Cinco perros y un gato en busca de autor
'Bartolo', segundo libro de Diego Carrasco, tiene el encanto de 'Las cosas del campo' de Muñoz Rojas o del retrato que Manuel Halcón hacía de su primo Fernando Villalón
HABRÁ quien se ponga a buscar en el mapa el topónimo “Buenos Aires pero Sevilla”, que es el que aparece en la ficha biográfica de Diego Carrasco junto al año de su nacimiento, 1951. De la quinta de Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. Dos ciudades en las que jugó Diego Armando Maradona, que como todo el mundo sabe era de Buenos Aires pero Nápoles. Esas dos ciudades y la adversativa pero son la carta de presentación de Diego Carrasco en su nuevo libro, Bartolo. Vida de perro (Athenaica). Han pasado 35 años desde el anterior, tampoco vamos a perder el tiempo en calcular los que sacaron en esos siete lustros los académicos Marías y Pérez-Reverte, pero ha valido la pena esperar tanto tiempo, que con Diego hay que cuantificarlo en Ligas, Eurocopas y Mundiales.
El tesoro japonés fue finalista del premio Herralde de Novela. Apareció en 1991. Me lo dedicó una noche que vino a cenar a casa con Atín Aya (1955-2007), uno de sus grandes e inseparables amigos. Un fotógrafo fundamental en esta historia. Aunque su nombre sólo aparezca en la quinta línea del prólogo de Bartolo, las aventuras que cuenta Diego transcurren en una finca llamada El Cerro, situada entre Vejer de la Frontera y la playa de El Palmar, que Atín fue construyendo en colaboración con María Llorente, su pareja cuando falleció el 16 de septiembre de 2007.
El humor está presente en estos dos libros separados por 35 años en los que Diego se ha dedicado a otros muchos menesteres, entre ellos comisariar exposiciones y ser legatario e investigador de los archivos de los maestrantes de Ronda y Sevilla. Quien lea Bartolo verá enseguida que un viaje circunstancial se convirtió casi en un modo de vida y lo convirtió en una suerte de granjero último modelo. Diego fue guionista y codirector (con Perico Barbadillo) del documental La Giralda de Nueva York. La ciudad del río Hudson cuna de Melville y Paul Auster donde está preso Nicolás Maduro es el punto de partida de la historia de Bartolo. María Llorente tiene previsto viajar a Nueva York los días de la Feria de Abril de 2013 y no tiene con quien dejar a Bartolo, “un teckel de pelo duro de cuatro años” con una hoja de servicios como buen cazador.
Es el punto de partida de una década de viajes desde Sevilla hasta El Cerro (2013-2024), en los que tendrá que enfrentarse a una pandemia mundial, la muerte de uno de sus mejores amigos y una penosa mudanza, todo ello afrontado con sentido del humor y una flema más británica que bonaerense. Dicen que Julio Verne nunca salió de su casa de Nantes para viajar en globo, en submarino, en naves espaciales y trenes transiberianos, para sobrevivir a naufragios y hambrunas. Los inquilinos de El Cerro, María y Juan, su nueva pareja, son viajeros impenitentes y en cada viaje Diego se convierte en una suerte de guardés, de mayordomo de gañanía en un universo en el que a Bartolo se le van uniendo otros animales de compañía a cuya descripción dedica Diego Carrasco las páginas más hermosas de este libro.
Parafraseando el libro de Richard Ford, es un Manual para viajeros por el mundo y lectores en casa, porque sus avatares campestres coinciden con viajes de sus amigos por Nueva York, las Azores, Cracovia, el valle del Jerte, Rumanía, Galicia, Oporto, el valle de Liébana, San Francisco, incluido un vástago que se va a surfear a aguas de Sudáfrica. A los perros no les gusta el campo. Es uno de los hallazgos del autor del libro, uno de los tópicos que desactiva. Diego es un urbanita entre brezos y tomateras. Un urbanita rural, como el cura de Bernanos, al que ese paraíso que nunca se está quieto, soliviantado por mastines o por el mester de vaquería, le obliga a enfrentarse a retos que no se estudian en ninguna especialidad universitaria ni grado de FP.
“Las chicas miden a los hombres por un surtido variado de habilidades”, escribe cuando se ve ante uno de esos insalvables obstáculos. “Entre ellas, hacer frente a un roedor, arreglar enchufes, desatascar una cañería o sacar un coche del fango. Estas carencias mías han acabado por enfriar algunos romances”. Como en una obra de Pirandello, los perros van siempre en busca de autor: Bartolo, Janda, Matilda, Marujita, Berta. Y el gato Pakito. Como buen conocedor del arte de Cúchares, huye de la visión Walt Disney del reino animal. No los humaniza, pero tampoco los imbeciliza. Le da una puyita a “los hinchas del cambio climático” y sabe que con quien hay que ser firmemente republicano es con el reino vegetal, que no deja de darle disgustos a poco que se descuide.
Diego es sobrio contando, es somero, no se pierde en macondos ni ínsulas baratarias. Viaja a Barbate por provisiones, pasea en bicicleta con su corte de canes como un Anquetil de la Turdetania. Bartolo tiene el encanto de Las cosas del campo de Muñoz Rojas o el retrato que Manuel Halcón hacía de su primo Fernando Villalón, el aristócrata y ganadero de la generación del 27. Coincide Diego con un relato de Josep Pla (La conversación de Saint James Park) en revertir ese prestigio de que gozan los gorriones en los Evangelios. Apenas aparecen nombres propios (Gila, Dickens, un poema felino de Borges, su fortuito compatriota: “tuya es la soledad, tuyo el secreto”, su amiga del alma Isabel González Turmo) porque los grandes personajes son las puestas de sol, la lluvia, las esquilas del ganado, las avispas y, en especial, el levante, el que se lleva los malos pensamientos.
En el Cerro sigue siendo urbano con su ordenador y con el televisor en el que disfruta con un partido de la Eurocopa de Francia 2016 que ganó Portugal, con una semifinal del Mundial de Rusia 2018 (no precisa si fue Inglaterra-Croacia o Francia-Bélgica) y jura en arameo cuando tiene que ver con cinco minutos de retraso el gol que le dio a España la Eurocopa de 2024, la cuarta desde el gol de Marcelino a Yashin cuando Diego Carrasco (Buenos Aires pero Sevilla, 1951) tenía trece años. Bartolo muere el 27 de febrero de 2025. Tenía 17 años, que en un perro es como la edad de Matusalén. Doce años después de la Feria de Abril de Nueva York.
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