De una vida en la calle al calor de un hogar: "Lo peor es sentirte solo y estar rodeado de gente"
una nueva oportunidad para personas sin hogar
Dos sevillanos que han logrado salir de la calle a través del programa de Cáritas para personas sin hogar dan su testimonio
Reclaman más empatía por parte de la sociedad con su situación
Cáritas Sevilla atendió el año pasado a 419 personas sin hogar
Hace frío. Son poco más de las cuatro de la tarde y de camino desde el centro hasta el barrio de Triana ves varias personas pernoctando al aire libre. El mercurio apenas pasa los diez grados y los termómetros no dan tregua y menos durante la noche. La ciudad está afrontando esta semana temperaturas mínimas por debajo de cinco grados y dormir a la intemperie es todo un reto para aquellos que no tienen un techo que les cobije. Pero eso, no es lo peor de vivir en la calle. "La soledad, el sentirte solo aunque ves que estás rodeado de gente, y el rechazo es muy duro y muy penoso. Del frío te cubres, pero sentirte así te hunde", afirma emocionado José Luis, que no necesita apellidos para este reportaje porque, en realidad, José Luis tampoco es su nombre.
Hace cuatro meses que forma parte del recurso Centro Amigo de Cáritas Diocesana en Sevilla. No es la primera vez que accede a este centro, pero sí asegura que esta "es la definitiva".
Tener el calor de un hogar es una excepcionalidad en su vida ya que, de sus 53 años, ha pasado 30 sin tenerlo. A los 15 años, su vida sufrió un descalabro que marcó su futuro. Corrían los años 70 y la calle y la droga eran inseparables. No especifica cómo cayó en ese mundo a tan corta edad. "Empecé a pincharme y me enganché", afirma rotundo. Dice que en su casa eran "muchos", diez hermanos y el matrimonio. Su madre le descubrió y le llevó a hacerse unas pruebas que confirmaron que tenía VIH. Eso fue su "destrucción", afirma. "Con ello vino el desprecio de mi misma familia. Me sentí muy solo. Me ponían de comer aparte, me lavaban la ropa aparte. Literalmente me apartaron. Es muy duro decirlo. Al poco tiempo, mi padre me echó de mi casa", dice antes de hacer una pausa. Recuerda a la perfección que recibió ayuda del párroco del barrio de La Corza, donde había vivido con su familia, "el padre Ángel", ahora en la parroquia de la Magdalena, específica.
Por su adicción a las drogas acabó en la cárcel, donde ha estado dos veces. Una de ellas salió por motivos humanitarios. "Estaba tan mal de salud, que me iba, entré en fase terminal", dice. También ha pasado por varios recursos de acogida. En sus primeros años de calle pasaba el día en el centro Valle, también de Cáritas, y pernoctaba en la casa de acogida Puerta Hermosa, del mismo organismo, dedicado por aquel entonces a la acogida y atención de personas enfermas de VIH en el centro Miraflores. Logró "salir de la drogas", tener un trabajo, pero volvió "a caer" y a verse en la calle.
"Me he sentido muy solo"
"Entras en un punto en el que tu cabeza no se da cuenta ni de lo que haces, ni de lo que pierdes. A la cárcel me llevaron mis robos. Siempre para pincharme. No comía y eso que me estaba muriendo de hambre", apunta. "En la calle he pasado de todo. Me he sentido muy solo, me han quitado mis mantas, me han pegado, he sentido como se me ha mirado con cara de desprecio. Es muy triste, pero es la historia de mi vida y se resume en drogas, calle, cárcel y centros de acogida de los que me acababa yendo por mi adicción", añade.
Pero ahora, en su historia pesa más el vaso medio lleno que el vacío. Que para eso José Luis ya sabe lo que es echarle un par de galones a las cosas. "Llegué aquí hace cuatro meses con la tibia y el peroné rotos y con 20 kilos menos", sostiene. "Ahora estoy bien. Me siento con ganas y voy tirando poco a poco hacia adelante. Sé que tengo que luchar mucho porque salir de la calle y de las drogas no es de un día para otros. Yo tengo claro que el drogadicto, siempre será un drogadicto, pero hay que saber utilizar las herramientas que aquí se nos ofrecen", valora.
Dice que se contenta cada día sólo con recibir "una sonrisa". "Un buenos días, un vamos, una mirada... Son mínimos gestos que la droga y la vida en la calle te roba y aquí empiezas a valorarlos. Te tratan como familia y empiezas a quererte, que es algo que también abandonas", sostiene.
Junto a él, asiente María del Carmen mientras le agarra la mano. Tampoco es su nombre real, pero es bajo la identidad que accede a contar la historia de su vida. No le falta una sonrisa en su rostro. "Esto es como un receso en el que tomas aire", cuenta sobre la ayuda por parte del programa de acogida para personas sin hogar de Cáritas del que forma parte desde hace dos años. Se nota que ha recuperado la felicidad que la calle le robó. Admite que acabó "sin nada" por su "mala cabeza". A veces la vida se trunca por un error, un desliz que para algunos es inocuo y para otros se convierte en una caída al vacío.
Los "ángeles" en la tierra de Cáritas
Hoy tiene un hogar gracias a los que considera "ángeles" en la tierra, los voluntarios de Cáritas. "Su ayuda me ha hecho salir de la calle y volver a encauzar mi vida, que es lo más importante, pero también me ha engrandecido el saber que hay gente tan buena en el mundo que da tanto por nada. Me han hecho creer en la humanidad, en las buenas personas", remarca, antes de meterse de lleno en el relato de su propia vida.
Nació en el sevillano barrio de Los Remedios, muy cerca del Parque de los Príncipes, donde un banco se convirtió en su único cobijo durante siete meses. Tiene 56 años, tiene un hijo y es la menor de ocho hermanos. Una gran familia a la que, afirma, acabó "saturando". Lo dice ahora. Entonces, se enfadó, "mucho", apostilla, porque no la recogieran cuando se vio sin nada. Pero ahora es consciente de "la paliza" que le había estando dando a sus hermanos durante toda su vida. A veces piensa que le dieron un "escarmiento".
Dice que fueron "un cúmulo de cosas" las que la llevaron a la calle. Sus problemas con el alcohol tuvieron mucho que ver. "Aunque con momentos mejores o peores, mi adicción al alcohol nunca me había permitido tener una vida muy estructurada. Se me juntó que me quedé parada, que la dueña del piso en el que vivía de alquiler no quería que siguiera y me vi en la calle. No tenía casa, no tenía trabajo y no tenía ni un duro juntado. Me vi en la calle de la noche a la mañana y sin saber adonde ir. Me fui a un parque a llorar y allí me quedé siete meses", relata.
En la calle ha pasado "miedo" y, sobre todo, "mucha vergüenza". "Las mujeres lo tenemos más crudo porque los propios que están en la calle contigo son parte de tu miedo. Duermes con un ojo cerrado y otro abierto. Hay mucha droga y mucho alcohol y tú vives sin cuatro paredes ni un techo. Sin una llave con la que poder cerrar la puerta y aislarte. Me lo han robado todo porque estás expuesto a todo", remarca.
"Me cuesta mucho pasar por ese parque"
"No tienes donde asearte y vas sucio, con lo que la gente ni te mira. Para los que pasan por tu lado no eres nadie. Sienten cómo te miran con desprecio. Eso, cuando te miran, porque me he sentido invisible a los ojos de los demás. Y muy avergonzada. No quería salir del parque. Me daba muchísima vergüenza encontrarme con los vecinos o compañeros del colegio con los que me he criado. Es muy doloroso. Todavía me cuesta pasar por ese parque", explica la mujer.
Llegó al Centro Amigo de Cáritas hace dos años. Hoy vive en uno de los dos pisos de transición a la vida autónoma dentro del programa para la inserción de las personas sin hogar. Ha recuperado la relación con su familia. Se emociona al hablar de su hijo. "Me ha dado la llave de su piso y no saben lo que significa para mí. Pensé muchas veces que nunca podría ser la abuela que se queda con sus nietos y ahora sé que mi hijo confía en mí", afirma emocionada. A partir de ahí, María del Carmen ha podido estudiar y sacarse un curso de operaria de limpieza, con el que ha vuelto a tener un trabajo. "Eso era algo que hace apenas unos años veía imposible", remarca.
José Luis la mira atentamente mientras narra su historia. Se dan la mano. No piensan desaprovechar esta oportunidad. Se sienten agradecidos. "Muy agradecidos" a la labor de Cáritas y sus trabajadores y voluntarios. "Aquí se me han dado la oportunidad, primero, de quererme, de valorarme. Pero también de sentirme valorada, que era algo que hacía mucho que no sentía", afirma ella. "Todo es que te alarguen una mano. Tener un apoyo. Sentir que hay alguien se interesa por ti. Yo mismo no he querido salir de ese mundo porque entras en una dinámica muy dura, pero sentir una mano tendida te puede ayudar a recapacitar. Sé que ahora es el momento. Yo no quiero ya perder nada más, quiero conseguir, y, lo primero, conseguirme a mí mismo. La gente tiene que saber que aquí se puede", concluye él.
La ayuda de Cáritas al sinhogarimo
Cáritas Sevilla tiene desplegados en Sevilla cinco programas de atención a personas sin hogar en calle con los que atienden al año a unas 240 personas. Estos proyectos se desarrollan en el centro Beato Pedro Dónders, de la Cáritas Parroquial del Santísimo Redentor, en Nervión; Lázaro, de Cáritas Parroquial de San Sebastián; Levántate y Anda, de San Vicente Mártir; Emaús, en el arciprestazgo Triana-Los Remedios; y Cáritas Universitaria.
"El acompañamiento en calle de Cáritas tiene la intención de entablar relación con las personas sin hogar y conocer su situación para establecer contactos y ver si pueden iniciar algún tipo de proceso de acompañamiento que le ayude a salir de esa situación, atendiendo además a las necesidades básicas que puedan presentar", explican desde la ONG católica.
Por otro lado, en el Centro Amigo se hace una acogida residencial y un acompañamiento socioeducativo, de apoyo a la inclusión social. "La mayoría de usuarios de este centro vienen derivados de la atención que prestan en calle las parroquias y sus voluntarios. Aquí, además de un techo bajo el que dormir, reciben ayuda psicológica, hacen talleres de educación social, de habilidades y competencias personas, se les ayuda con el tema burocrático, se les acompaña al médico y se les ayuda con la formación y la búsqueda de empleo", detallan desde Cáritas. En 2022, este centro acogió a 40 personas, de las que siete continuaron su proceso en los dos pisos de transición a la vida autónoma, en los que Cáritas sigue cubriendo todas las necesidades básicas, y cuatro consiguieron finalizar este proceso.
A falta de datos del 2023, el organismo atendió durante el 2022 a 419 personas sin hogar mediante estas dos líneas de intervención. "Para Cáritas Diocesana de Sevilla, la prevención del sinhogarismo sigue siendo una prioridad", insisten de la ONG, de ahí que también se cuente con programas de ayudas a sufragar gastos relacionados con la vivienda.
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