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Opinión

Don Cristóbal y nuestro Tánger de los años 80

El viento de Levante que recorre el Boulevard que cruza todo Tánger y desciende hasta la Bahía me trae el eco del carrusel deportivo de una tarde de domingo. Estamos jugando al ajedrez y escuchando al Sevilla, al Sevilla de Manolo Cardo. Estoy seguro de que ha sacado una alineación que aún hoy puedo recitar de memoria. Y veo brillar los ojos de don Cristóbal cada vez que desde la radio conectan con el Ramón Sánchez-Pizjuán.

Don Cristóbal Ramírez, mi maestro y maestro de francés de tantas generaciones en el colegio español de aquel Tánger de los 80, que aún era una pequeña ciudad volcada sobre el zoco, el puerto y la playa. Nacido en Larache, una de las ciudades del Protectorado español en el norte de Marruecos, donde su padre había emigrado desde Sevilla para trabajar en una empresa atunera.

Don Cristóbal amaba el fútbol con locura, no importaba que fuera un partido de chavales en cualquier descampado, o ir a ver al equipo de Tánger, el Ittihad, en su campo antiguo de Marshán, al que alguna vez lo acompañé junto a su hijo Ramón, también sevillista. Luego estaban los partidos de fútbol que organizaba los sábados en el colegio Ramón y Cajal, donde don Cristóbal era un muchacho más entre todos nosotros, niños españoles y marroquíes de Tánger.

El estadio de Marshán, hoy desaparecido, fue construido por un ingeniero sevillano, José Ochoa Benjumea, en la época del Estatuto Internacional de Tánger, que permitió a varios países, entre ellos España, la administración conjunta de la ciudad. Estadio local del España de Tánger, que jugó en la Segunda División en los años 50. Su rival regional, el Atlético Tetuán, sí llegó a militar durante una temporada en la Primera División de nuestro fútbol.

Tánger es una ciudad con notable sabor español. Como testigo de aquella época quedan los restos del Gran Teatro Cervantes, donde alguna vez actuaron Caruso y Estrellita Castro, Lola Flores y Antonio Machín. Me gusta pensar que esta final de la Supercopa que se juega en Tánger hace justicia a una parte de nuestra historia tantas veces olvidada, ese camino en común con un vecino tan cercano y distante al mismo tiempo. Aunque la elección de la sede de la final sea más bien el resultado de una de esas decisiones caprichosas e improvisadas de los dirigentes de nuestro fútbol.

Don Cristóbal, juega tu Sevilla del alma en tu Tánger del alma la Supercopa de España. En los cafetines con sabor a hierbabuena, que siempre se llenan para ver los partidos de la Liga española, ya no se habla de otra cosa. No jugamos en Marshán, pero a ti eso te da igual porque tú tienes tu butaca en esa tercera tribuna a la que van siempre los sevillistas buenos que dejan este mundo. Que lo disfrutes, maestro.

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