Sevilla

Sevilla no es Magaluf

Los equipos de salvamento en el río y de emergencias en la orilla del agua durante el dispositivo.

Los equipos de salvamento en el río y de emergencias en la orilla del agua durante el dispositivo. / M. G.

Las muertes de dos turistas la misma noche, con apenas dos horas de diferencia, tras arrojarse desde el puente de Triana ponen de manifiesto la necesidad de revisar el modelo de turismo que se está implantando en Sevilla en los últimos años. Ambos episodios recuerdan a aquellas imágenes de turistas británicos saltando desde los balcones de los hoteles en Magaluf y otras localidades de las islas Baleares.

Ya hace tiempo que asistimos a la exhibición de unas chicas bañándose en la fuente de la plaza de la Encarnación, en bikini en pleno mes de diciembre, a la muerte accidental de una joven que se cayó desde un ático en el Plantinar, adonde había llegado de la mano de un guía turístico que luego fue acusado de agredir sexualmente a varias estudiantes estadounidenses, o a la de otra joven polaca que se cayó a la zapata de Triana cuando se hacía un selfie desde la calle Betis, precisamente con el puente de Triana de fondo. 

Pero nunca se habían dado dos casos tan cercanos en el tiempo y en el espacio y sin relación entre ambos. La primera de las muertes fue la de un ciudadano irlandés de 58 años que se precipitó al río desde el puente, a la altura de la capillita del Carmen. La voz de alarma la dieron algunos testigos que se encontraban en la zona y en pocos minutos llegaron varias dotaciones de Policía Nacional, Local, Bomberos, Guardia Civil y efectivos del servicio de emergencias sanitarias del 061, que tras 30 minutos practicándole maniobras de reanimación, nada pudieron hacer por salvar su vida.

Dos horas después, en torno a las dos de la madrugada, otro varón, de unos 50 años, se precipitó igualmente desde el mismo puente en una zona próxima. En este caso era un español procedente de Alicante que se encontraba en la ciudad junto a un grupos de amigos cuando se lanzó al vacío a la altura del túnel que da paso al paseo Marqués de Contadero, falleciendo a consecuencia del impacto sobre el suelo. Los testigos aseguraron que el hombre estaba comiendo churros con unos amigos y de repente corrió y se lanzó.

A estos dos casos hay que añadir el de otro cuerpo rescatado sin vida del agua en el entorno del Muelle de la Sal, que también cayó al río desde el puente de Triana. También era un ciudadano extranjero. El Ayuntamiento de Sevilla no quiso ofrecer información de ninguno de estos sucesos alegando que se trataban de suicidios. Técnicamente lo son, en el sentido de que se trata de personas que han muerto por su propia acción, pero la coincidencia en el tiempo y en el lugar de ambos episodios requieren de un tratamiento especial. Por eso fueron noticia y por eso se publicaron en todos los medios de comunicación, que tienen marcada a fuego la política de no informar de suicidios.

Se acercan fechas en las que las celebraciones de amigos, empresas y familiares se alargan hasta bien entrada la noche, y casi siempre bien regadas con alcohol. Sevilla no se puede permitir noches negras como las del sábado al domingo, con los bomberos sacando cadáveres del río Guadalquivir o de la orilla. Sevilla no es Magaluf, la localidad que se convirtió en un símbolo del desmadre. El alcalde, José Luis Sanz, quiere empezar a regular las despedidas de solteros y a prohibir vestidos y adornos soeces, en un intento por acabar con el turismo de borrachera. Haría bien también en mandar a la Policía Local potenciar los controles de alcoholemia, justo en unas fechas propensas a las celebraciones en la calle con mucho alcohol.

Todo esto coincide con cierto malestar existente entre los policías locales y bomberos de la ciudad porque consideran que el gobierno municipal no está informando de todo lo que hacen en la calle. Se puede apreciar fácilmente en la actividad de la cuenta Emergencias Sevilla, la voz de la Policía y los Bomberos en las redes sociales, que ha pasado de ser hiperactiva y de publicar cualquier intervención policial o de los bomberos por mínima que fuera a hacer publicaciones de manera mucho más esporádica y no de todo lo que se publica. La vieja máxima de que lo que no se cuenta no sucede está hoy más obsoleta que nunca, en unos tiempos en los que cualquier testigo puede grabar un suceso con su móvil y hacerlo viral colgándolo en las redes sociales, dando pie a la aparición de bulos y desinformación. Eso sí que puede acarrear un deterioro de la imagen de la ciudad.

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