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El autor glosa la figura de Josefa de Ayala Figueira, la sevillana introductora del gran movimiento artístico en el país vecino

Mauricio Domínguez, saber estar sin protocolos

Josefa de Ayala Figueira / M. G.
José León-Castro Alonso
- Catedrático de Derecho Civil (j)

07 de febrero 2026 - 04:00

Hija del matrimonio formado por Baltazar Gómez Figueira, natural de la localidad portuguesa de Óbidos, y de Catalina Ayala y Camacho, de familia noble sevillana, Josefa nace en Sevilla en 1630. Es la mayor de los siete hijos habidos en el matrimonio, siendo su existencia apenas conocida hasta bastante más adelante cuando adoptó el apelativo de Josefa de Óbidos. El padre, inicialmente atraído por ingresar en la carrera militar, se había trasladado a Sevilla donde no tardó en trabar amistad con Francisco Pacheco y Juan de Roelas para al fin integrarse en el taller de Francisco Herrera el Viejo. La familia regresaría pronto a Portugal, una vez acaecida la independencia de España del país vecino, donde Baltazar trabaja para la familia Braganza ya en las cortes de los reyes Juan IV y Alfonso VI.

A la temprana edad de dieciséis años, Josefa decide ingresar en el Convento de Santa Ana de Coímbra, si bien al parecer no tanto con intención de profesar cuanto de profundizar en su formación cultural y en su vida espiritual. Y en efecto allí conoce y se imbuye de la obra mística de la Santa de Ávila al tiempo que recibe el encargo de pintar algunos grabados para una edición de los Estatutos de la Universidad de Coímbra entre los que destacó el denominado La sabiduría. A raíz de ello, comienzan a llegar cada vez con más frecuencia los encargos, y así para el monasterio de los Jerónimos de Lisboa o el de Alcobaça, entre otros muchos.

En su trayectoria artística se aprecian varios periodos en los que cultiva géneros bien diferenciados. En el primero, en el que se vislumbra una notable influencia española, abundan los motivos florales, las naturalezas muertas y los bodegones al más puro estilo sevillano, sin duda de remotas afinidades con Francisco Herrera el Viejo y con Francisco Zurbarán. De la profunda huella del gran pintor extremeño, al que se consideró el Caravaggio español, ofrece buena muestra su magnífica concepción de El Cordero Pascual que arroja una más que notable semejanza con el Agnus Dei zurbaranesco. La prolífica producción de ésta época se plasma en la acreditada serie Los Meses, sin perjuicio de su dedicación a otros muchos trabajos de temática religiosa donde proyecta la espiritualidad del siglo XVII aunque sin el dramatismo de la estética y el gusto imperante en España.

Sin solución de continuidad, Josefa se aventuró asimismo en motivos naturalistas y tenebristas, de claras influencias del arte oriental que marcó en buena parte todo el devenir del barroco portugués del que ella fue una excepcional introductora. En algún momento se decidió a cultivar el género de los retratos de entre los que cabrían destacar los realizados a Isabel Luisa Josefa de Braganza, princesa de Portugal, el de Faustino das Neves, o el bellísimo lienzo titulado La Transverberación de Santa Teresa, de entre los muchos que dedicó a la Santa abulense. Del conjunto restante de su obra se citan como de las más afamadas O Casamento Místico de Santa Catarina, A Vida de Santa Teresa de Jesús, O retábulo de Santa María de Óbidos y las imágenes del Menino Jesús, motivo éste que reiteraría con gran acierto.

Josefa fue realmente una adelantada a su tiempo. Se dice que solicitó a su padre un documento de emancipación, insólito para la época, con el que se granjeó cierta autonomía económica para instalar su taller propio, gestionar sus finanzas y entregarse con entusiasmo a su oficio sin dependencias de nadie. Quizás fuera la influencia de Santa Teresa de Ávila la que despertó cierta conciencia reivindicativa en Josefa que hoy calificaríamos como abiertamente feminista. Ello explica que valiéndose de sus visitas a los conventos de los que había recibido algunos encargos, aprovechara para inculcar a las monjas que buscaran ellas también la emancipación y su propia autonomía económica a través de las manualidades, la repostería y demás actividades.

Pero también hubo quien quiso ver en su pintura rasgos que pudieran sugerir una crítica al clero y a las instituciones eclesiásticas. Así por ejemplo, para el Convento de Santa Mará de Coz, cerca de Alcobaça, realizó una obra titulada Purgatorio, en la que entre las gentes que sufren y padecen el fuego purificador se hallan algunos frailes claramente reconocibles por la tonsura. Su testimonio y su incansable lucha por dejar un mundo más igualitario, fueron reconocidos con su incorporación a la Academia de Bellas Artes de Lisboa.

Y tampoco faltaron quiénes apreciaran en su obra cierta inexpresividad, muy distante del realismo dramático y la emoción barroca del momento. Pero es que Josefa fue una mujer muy consciente de la cultura espiritual de su tiempo y a fe que lo refleja en su pintura a la que a veces se menospreció y malinterpretó hasta tacharla de una excesiva ingenuidad llegándose a afirmar incluso que se hallaba dotada de “una encantadora torpeza provinciana”.

Pero ello se debió simplemente a que en realidad el Barroco en Portugal fue bastante menos radical y realista que el que plasmaron y realzaron los maestros italianos o españoles, sobre todo en su natal Sevilla. Obvio sería decir que esa ingenuidad mal se cohonesta con la gran carga de sufrimiento que sabe impregnar a sus tan particulares Meninos en los que sutilmente se proclama la divina humanidad de Jesús y su destino, sustituyendo sin más la corona de espinas por una ancha cinta en el sombrero, la presencia siempre a sus pies de un cordero pascual o el escapulario que pende de su pecho rotulado con la palabra Inri, todo lo cual se nos antoja muy próximo al esencial misticismo de Santa Teresa.

Definitivamente, en la pintura de Josefa de Óbidos, no se podrían encontrar atisbos ni clase alguna de sentimientos, o mejor no los transmite, sus personajes lloran o gozan pero no nos hacen gozar o llorar. Sin embargo, y en todo caso, en sus claroscuros sí puede apreciarse una enorme carga de dulzura y de emoción contenida como rasgos clarificadores de quien expresó con su pintura una interpretación personal de la religiosidad impulsada por la Contrarreforma, optando firmemente y apostando por un mensaje menos vehemente, pero sin duda mucho más íntimo.

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