Todos hombros en Santander, en un festejo modelo del toreo del siglo XXI
El Juli, Perera y Paco Ureña redondean una tarde con toros anovillados pero que dieron juego
La historia de la corrida comenzó en el primer reconocimiento veterinario, con tres toros de las ganaderías titulares rechazados por falta de trapío. Cómo serían. Porque la corrida que terminó con la terna a hombros y un público satisfecho, tuvo su borrón en la presentación, no apta para Santander. Toros de escasa romana y aspecto anovillado. No lo merece este coso. Otra cuestión fue el juego.
Embistieron los seis con sus matices, al modo que las figuras prefieren, pues son adeptos a estos hierros: con nobleza e, incluso, docilidad; con obediencia a los toques y con duración, requisitos indispensables para hacer el toreo de treinta o cuarenta muletazos en redondo y componiendo la figura. ¿Ha de ser esto? Que responda cada cual.
El primero, estrechito de sienes y cornicorto, comenzó a escarbar desde el inicio. Era el aviso de que su calidad, viaje dulce, embestida larga y sedosa, debían ser bien administradas, o de lo contrario podría rajarse. Lo vio a la perfección El Juli después de la primera serie de naturales rotunda, arrastrando la mano por los suelos y al ralentí. Tras este esfuerzo, el toro hizo amago de irse a tablas. Con un tirón hacia los medios, Juli le cambió los terrenos y le embrujó hasta el final en series muy enroscadas en la cintura, con otra zurda superior. Luego, circulares y un epílogo de recuerdo ojedista, antes del cañonazo con la espada.
El cuarto perdió las manos, amenazando ruina. Pero su nobleza y las buenas manos que lo condujeron le hicieron deslizar en una faena de no menos de cuarenta muletazos. Fue un Juli estajanovista y de derechas, pues un desarme frustró un proyecto de serie zurda cumbre, que por el izquierdo el animal requería perder pasos y tenía cierta aspereza. Pero duró una enormidad. Contra pronóstico, lo pinchó.
La labor más meritoria fue la de Perera en el quinto, el astado con más teclas que tocar. A veces se rebrincaba y soltaba la cara, desigual y pelín tosco. El extremeño alcanzó la cima del trasteo en una de naturales muy ligada, con los flecos barriendo la arena, rotunda, plena de poder, mando y plástica. Trasteo de gran quietud, de figura del toreo, de tío responsable hasta en las bernadinas escalofriantes que precedieron al espadazo.
En su primero, Miguel Ángel Perera equivocó la estructura de su quehacer, pues exprimió tarde el extraordinario pitón izquierdo de un animal dócil hasta el extremo, al que le faltó voltaje que transmitir a los graderíos santanderinos. Muleteo sedoso y carente de emoción.
Paco Ureña no se quedó atrás. Si pecó de algo, fue de honesto. Quiso ligar sin enmendarse en todo momento al tercero, que reponía terreno y exigía perder pasos. El pitonazo en el pecho, toreando al natural, así lo atestigua.
Con el sexto de la suelta, estuvo encimista y con pasajes entonados. A oreja por toro, con dos estocadas meritorias en su haber.
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