Cuando el Duero se hace Douro

El norte de Portugal se abre a las vanguardias sin perder su personalidad labrada durante siglos El turista podrá encontrar aquí la autenticidad de una comarca forjada al compás del río y de su vino

Cuando el Duero se hace Douro
Cuando el Duero se hace Douro
Diego J. Geniz

03 de julio 2016 - 01:00

Terraza de Porto Cruz. Un centro de vanguardia situado en Vila Nova de Gaia. El visitante degusta tres cócteles elaborados con distintos tipos del vino de la tierra. Frente a él, en la otra orilla del río, se desparrama el casco histórico de Oporto. La vieja urbe se asemeja a una cascada de color que lucha contra el fondo gris y melancólico de la piedra. Síntesis perfecta del devenir de la comarca. El pasado y el presente se combinan para labrar un futuro sin renunciar a la historia. El norte de Portugal se abre al turismo con todos los siglos a sus espaldas. Quien venga aquí no se topará con una ciudad hecha a la medida del visitante, sino que el visitante se irá haciendo a ella, a sus empinadas cuestas, a su puerto, a sus tascas y especialmente, a sus vinos. Pues Oporto y la Región del Duero reciben al turista sin disfrazarse. Sin usar ningún maquillaje. Exponiendo la auténtica piel que las convierte en joyas de la Península.

Oporto es la excusa perfecta para una escapada de fin de semana o un puente festivo, aunque todo el Norte de Portugal ofrece multitud de posibilidades para permanecer una semana. Además de la ciudad, se encuentran municipios con gran valor patrimonial, como Braga y Amarante, o con indudable valor paisajístico -además del enológico- como la Región del Duero. Una de las formas más rápidas para llegar a Oporto son las conexiones en avión de la compañía lusa TAP, que oferta vuelos entre Sevilla y Lisboa y el puente aéreo constante entre las dos ciudades lusas. En poco más de tres horas el visitante se encontrará en el Norte de Portugal, una de las regiones más sorprendentes del país vecino.

El barroco, la prosperidad económica del XIX y el agitado devenir de la pasada centuria se dan la mano en una ciudad que mira desafiante al siglo XXI. Recorrer las viejas calles de Oporto resulta indispensable no sólo para contemplar las entrañas de esta milenaria urbe, sino para empaparse de su espíritu. Hágalo a pie. O en uno de sus tranvías. Además, puede disfrutar de wifi libre en los espacios públicos.

La Librería Lello es una parada obligatoria. Su gestión recae ahora en una fundación. Entrar cuesta tres euros. Además de la amplia colección de libros, la original escalera se convierte en protagonista absoluta de la estancia. Sirvió de escenario para las películas de Harry Potter. Su autora, J. K. Rowling, planteó esta novela en un establecimiento de corte modernista bastante cercano: el Café Majestic, uno de los más bellos del mundo. A pocos metros también se encuentra la Torre de los Clérigos, la más alta de Oporto, que compite en vistas con la catedral, una antigua fortaleza románica con el interior barroco, mezcla que se repetirá a menudo en el norte lusitano. Destaca en ella un imponente sagrario de plata que se tapió durante la invasión francesa, de ahí el aspecto ennegrecido que presenta.

Mención aparte requiere la estación de San Bento, cuya inmensa sala de entrada constituye una exposición gratuita de cerámica portuguesa, con escenas compuestas por más de 20.000 azulejos blancos y azules que aluden a varios momentos de la historia lusa. No tiene perdón irse de Oporto sin visitar el Palacio de la Bolsa, exponente de la prosperidad económica que alcanzó la ciudad en el siglo XIX. En este edifico ecléctico destaca el salón árabe, cuya suntuosidad parece robada del Palacio otomano de Topkapy. Muestra del gusto por los estilos exóticos de la burguesía decimonónica.

Oporto tiene historia y hace historia. La Casa de la Música se ha convertido en el nuevo icono de la ciudad dentro del barrio de Boavista. Proyectada para 2001, cuando Oporto fue capital cultural de Europa, no acabó de construirse hasta 2005. Su diseño exterior -obra del arquitecto holandés Rem Koolhaas- representa un diamante en bruto. El interior gira alrededor de una inmensa sala de conciertos que combina el oro y la plata. Como peculiaridad, ofrece vistas al exterior. Para ello usa un cristal ondulante que impide que el sonido penetre. Cuenta con otra sala de conciertos más pequeña y con una cafetería colgante. El edificio se completa con pequeñas salas de diseños y colores distintos, así como talleres en los que, desde fuera, se pueden contemplar los ensayos de los músicos.

La Casa de la Música se ha convertido en destino frecuente de excursiones escolares. Como lo es también el Museo de Serralves, enclavado en los jardines del mismo nombre, donde se unen la riqueza paisajística de uno de los pulmones de la ciudad con las muestras de los artistas contemporáneos más importantes.

Para contemplar Oporto nada mejor que acudir a la otra orilla, a Vila Nova de Gaia, donde llegan los barcos rabelos que traen el vino de la Región del Duero. Allí se encuentran varias bodegas de gran tradición, como Taylors, cuyas instalaciones se están remodelando para convertirlas en un centro de interpretación. Pero también hay nuevas apuestas, como la de Porto Cruz, donde los amantes de la enología recorren un itinerario digital sobre la elaboración de los caldos de Oporto, asisten a catas y pueden degustar los cócteles elaborados a partir del vino. Todo ello contemplando la vieja ciudad lusa desde su privilegiada terraza. Se recomienda asistir a última hora de la tarde, cuando el sol muere en la cercana desembocadura del Duero.

Para quienes acudan en familia, una de las mejores ofertas de Oporto se encuentra en la Quinta da Boeira. Cuenta con amplios jardines, una botella gigante que sirve de salón de catas, un restaurante en una casa modernista y un museo donde se exponen maquetas de embarcaciones antiguas.

Hablando de barcos, no duden en hacer un pequeño crucero por el Duero. Se trata de una oportunidad magnífica para conocer la historia de la ciudad y de sus famosos puentes, como el de María Pía, levantado por Gustavo Eiffel y en funcionamiento para el tráfico ferroviario hasta 1991. O el de Luis I, el más famoso de todos, construido en 1886 y cuyo diseño se debe a Seyrig, discípulo de Eiffel. Destaca su enorme arco de medio punto, para el que se emplearon miles de toneladas de hierro.

Desde la segunda capital Portuguesa se tarda poco en llegar a la región del Miño y a la del Duero. En la primera destaca la ciudad de Braga, capital religiosa de Portugal. Su centro histórico rezuma el pasado barroco de la urbe y el ambiente estudiantil de su universidad. La catedral es otro maridaje de la robustez románica con la ornamentación barroca. Lo más llamativo de este templo -al margen de su bella fachada- se encuentra a los pies, con el impresionante órgano del siglo XVIII dividido en dos piezas.

A varios kilómetros del casco urbano, emerge entre las montañas el santuario de Bom Jesús, otro alarde barroco en plena naturaleza. Para acudir a este centro de peregrinación no dejen de subir por la suntuosa escalinata en la que se representan los cinco sentidos. O si prefieren, háganlo en el ascensor hidráulico, uno de los más antiguos del mundo. El altar mayor del santuario no les pasará desapercibido, pues en él se representa un calvario que guarda bastante relación con los misterios de la Semana Santa andaluza.

Cerca se encuentra también la ciudad de Amarante, en cuyo puente se detuvo a las tropas napoleónicas. Es de obligada visita la iglesia de San Gonzalo, donde se encuentra enterrado este santo de gran devoción en la comarca. Destaca su altar mayor, el claustro y los frescos de la sacristía.

Pero si desean un contacto directo con la naturaleza, nada mejor que la Región del Duero, uno de los enclaves más bellos y desconocidos de Portugal. Los montes parecen tallados por la mano del hombre, que desde la civilización romana ha sabido extraer de la pizarra (la piedra que conforma la tierra) uno de los más dulces caldos: el vino de Oporto. Las raíces de las vides llegan a diez metros de profundidad para encontrar la humedad. Con el fin de que cuando llueva el agua permanezca en los cultivos, se escalona el terreno, de ahí su aspecto tan característico.

En estas tierras adquieren protagonismo las quintas, que deben su nombre a la división que se hizo de los montes en cinco partes tras el terremoto de Lisboa. Estas propiedades también se han adaptado al turismo. Prueba de ello es la Quinta Da Pacheca, que ofrece alojamiento, restaurante y experiencias enológicas en temporada, como la recogida de la uva o incluso su pisada. O la Quinta da Panascal, en la que se recorren sus viñedos con un servicio de audioguía.

Monumentos, vino y naturaleza. Tres elementos del Norte de Portugal, una región sin precios inflados que le dejará tan buen sabor de boca como los caldos de Oporto. Repetirá seguro.

stats