol genealógico.
Soy el mayor de cinco varones, todos nos hemos juntado en Arroyo de la Miel para celebrar la Nochebuena en una casa familiar desde la que se divisa el mar Mediterráneo, aunque mi padre, hijo de pasiega, tenía más sintonías con el Cantábrico. Hice la cuenta de comensales: entre la prole, las hijas políticas, los nietos y el primer nieto consorte, Nicolás Martín, el nuevo invitado, sumábamos 21. Pero en la oración por los ausentes, como la novela de Tahar ben Jelloum, había que contar con Paco y Maruja, mis padres. Sin ellos esta escena nunca habría existido, lo que los hace más presentes. La suma daba 23, como el año entrante. A la mañana siguiente volvimos a Sevilla, provincia a la que se entra por La Roda de Andalucía con los ecos de Silvio y es una estampa navideña al pasar por Estepa. Una postal de alfajores en el topónimo.
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