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Reflexiones de un hijo de la guerra

  • Referencia. Santos Juliá reivindica en la presentación de su libro sobre la Transición española el rigor frente a los mitos y destaca el inesperado protagonismo de Adolfo Suárez

La sala de la biblioteca Infanta Elena se llenó para oír las reflexiones de Santos Juliá sobre la Transición. La sala de la biblioteca Infanta Elena se llenó para oír las reflexiones de Santos Juliá sobre la Transición.

La sala de la biblioteca Infanta Elena se llenó para oír las reflexiones de Santos Juliá sobre la Transición. / fotos: víctor rodríguez

Cuando el rey Juan Carlos I nombra a Adolfo Suárez presidente del Gobierno en lugar de Carlos Arias Navarro, en julio de 1976, el embajador norteamericano en España apenas conocía al político de Cebreros, que de tahúr del Mississipi, en la fórmula de Alfonso Guerra, pasó a objeto de culto. A la inopia diplomática del enviado de la Casa Blanca se refirió ayer Santos Juliá (Ferrol, 1940) en la lección magistral con la que acompañó la presentación de su libro Transición. Una política española (1937-2017) (Galaxia Gutenberg).

Hijo de la guerra, como llamó a los de su generación, le dedica el libro a sus nietos Pablo, Santiago y Candela y evocó al niño que fue el historiador. Algunos saben que Santos Juliá fue antes de colgar los hábitos el primer párroco de San Pío X, la iglesia de las Letanías. Pero pocos conocen su infancia sevillana, evocada cuando recordó que muy cerca del lugar donde está la biblioteca Infanta Elena estaba el cine Juan de la Cueva al que su madre los llevaba los domingos a ver películas. Algunas, como la de la Policía Montada del Canadá, se le quedó prendida en la memoria.

"No hay un solo periodo de la historia desde 1937 en que no se hable de transición"

Aunque se lo dedica a sus nietos, no son batallas de abuelo. El libro empieza con la guerra. "No hay un solo periodo desde 1937 en el que grupos políticos, intelectuales o profesionales no abogaran por una transición para clausurar la guerra". Entre las iniciativas más singulares, un acuerdo para que los combatientes extranjeros fueran repatriados a sus respectivos países. Un plan que Azaña llevó al Foreign Office por medio de Julián Besteiro -que murió en la cárcel de Carmona- y un enviado del Papa recogió aprovechando un viaje a la coronación del rey Jorge VI de Inglaterra. Santos Juliá cita la respuesta del cardenal Gomá: "Esta guerra tiene que acabar con un vencedor y con un vencido".

La del historiador no es la única forma de acercarse al pasado. También lo hacen el político, el novelista, el artista. Pero al historiador le debe distinguir que sale de su casa para oír la voz del pasado, "esa cosa extraña" de la que hablaba Huxley, que debe guiarse por la curiosidad, la lección de su maestro Ramón Carande, y que no debe suprimir ninguna verdad. "La supresión de la verdad sirve para construir mitos; el último son los preámbulos de los últimos estatutos de Autonomía de Andalucía, Cataluña, Valencia, Aragón... Todas son tierras feraces en las que los extranjeros son recogidos con los brazos abiertos. El colectivo se reconcilia con el pasado construyendo un pasado arcádico".

Maneja dos conceptos de Transición, la que arranca en el segundo año de la contienda y la que certifica el final de un Régimen. Ésa, según las cuentas de Santos Juliá, empieza en 1976, cuando Suárez convoca las elecciones y aprueba el decreto-ley de amnistía, el primer aliento de la Transición; y termina en 1978, con la Constitución. Por eso no incluye ni el 28-F, ni el 23-F ni el triunfo socialista de 1982.

Adolfo Suárez, ese político gris del que casi nada sabía el embajador de Estados Unidos, acaba con la fórmula italiana al ocupar el espacio de la Democracia Cristiana; rebasa la línea trazada por los militares, sobre la legalización del Partido Comunista; desbarata las previsiones de la oposición, tanto la interior como en el exilio, de que la solución sería un Gobierno provisional. "Lo nuevo de la Transición es que la oposición cede la iniciativa al Gobierno, que es quien acaba con la resistencia del búnker".

El trípode de la Transición fueron tres sumandos: Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía, una incorporación de los catalanes. "Muchos periodistas que no han leído el libro sólo querían saber lo que pensaba de Cataluña". Lo que piensa es que se formuló "una tendencia federal sin instituciones federales". Con un diagnóstico que los hechos han dado por certero: "La creación de identidades separadas lleva siempre el desprecio, el odio, la minusvaloración del otro, el que sea el otro, España por ejemplo".

Una historia tan apasionada como apasionante de dobles personalidades como la del soldado Martin Guerre que tanto le gusta. En la que Adolfo Suárez se apropió del lenguaje de la Transición y Carrillo hizo lo propio con una pregunta que en inglés en un diario norteamericano se hacía el ex falangista Dionisio Ridruejo: "Después de Franco, ¿qué?".

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