Puerta Grande de Daniel Luque y gran toreo de Morante de la Puebla

Daniel Luque, en su salida en hombros de la plaza de Valencia.
Daniel Luque, en su salida en hombros de la plaza de Valencia.
Paco Aguado (Efe) / Valencia

20 de marzo 2013 - 01:00

Las feria de Fallas de 2013 se cerró con la salida a hombros del joven espada sevillano Daniel Luque, en una tarde en la que, pese a que no cortó orejas, también brilló con luz propia la añeja torería de Morante de la Puebla.

Después de que Morante de la Puebla deleitara con su calidad ante el quinto de la tarde, el mérito de Daniel Luque fue centrar de nuevo la atención del fascinado público valenciano para cortarle las dos orejas al toro que cerró la feria de Fallas.

Si ya le había cortado una a su primero, un toro endeble al que supo sacar partido con mucha suavidad, con el sexto Luque salió decidido a no dejarse arrebatar los titulares de la tarde.

El serio sobrero de Jandilla tuvo inicialmente poca clase en sus embestidas, pero el joven diestro le fue encelando tras la tela en un trasteo que fue de menos a más.

Serie a serie fueron entrando en la faena tanto el público como el cinqueño, hasta llegar a un final de obra en la distancia corta, en el que Luque hizo todo un derroche de entrega.

Esa ambición por destacar, añadida a unas vistosas luquesinas y una estocada de rápido efecto, hizo que el jefe de alguacilillos de Valencia, que se retiraba del puesto, pusiera en sus manos el doble trofeo con que Luque ratificaba su importante triunfo.

Pero el gran toreo de la tarde llevó la firma de Morante de la Puebla. Si con su primero, un descastado sobrero de Parladé, apenas perdió el tiempo en paripés, con el quinto se empleó de largo en una faena plagada de calidad y torería.

Le faltaron entrega y celo también al de Juan Pedro Domecq, pero el artista sevillano lo compensó derrochando su clase ya desde que le cuajó a la verónica ganándole terreno paso a paso hasta el centro del anillo.

Un airoso quite por chicuelinas, como réplica a otro por gaoneras de Luque, fue el preámbulo de una faena de larga duración en la que Morante fue atemperando las embestidas, llevándolas a compás y con una gran base técnica que no se dejó ver entre tan artístico envoltorio.

Los muletazos fueron mecidos y largos, acompañando el torero con el pecho todo su trazo, con las zapatillas asentadas en la arena y con pureza y naturalidad desde el cite hasta el remate. Y como colofón a cada serie hubo dilatados pases de pecho y adornos cargados de gracia y aire sevillano.

No cortó orejas Morante por no matar bien, pero quizá eso signifique poco para quien dejó sobre la arena un amplio surtido de delicatessen para cerrar una feria con tanto menú del día.

Enrique Ponce volvió a irse de vacío de su Valencia, también por sus fallos con el acero. Como Morante, tampoco se empleó con el inválido que abrió plaza y tuvo que poner todo su empeño con el cuarto.

Fue este un toro muy noble y de calidad, pero escaso de raza y de chispa. Y, para administrar tan pocos bríos, la faena que le hizo el valenciano tuvo más de cerebral y de habilidosa que de apasionada, lo que se reflejó en la misma medida en el tendido.

stats