Un glosario de latines y tranvías

calle rioja

Interno. Víctor Márquez Reviriego presentó 'Historia personal de Sevilla' en el mismo colegio Santo Tomás de Aquino donde pasó tres años interno haciendo Bachiller y Reválida.

Francisco Correal

29 de enero 2013 - 01:00

NO se sabe si Víctor Márquez Reviriego eligió el día de ayer porque era Santo Tomás de Aquino, el nombre del colegio donde hizo dos cursos de Bachiller y la Reválida, porque jugaba el Sevilla, al que se aficionó entre Campanales, o porque en el primer día de la huelga de recogida de basuras recordaría que a su olfato de recién llegado a Sevilla entró antes la pestilencia del pescado podrido que el azahar y la dama de noche.

El Colegio Santo Tomás de Aquino lo fundó en 1940 don José Silva Díaz, que le dio clases de Latín y de Religión, de esta última pese a desistir de estudiar para jesuita cuando aquel sevillano de Olivares se enamoró en unas oposiciones para Magisterio de la cordobesa Carmen Torres, con quien compartió las riendas del colegio. A la muerte del fundador, en 1973, se hizo cargo su hijo, José Carlos Silva. El antiguo alumno entre los años 1951 y 1954, tiempos del cardenal Segura, del fuego del infierno y de la nieve postrera, presentó ayer donde vivió como interno hace seis décadas el libro Historia personal de Sevilla (Secretariado de Publicaciones de la Universidad Hispalense).

Su pretérito de alumno de aquellos profesores con los que aprendió las tres Críticas de Kant a los 14 años se cruzó con el futuro de las nietas del fundador, Matilde, gerente del centro, y Carmen Silva, y con el doctor en Periodismo José Romero (Alcalá de Guadaíra, 1981) que con la dirección de Antonio Ramos Espejo hizo su tesis doctoral sobre la crónica parlamentaria en su obra periodística.

Villanueva de los Castillejos, el pueblo del Andévalo donde creció, está a "28 o quizás 29 kilómetros" de Paymogo, el pueblo fronterizo donde nació José María Vaz de Soto, que acudió a la presentación. Es sorprendente que dos topónimos tan modestos de la geografía andaluza dieran para tanto en este cruce de caminos. Sus dos hijos ilustres trabajaron en la revista Triunfo, heraldo semanal del antifranquismo, el autor del libro como redactor jefe; el espectador, con su columna Diálogos de Fabio y Critilo. Márquez Reviriego recordó que Carlos Barral decía de Vaz de Soto que era "el Thomas Berhnardt" español, autor austriaco al que el antiguo alumno citó en su doble condición de autor de la mejor guía literaria de Viena, "una ciudad como Sevilla para ser mirada", y de militante de "la locura estadística" que el autor comparte. "Los he contado y son ustedes 76. Pero el único que hace sesenta años estaba aquí soy yo".

Llegó al Santo Tomás de Aquino de rebote del San Francisco de Paula. En el patio del colegio reconoció a Eugenio Vizuete, extremeño de Berlanga, condiscípulo de aquella etapa; a Antonio Navarro, que sale en el libro en aquel conciliábulo de gente de Huelva que vivían en Madrid a los que convocó el arquitecto Eleuterio Población y donde se dieron cita comunistas, gente del Opus y de la UCD. Estuvo José Chamizo, Defensor del Pueblo Andaluz, hijo de San Roque, población gaditana con el mismo nombre que la iglesia con cuyas campanas se despertaban los internos. Y Juan Manuel Albendea, decano por edad de los diputados del Congreso, que en representación de la Cámara saludaba al cronista parlamentario.

Historia personal de Sevilla es un libro benevolente con una época, con todos menos con Joaquín Ruiz-Giménez, "que se cargó el Bachillerato". Ese recipendiario de la identidad en la definición de Max Aub, escritor transterrado a quien Márquez conoció en persona. Aquel interno se internó en la jungla de Madrid y vuelve a su ciudad posnatal con ese bagaje paradójico de proclamarse republicano y discípulo de los Rey -los hermanos que dirigieron el San Francisco de Paula-, anticlerical y buen amigo del arzobispo de Sevilla, que además es paisano de la mujer del escritor. "Monseñor Asenjo intentó sin éxito evitar que me echaran de la Cope, porque en la Iglesia hay curas que mandan más que los obispos".

Benevolencia con los latines, los tranvías y la lucha libre. Peatonalizó en su memoria la calle Escarpín, jardín prohibido, y teme que su libro sea histórico "por inactual". "¿Quién se acuerda ahora del general Segura?".

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