La vuelta al mundo o la fe mueve océanos

Calle Rioja

Serrera, Gómez Piñol y Enriqueta Vila abordan tres visiones del viaje de Magallanes y Elcano

De izquierda a derecha, Emilio Gómez Piñol, Enriqueta Vila y Ramón María Serrera. / Juan Carlos Muñoz

DEJÓ en tierra una mujer encinta, Beatriz Barbosa, hija de su protector, y un hijo de seis meses, Rodrigo. Era portugués, pero a Fernando de Magallanes lo hace sevillano su familia y la gesta que no lo trajo vivo a casa.

La Academia de Bellas Artes ayer y hoy la de Buenas Letras acogen unas jornadas sobre la primera circunnavegación de la tierra (1519-1522) cuyas conclusiones conformarán un puzzle apasionante. “En aquellas fechas éramos los mejores”, diría en la presentación José de Justo Alpañés, de la Academia de Ciencias.

Sólo el currículum de los tres ponentes dejaría pequeño el espacio de esta crónica. Curtidos en diferentes disciplinas, cada uno de ellos insinuó una motivación que podría estar en la génesis de aquella locura. Los mejores y los más grandes, la China de entonces con el presidente actual de visita en España. No es retórica. Cuando el emperador Carlos recibe a los expedicionarios de la vuelta al mundo –salieron 239, regresaron 18– empiezan a llegarle las primeras cartas de Hernán Cortés, que un año antes del regreso de la nao Victoria culmina la conquista de México.

Para Ramón María Serrera, catedrático de Historia de América, la gesta de Magallanes y el pasaje de las cinco naves no habría sido posible sin un viaje anterior, el que hace Américo Vespucio. “El que descubre la continentalidad de América es un florentino, no un genovés”, dice con un guiño a Cristóbal Colón, que se muere con la “tragedia conceptual” de no saber qué ha descubierto.

La fe. Nada más y nada menos. Es la fuerza que empuja a aquellos hombres. Lo dice Emilio Gómez Piñol, catedrático de Historia del Arte Hispanoamericano en su ponencia titulada La Virgen de la Antigua y las devociones en la primera circunnavegación. “Decir esto de la fe en estos tiempos que corren...”. Y en un país como éste. “No sé si otro país no hubiera hecho una gran película sobre algo tan asombroso”. El guión ya existe. Los textos de Pigafetta, uno de los supervivientes.

A Sevilla llega un portugués desengañado con su rey. Así lo presenta Enriqueta Vila. Elige Sevilla porque entonces es la capital del mundo y porque aquí residen un grupo de portugueses perseguidos por el monarca luso Juan II y de los que dio cuenta Juan Gil en un libro. Uno de ellos es Diego Barbosa, teniente de alcaide del Alcázar, donde Magallanes se aloja, conoce a la que será su mujer y allí firma las capitulaciones y el testamento.

No tenían intención de darle la vuelta al mundo (Serrera). Y cuando tienen que volver, Elcano elige la ruta de los Portugueses (el Índico) “porque no sabe por dónde han llegado”. Sevilla no sólo puso el puerto (Enriqueta Vila), que han borrado de los mapas de Sanlúcar de Barrameda. Pone los fletes, el dinero y la logística. También las resistencias: Magallanes no era del agrado del cabildo ni del cónsul de su país ni de parte de su propia tripulación.

La aventura como una de las bellas Artes, parafraseando el texto de De Quincey. “Parece una cosa de locos” (Gómez Piñol). Los que volvieron, “en camisa, descalzos, cada uno con su antorcha, fueron a darle gracias a Santa María de la Victoria y a Santa María de la Antigua”. Un siglo después de la partida Murillo tenía un año. Un siglo después del regreso nacía Valdés Leal. Los retratos de ambos estaban en la presidencia, junto a los de Velázquez y su suegro Pacheco, como el Barbosa de Magallanes.

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