Calle Rioja

Los atletas abanderados de la Cuaresma

  • La Alameda fue una fiesta en la recta final de una nueva edición del maratón

  • Hubo aplausos para el poderío africano y admiración hacia los esforzados de los últimos tramos

  • Proezas solitarias para sueños colectivos

Un grupo de corredores del maratón a la altura de la Torre del Oro.

Un grupo de corredores del maratón a la altura de la Torre del Oro. / José Ángel García

Corrían como gacelas. África triunfante en el maratón de Sevilla. Los cinco primeros entraron por la Barqueta con galopadas individuales, cada uno para su bolsillo, como decíamos en los juegos infantiles. El espíritu del etíope Bikila, del ugandés Aki-Bua, del kenyatta Kipchoge, raza y zancadas que cruzaron las aguas del océano como los cantes de ida y vuelta del flamenco para germinar en Jesse Owens, Bob Beamon, Carl Lewis, Usain Bolt. El primer blanco era un boliviano, soldadito de los 42 kilómetros y los 195 metros. La Alameda iba concentrando a gente. David, arquitecto, llegaba en bici con su hijo Andrés para ver a los corredores. Práxedes, actor del grupo Síndrome, tomaba fotos con su compañera. En el esfuerzo veía realizados algunos de los espectáculos que hace con Víctor Carretero y Fernando Fabiani: Justo a tiempo, Éxito asegurado.

Aurora y Carmina, hermanas casi nonagenarias, ocupaban su localidad para no perderse la carrera desde los veladores del bar Badulaque. La Alameda era la penúltima etapa. Habían pasado por casi todo el tramo urbano de la ciudad, un mestizaje sonoro entre las calles Carlos Cano y Alfredo Kraus. La cabeza africana tenía una interminable bata de cola de corredores autóctonos, nacionales o europeos, que fueron entrando por bocanadas. La apoteosis llegó al final. Pasaban los penúltimos, uno de ellos con Los Lentos en su dorsal. Un corredor septuagenario corría delante del camión-escoba. Iba solo, pero iba despertando el entusiasmo de quienes sentados en el Badulaque, la Norte o el Corral de Esquivel iban pasando en esa transición mágica del desayuno al aperitivo haciéndole una ola de vítores y aplausos.

En cuanto la ciudad escucha la palabra Cuaresma, posdata del Carnaval, parece como si se produjera la consagración de la primavera. Una bendición para los atletas, que ni pasaron frío en la salida ni calor a la llegada. La ciudad seguía atenta a sus ritos. En la calle Peris Mencheta se agrupaban los costaleros de los Javieres para uno de los últimos ensayos antes del Vía Crucis del 27 de febrero, ocho días después del maratón. “A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos”. No era una recomendación para resistir en el maratón, es un fragmento del Evangelio de San Mateo que ayer se leyó en la misa dominical, la lectura de la ley del talión y la segunda mejilla.

Entre dos alfombras

De la alfombra roja de los Goya a la alfombra verde del maratón, puntuable para los Juegos Olímpicos de 2024. La prueba modificó la rutina. Manuel González Jiménez, medievalista, biógrafo de San Fernando y de su hijo Alfonso X el Sabio, pernoctó en casa de su hija para no tener que sortear la mañana del domingo la cofradía maratoniana camino de los Pinelo, donde asistiría al discurso de ingreso de Pablo Emilio Pérez-Mallaína como miembro de número de la Academia de Buenas Letras. Un experto en los océanos y en sus secretos.

La Casa de las Sirenas era un observatorio fantástico para seguir la carrera. Dos días antes, pasaba junto a este edificio el arquitecto Víctor Pérez Escolano. Muy cerca de la calle Juan de Oviedo, colega al que le dedicó su tesis doctoral el biógrafo de Aníbal González y primer director del Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla. Yo creo en esas cosas. Le conté que cada noche me leía un epílogo de los que completan la reedición de la novela de Paco Gallardo El rock de la calle Feria y para esa noche tenía reservado el texto escrito por Pérez Escolano. Hablamos de fútbol, por la afición de sus nietos, de literatura, porque Amparo Rubiales, su mujer, está leyendo Hijos de la fábula, de Fernando Aramburu. Y le comenté que dos días después esta misma Alameda estaría llena de corredores llegados de un centenar de países. Los abanderados de la Cuaresma.

El sábado se veían muchos grupos con equipaciones deportivas recorriendo la ciudad. El turismo maratoniano no es nada desdeñable. Nos los cruzábamos camino del cine para ver Los Fabelman, la última película de Spielberg, la más autobiográfica. Su biografía y la de muchos. Corrí un maratón de recuerdos, viajando a aquellos días en los que Spielberg se alojó en un hotel de Jerez para rodar en Trebujena la película El imperio del sol, adaptación de la espléndida novela homónima de J.G. Ballard. Debió ser en 1987, por esos días entrevisté a Soledad Becerril, que había publicado el libro Idea de Sevilla y que ocho años después llegaría a ser alcaldesa de la ciudad. Y también coincidió con la final de la Copa de Europa en la que el Oporto derrotó al Bayern Munich. Era la Sevilla de Manuel del Valle, el alcalde que puso en marcha la prueba del maratón.

Sin solución de continuidad

Uno de los textos de Soledad Becerril se titulaba La fiesta era Sevilla. Lo escribió hace casi cuatro décadas, pero resume a la perfección esta eclosión primaveral en la que sin solución de continuidad Sevilla acoge la gala de los Goya, organiza uno de los maratones más cotizados del mundo y se prepara para las fiestas primaverales en el cincuentenario del traslado de la Feria del Prado a los Remedios.

Tiempos del alcalde Juan Fernández Rodríguez García del Busto, apellidos de una nueva delantera stuka. Hay otros textos de la que fuera primera ministra y única alcaldesa de Sevilla que parecen haberse quedado atrapados en el tiempo, como el titulado Más que un Metro. Ayer quince mil corredores recorrieron las entrañas de la ciudad que sólo tiene un rascacielos y una línea de Metro.

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