Saber estar sin protocolos
Galería del Olvido (II)
El autor homenajea la figura de Mauricio Domínguez y Domínguez-Adame, máximo responsable que fue del protocolo en el Ayuntamiento de Sevilla
El retorno de una serie que rescata a grandes sevillanos
Conocí personalmente a Mauricio Domínguez en la década de los noventa cuando desde 1994 comenzaran los preparativos para la concesión a la imagen del Señor del Gran Poder de la medalla de oro de la ciudad, hecho que ocurriría en 1995. Y lo recuerdo como, a pesar de haber sido el gran artífice y promotor en el Ayuntamiento presidido por Rojas Marcos, permanecía siempre en segundo plano, modesto y humilde, pero feliz y gozoso ante el reconocimiento a su imagen más querida. Más tarde vendría su invisible trabajo y el tesón con que negoció con el Ayuntamiento la ubicación del monumento a Juan de Mesa en el centro de la plaza de San Lorenzo mirando a la Basílica donde se hallaba su obra más lograda, o su infatigable labor para reordenar y preparar la edición del libro de Rafael Duque sobre la historia de la Hermandad, que juntos llevamos a cabo. Mauricio habría abandonado muchas cosas por su hermandad en la que habría ingresado de niño y en la que superó con creces y celebró los setenta y cinco años de hermano.
Aún recuerdo cuando en la pre Cuaresma del 2000 recibí una tarde su mensaje comunicándome que había fallecido Mari, la gran pasión de su vida. Acudí veloz a la entonces Cruz Roja de Triana donde, junto a dos hermanas de la Cruz, lo encontré sentado al lado del cuerpo inerte de su mujer leyendo/le pasajes de las Florecillas de San Francisco que tantas veces habían leído ellos dos juntos. Allí no había protocolos ni ceremoniales, sólo una intimidad que traspasaba el alma y un amor inconsolable que clamaba por redimirla. Aquella sola llamada me hizo comprender que la vida me acababa de obsequiar con un amigo de cuya sincera lealtad, profundo afecto, y puntual consejo pude enriquecerme luego durante algunos lustros.
Meses antes de que yo tuviera que asumir el gobierno de la hermandad, le propuse a Mauricio que me acompañara en tan difícil tarea — él era ya miembro de la junta de gobierno como consiliario desde 1992—, a lo que en principio se resistió alegando que se encontraba mayor y que su sitio era continuar sentado “en la sillita”, siempre invisible y desapercibido, pero al fin, una vez más entregado a su hermandad, aceptó mi ofrecimiento y juntos, él como teniente de hermano mayor, acometimos algunas obras de capital importancia para aquella.
Mauricio acumulaba en su haber una vasta experiencia en los puestos de mayor transcendencia en la política de la ciudad. Licenciado en Derecho y habiendo comenzado a ejercer la abogacía, pronto fue requerido como letrado en la Diputación que presidía Carlos Serra y Pablo Romero y más tarde reclamado para el protocolo del Gobierno Civil por Ramón Muñoz González Bernaldo de Quirós. Allí estuvo más de una década hasta que Manuel del Valle lo recupera de nuevo, primero para la Diputación y finalmente, ya alcalde, para el Ayuntamiento de la ciudad. En todos sitios, sin pretenderlo, se convirtió en imprescindible y en todos hizo gala de un saber estar y un rigor en el protocolo como no se había conocido. El gran acontecimiento de la Exposición Universal del 92 le cogió en plena madurez y, aunque siempre invisible, tuvo ocasión de compartir vivencias con un puñado de personalidades que eran y serían parte de la historia del mundo y ante las que Mauricio jamás abandonó su línea de perfecta neutralidad política.
Persona pulcra y minuciosa, pendiente de cualquier detalle desde el modo de abrocharse la chaqueta para un fotografía hasta el lugar que a cada uno correspondía, por lo que desde tiempo atrás había adquirido la costumbre de llevar siempre en el bolsillo unas cuantas tarjetas para reubicar a alguien en un momento dado. Mauricio hacía arte y poesía del protocolo. Aunque en su oficio no cabía sino ser autodidacta, él hizo escuela y no fueron pocos los que acudieron a su magisterio para que les dirigiera un trabajo de investigación o, simplemente, les introdujera en tan delicada área. Sin la menor duda pudiérase decir de él que creó un estilo personal en lo suyo. En el año 2013 publica su libro Protocolo y Ceremonial en la ciudad de Sevilla, imprescindible manual de consulta para todo el que aspire a ocupar cargos semejantes. Allí califica el protocolo municipal, que se remonta al conde de Mejorada en el siglo XVII, como fuente del derecho premial, el que regula y reconoce las conductas y los comportamientos ejemplares a lo largo y ancho de donde se funden, al decir del propio Mauricio, el poder civil y el religioso, es decir en la línea que abarcaría desde el Ayuntamiento y la Catedral hasta el Alcázar. Asimismo define el ceremonial como factor de estabilidad social y escuela de civismo. Nadie cómo él llegaría a dominar mejor el complejo arte de saber estar en cada lugar y ocasión. Su amor por Sevilla lo llevó a donar su magnífica colección de libros (aproximadamente 9.625 volúmenes y 3.500 folletos algunos del siglo XVII) a la Biblioteca Pública Infanta Elena, donación que fue aceptada por una Orden de veintinueve de septiembre de 2016.
Pasear con Mauricio era empaparse de la historia de media Sevilla, mientras la otra media le saludaba en la distancia desde la admiración y el respeto. Su sentido del humor, sus enseñanzas, anécdotas y el entusiasmo con que las sabía transmitir sin apenas conceder mérito a su insondable acervo cultural, hacían de su compañía una envidiada delicia. Yo tuve la gran fortuna de disfrutarlo muchas tardes en el despacho de su casa de Monte Carmelo, fichando catálogos y separatas, transcribiendo con mimo exquisito el pequeño folleto aparecido casualmente sobre unas Reglas del siglo XVII de su querida hermandad del Gran Poder, o simplemente absorto con su charla incomparable ante un café en la repostería de la calle Asunción, a menudo acompañados de su querido hermano, y perfecto complementario, Jesús. Mauricio atesoraba también en su currículum la pertenencia a la Orden de Caballeros de San Clemente y San Fernando.
Por siempre quedarán en los anales de mi memoria la desnuda franqueza de algunas confidencias, la luminosa ternura que lo invadía hablando de su hija Marita y de su nieto mayor, la íntima camaradería que mutuamente nos dispensamos. ¡Qué lujo y cuánto gozo aquellos atardeceres de algún mayo sevillano comentando la Razón de amor o La voz a ti debida de nuestro admirado Pedro Salinas! Ciertamente, Mauricio Domínguez fue un gran hombre.
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