Tres años del primer contagio en Sevilla

Las vidas que el Covid paralizó hace tres años

Testimonios de las víctimas del Covid persistente en Sevilla / Juan Carlos Muñoz

"Mi vida no ha vuelto nunca a ser la que era". Coinciden y afirman al unísono Nuria, Raquel, Aitana, Carmen, Remedios, María Dolores e Isabel María. Se contagiaron de Covid en la primera, segunda y tercera ola de la pandemia y todavía hoy arrastran la losa de unas secuelas que ha paralizado sus vidas. Son sanitarias, dependienta, supervisora con personal a su cargo o empleada de hogar, pero en ninguno de los casos están ejerciendo su trabajo en la actualidad. Algunas han conseguido una incapacidad, otras están de baja y, en el peor de los casos, están de alta, aunque en condiciones evidentes que imposibilitan la búsqueda de un trabajo. Han cambiado sus hábitos, sus aficiones e, incluso, el sitio en el que vivían para adaptarse a sus nuevas limitaciones.

Se han convertido en mujeres dependientes que miran al futuro de forma incierta. Un futuro que no va más allá del mañana porque cada día es nuevo para ellas. No saben cómo se van a levantar ni si la sintomatología que siguen padeciendo les va a permitir bajarse de la cama. El coronavirus ha dejado secuelas por el camino y la persistencia es el capítulo más ignorado, dado que en muchos casos ha sobrepasado a los médicos y la ciencia. 

Son la cara visible de una enfermedad que llegó a nuestras vidas hace tres años, la Covid-19, y que para un no desdeñable 15% de los afectados continúa años después de contagiarse, el llamado Covid persistente. "Una patología que no por ser ya medianamente reconocida es entendida por todos", advierte Isabel María Silva que, a sus 45 años, acude a esta entrevista ayudada por un andador. Cualquier desplazamiento a ella le cuesta un mundo completar. "No puedo hacer nada sola. Para estar aquí, me han tenido que traer y luego me volverán a recoger", afirma. Cuenta que puede hacer esta entrevista porque ha podido recuperar la voz que perdió por el virus. Lamenta que todo ha sido gracias a las terapias con una cámara hiperbárica que ella misma ha tenido que pagarse de su bolsillo.

"Tengo problemas para expresarme y me desoriento y no dónde estoy"

Isabel María Silva, afectada de Covid persistente con 45 años. Isabel María Silva, afectada de Covid persistente con 45 años.

Isabel María Silva, afectada de Covid persistente con 45 años. / Juan Carlos Muñoz

Se contagió en octubre de 2020 en el geriátrico en el que trabajaba. Entonces, era una mujer joven, positiva y muy activa y sin ninguna enfermedad diagnosticada. Ahora, se compara con los abuelos a los que atendía en la residencia. "Estoy peor que los abuelitos que yo cuidaba en el geriátrico", manifiesta y añade: "Tengo diagnosticadas una lista de enfermedades a raíz del Covid como fibromialgia severa, fatiga crónica severa, colon irritable o un tipo de anorexia nerviosa".

Recuerda que cuando se contagió pasó por todos los síntomas que se decían que se podían tener. "Estuve dos meses en la cama tras el positivo. Se me pusieron las uñas de los pies negras, me salieron hematomas por el cuerpo, tenía mucha fiebre, me asfixiaba, tuve afonía, dolores de cabeza, tos, dolores de pecho, diarrea o vómitos. Todos", destaca. A los dos meses tuvo un espejismo. "Me empecé a encontrar mejor y creía que me iba a recuperar, pero a los cuantos días recaí y los episodios de fiebre, por ejemplo, no se me han quitado. Tengo problemas para andar, de visión, taquicardias, ansiedad, temblores y mucho cansancio. No puedo ni ducharme sola y, aún ayudándome, me deja destrozada y tengo que quedarme luego un rato en la cama para recuperarme. Me he convertido en una persona totalmente dependiente", afirma. Lo peor, subraya, "la inseguridad". "Tengo dificultad para hablar y a veces me cuesta trabajo expresarme porque no siempre digo lo que quiero decir y me quedo en blanco. También me desoriento y no sé ni donde estoy", apostilla. Todos esos síntomas los tiene apuntados en un papel. "Lo hago así porque como tengo lagunas mentales, así lo llevo siempre cuando voy de médicos", destaca.

Como ella, son muchas las víctimas de esa versión larga del coronavirus y variados los síntomas. Se han detectado hasta 200 distintos. El Covid persistente es un síndrome que se caracteriza por "la persistencia de síntomas de covid-19 semanas o meses después de la infección inicial, o por la aparición de los síntomas tras un tiempo sin ellos", asegura el Ministerio de Sanidad. Aunque hay mucha falta de datos aún, parece más frecuente en mujeres y en edades medias. 

"Han pasado tres años, pero el miedo y la incertidumbre persiste"

Nuria Hernández, de 45 años. Nuria Hernández, de 45 años.

Nuria Hernández, de 45 años. / Juan Carlos Muñoz

A ese perfil responden Nuria Hernández y Raquel Velázquez se contagiaron en los primeros compases de la pandemia, en marzo del 2020, cuando tenían 42 y 43 años. Una fecha que queda lejos, aunque no para ellas. Fueron de esas personas contagiadas de Covid cuando la enfermedad era una incógnita que de pronto confinó a todo el país. Ejercían supervisora en un servicio de contact center y sanitaria cuando el Covid llegó a sus vidas y se conocieron en la habitación del Hospital Virgen del Rocío donde tuvieron que ser ingresadas por desarrollar una neumonía bilateral. La sensación de los que entonces iban al hospital les hacía pensar que "iban allí a morirse", recuerdan. Salieron del hospital y se volvieron a confinar en casa. Notaban que no estaban bien y así lo comentaban en conversaciones posteriores a aquel ingreso. Casi tres años después, siguen unidas por las secuelas del virus. 

La jornada de Nuria y Raquel se resume en cansancio, mareos, décimas de fiebre, dolores musculares, taquicardias, una capacidad de concentración escasa y problemas estomacales. Llevan casi tres años sin apenas poder leer o seguir el hilo a una película y les cuesta mantener una conversación sin quedarse en blanco por momentos y terminar fundidas por el esfuerzo. Temen celebrar un buen día por pánico a una recaída.

"Tengo lagunas mentales al nivel de no poder ayudar a mi hijo de seis años con sus deberes"

Raquel Velázquez, de 46 años. Raquel Velázquez, de 46 años.

Raquel Velázquez, de 46 años. / Juan Carlos Muñoz

Cuando se ponen a enumerar los síntomas que padecen tres años después, resulta imposible seguir el ritmo de la conversación y poder anotarlos todos. "Disnea, cansancio generalizado, fatiga,  diarrea, taquicardias y pulsaciones elevadas, caída del pelo, dolores articulares y musculares, falta de concentración, erupciones en la piel o la disautonomía por las subidas y bajadas de temperatura y la tensión, entre otros que seguramente me estaré dejando atrás", enumera Nuria.

En el caso de Raquel, choca muchísimo la parte de su testimonio en la que relata que no es ni siquiera capaz de ayudar a su hijo de seis años a hacer los deberes. "Tengo lagunas mentales al nivel de que ante una simple suma de dos números simples, me quedo en blanco. No sé qué contestarte a mi hijo, Eso es muy duro. Ni yo misma me quiero creer que me esté pasando esto", lamenta.

"Mi vida ha cambiado al cien por cien; antes no sabía cómo mi era mi sofá, ahora lo tengo hundido"

Remedios Gómez, 56 años. Remedios Gómez, 56 años.

Remedios Gómez, 56 años. / Juan Carlos Muñoz

A Remedios Gómez, el Covid le ha generado una ataxia cerebelosa, una afectación neurológica que le ha afectado al habla y también a sus movimientos. "Me decían cuando hablaba por teléfono que si estaba comiendo, que se me escuchaba raro, me paré a escucharme y comprobé que era verdad que no podía expresarme bien", recuerda Remedios que dio positivo en Covid el 4 de enero de 2021. Cuenta que pasó la enfermedad de una forma llevadera y que incluso quería incorporarse a trabajar antes de los siete días que marcaba entonces el protocolo. Es empleada de hogar y estaba acostumbrada "a no parar quieta". Nada tiene que ver con su vida de ahora. "Yo no sabía ni cómo era mi sofá porque apenas me sentaba, ahora lo tengo más que hundido". Acude a la entrevista acompañada de una amiga y ayudada de su andador. Pese a sus 56 años, Remedios es consciente de que se ha convertido "en una persona dependiente". "He llorado mucho porque no sabía qué me pasaba. La enfermedad la pasé más o menos bien, pero a los siete días no podía levantarme de la cama. Tenía un cansancio que es inexplicable, temblores y unas taquicardias que son muy desagradables", indica. Aún siguen. "Mi vida me ha cambiado al 100%", apostilla.

"No es cansancio, es que hay días que no tenemos energía ni para parpadear"

Aitana Rojas, de 45 años. Aitana Rojas, de 45 años.

Aitana Rojas, de 45 años. / Juan Carlos Muñoz

Con más de 330.000 contagios registrados en Sevilla desde aquel 26 de febrero de 2020 cuando se confirmó el primer caso, la cifra de personas con Covid persistente podría rondar las 50.000. Aitana Rojas es otro ejemplo de esta dolencia en Sevilla. Tiene 45 años y camina ayudada por un bastón. Utiliza broncodilatadores para compensar la sensación de falta de aire y asegura que cada noche se acuesta casi sin voz. La fecha marcada en su calendario como la que "acabó" con su vida hasta entonces es el 7 de enero de 2021.

Se contagió cuando cuidaba a su madre en el hospital donde estaba ingresada por otras patologías. "Mis síntomas fueron lo normal, como un gripazo gordo. Yo tengo un problema de coagulación sanguínea y estaba con anticoagulantes y era lo normal que me diera una flebitis en el brazo. Tenía todo lo que se esperaba", afirma. Sin embargo, el tiempo pasó y no mejoraba. Una placa recomendada por su médico de cabecera localizó la característica neumonía en casos de Covid. "Estaba ya en remisión, pero me hizo tanto daño en el pulmón que tardé siete meses en poder caminar sin ese ahogo tan extremo", relata. 

Hoy, vive apartada de su trabajo como operadora en una tienda de telefonía porque su voz ya no puede ser su herramienta de trabajo. Tampoco puede asumir su responsabilidad como delegada sindical. Y en casa, la mayor parte de la responsabilidad con sus hijos ha recaído sobre su marido. "La sensación con la que vivo no es la de estar cansada, es que no tengo energía para moverme, solo el parpadear supone un desgaste y a eso se une la falta de memoria que hace que no te salgan ni las palabras", subraya.

"Lo que peor llevo es la incomprensión de amigos pero, sobre todo, de los médicos"

Carmen Benjumeda, de 55 años. Carmen Benjumeda, de 55 años.

Carmen Benjumeda, de 55 años. / Juan Carlos Muñoz

Carmen Benjumeda también se contagió cuando cuidaba de su madre dependiente, pero en casa. La mujer que la ayudaba con sus cuidados dio positivo, pero se lo cayó y siguió trabajando. En casa de Carmen cayeron todos, incluso su madre. Era octubre de 2020 y recuerda que el trato que recibieron en el hospital "da miedo recordarlo". "Fue duro ver cómo éramos tratados, teníamos un bicho que nadie quería tener cerca. Mi madre también ingresó y pedí que nos pusieran justas, fue la peor experiencia de mi vida", relata.

Aquello pasó, pero Carmen no ha vuelto a ser la misma. A día de hoy "no queda nada" de esa Carmen que se define como "una polvorilla" en la tienda que la que trabajaba como dependienta, que ayudaba a sus vecinas con sus hijos, que atendía con total dedicación a su marido con una minusvalía y que "siempre tenía palabras de ánimo para todos". "Todo se ha tornado en dolores de cabeza, falta de concentración, dolores musculares y articulares y mucho cansancio. El comer o beber te cansa. No puedo explicarlo", asiente.

Pese a todo, lo que peor lleva es la "incomprensión". "Es duro que tu entorno de amigos o familiares no te entienda. Los médicos tampoco. Nos hablan de trastornos psicológicos y nos hinchan a antidepresivos, pero esa no es la solución a lo que nos pasa", lamenta.

Precisamente esa incomprensión hace que María Dolores M. empiece esta entrevista con lágrimas en los ojos. Está de baja "por depresión" porque, asegura, que para sus médicos "el Covid ya no existe". Tampoco fue entendida en casa al principio cuando se quejaba "de una bgran sensación de ahogo". Pero eso no impidió que, "a rastras", cogiera su coche y se plantase en el hospital más cercano de casa. Se quedó ingresada más de una semana. "Me contagié el 30 de octubre de 2020 y desde ese día estuve encerrada en mi habitación tres días. Yo les decía a mis hijas y marido que estaba muy cansada y que me ahogaba, que me faltaba el aire. No se lo creían. Pero al tercer día les dije que se fueran la patio y salí para ver si era capaz de subir la escalera y bajarla. Me quise morir. No era capaz. Me ahogaba. Así que como nadie podía llevarme al hospital porque no quería que se contagiaran, cogí mi coche y me fui sola. Fue muy duro", recuerda aún emocionada casi tres años después. 

La Asociación Long Covid Andalucía exige unidades de referencias en todos las provincias

De la estancia en la hospital prefiere ni hablar porque asegura que recibió un trato "que es mejor no recordar". Pese a todo, el "infierno" le esperaba en su vuelta a casa. "Me mandaron a casa con un tratamiento de corticoides y yo me pensaba que me iba a comer el mundo, pero fue bajar la dosis y empezó mi calvario", dice. Se pasaba la vida en el baño, con "entre 60 y 80 deposiciones al día"; tenía unos dolores "terribles", sobre todo torácicos; y la cabeza con "muchas lagunas". Todo continúa, "en menor grado", destaca María Dolores, pero los síntomas siguen. "Sigo con diarreas continuas, aunque ya he pasado a ir al baño entre siete y ocho veces, continúo con muchos dolores y, por ponerle un ejemplo de cómo tengo la cabeza, he llegado a salir a la calle a sacar el perro, pero sólo llevaba el collar", afirma. Su vida ha cambiado hasta el punto de que ha tenido que cambiar de hogar. "No podía vivir en una casa de varias plantas con tantas escaleras", asegura. Se echa de menos a así misma. "Mi vida ya no es la misma. Yo era la que alegraba la fiesta, la alegría de la huerta y ahora nadie me entiende. Nadie sabe qué me pasa y los médicos a los que he ido tampoco", apostilla.  

Todas han encontrado un apoyo y refugio en la Asociación Long Covid Andalucía. Un organismo que nació en mayo de 2020 como un colectivo de afectados y que desde entonces ha triplicado sus asociados. Piden que se les muestre, que se sepa que la enfermedad que padecen existe y que tienen muchas necesidades, que parten de la compresión médica, en primera instancia. Por ello, entre sus peticiones a las Administraciones exigen formación e información a los profesionales sanitarios del protocolo existente; la necesidad de creación de Unidades de Referencia en cada provincia, que garanticen un tratamiento y atención igualitaria para todos los pacientes, sin discriminación; un registro de pacientes; una adecuada atención psicológica; o la difusión e información a la ciudadanía sobre la enfermedad, entre otros puntos.

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