La octava maravilla
La Iglesia de San Luis de los Franceses, del siglo XVIII, abre sus puertas para recibir las visitas organizadas por la empresa Engranajes Culturales
Del orbe la octava maravilla. Así fue como calificaron el templo que se encuentra en la calle San Luis (llamada calle Real hasta el siglo XIX) después de su inauguración en el año 1731. Diseñado por el arquitecto Leonardo de Figueroa y construido por encargo de la Compañía de Jesús, el templo se levanta sobre el antiguo palacio de los Duques de Alcalá, cuyos restos aún se conservan en algunos tramos de la construcción actual. Desde la expulsión de los jesuitas en 1835, ha servido a diferentes usos: convento franciscano, hospital de venerables sacerdotes, fábrica en el siglo XIX y hospicio hasta la década de los 60. Este lugar emblemático vuelve a abrir sus puertas para lucir los rincones de una de las representaciones más bellas del Barroco en Sevilla.
El edificio desacralizado es gestionado por la Diputación de Sevilla, encargada de su restauración y de facilitar el acceso a las visitas a diversas empresas de gestión cultural. La idea de la visita organizada por Engranajes Culturales es conocer San Luis desde una perspectiva diferente. Para ello, Auxiliadora Baena será la encargada de guiar a los visitantes durante un recorrido que descubrirá la belleza de este templo cristiano “a través de un juego de luces y reflejos”, explica al comienzo de la ruta.
A la entrada de la iglesia principal, sobre las cabezas de los visitantes, se alza una cúpula semiesférica adornada con una pintura que representa a San Ignacio de Loyola, el fundador de la orden religiosa de los jesuitas. Junto a él, una inscripción en latín que reza: “Ésta es la casa de la sabiduría salpicada por la ciencia”. Los jesuitas centraron sus esfuerzos en desarrollar una labor pedagógica muy importante, que se refleja en las escenas de los retablos.
Si el visitante se coloca en el centro del edificio y realiza un giro completo, podrá apreciar todos los detalles. Esto es así por la disposición de la planta en forma de cruz griega. Lo que más llama la atención después de una vista completa son unas enormes columnas salomónicas colocadas en torno a la planta que simbolizan fuerza y estabilidad, aunque la función que cumplen es sólo meramente estética.
Ocupando el brazo lateral derecho de la cruz griega se encuentra un retablo que representa al novicio San Estanislao de Kosta con el Niño Jesús en brazos. La escultura encarna el ideal del buen novicio que será gratificado por sus buenas obras, además de presentar como ejemplar la vida de un príncipe que renunció a las comodidades de su vida para convertirse a la orden.
El brazo izquierdo de la cruz griega alberga un retablo de San Francisco de Borja. La talla del santo porta un cráneo con una corona simbolizando el horror que sufrió cuando se le encomendó que trasladara el cuerpo de la emperatriz Isabel de Portugal. Se cuenta que cuando abrió el féretro y descubrió el cuerpo en putrefacción, quedó tan profundamente conmovido que se prometió que nunca más iba a servir a un señor que fuera a morir. Desde ese momento, decidió entregar su vida a Dios.
En el techo descansa una enorme cúpula decorada con ocho ventanas. La luz que atraviesa las cristaleras ilumina los frescos que decoran el semicírculo y las ocho estatuas que representan a padres fundadores de distintas órdenes religiosas. Cada retablo se ilumina el día de su onomástica.
Si hay algún elemento que mejor representa el estilo Barroco de este enclave monumental, ése es el retablo principal. Sobre un fondo dorado adornado con abundantes relieves, se distinguen varios cuadros expuestos sin seguir una coherencia iconográfica. Entre ellos destaca, por ser de mayor tamaño, una representación del monarca francés San Luis, a quien está dedicado el templo. La historia de la fundación cuenta que Juan Fernández de Castro y, posteriormente, su esposa Luisa de Medina, cedieron tras su muerte la fortuna que poseían a la Compañía para la creación de un Noviciado con su correspondiente iglesia. Con una condición: que se dedicara al rey francés Luis IX.
La siguiente parada del recorrido conduce a la cripta, un espacio que todavía alberga cuatro lápidas de épocas posteriores (alguna del siglo XIX). En realidad, los jesuitas construyeron este lugar justo debajo de la iglesia para evitar que la humedad afectara al templo. Con el tiempo, los moradores acabaron usando la cripta como lugar de enterramiento. Allí mismo, aprovechando el escenario mortuorio, Baena repartió a los asistentes varios espejos y les pidió que se miraran y reflexionaran sobre ellos mismos. Mientras tanto, leyó en voz alta un fragmento de romance que hace alusión al encuentro de San Francisco de Borja con los restos mortales de la emperatriz: “¡Ay de mí, mas ay de mí! Que a las riquezas del mundo les pone la muerte fin”.
La capilla doméstica es la última fase del recorrido. Al cruzar el umbral, una sala profusamente decorada con pinturas de Lucas Valdés dedicadas a la Virgen y a los apóstoles alberga las estampas a las que los novicios debían dedicar sus rezos. Allí fue donde los jesuitas formaban a novicios procedentes de todas las provincias de la Bética. Durante el periodo que duraba la formación debían demostrar que podían peregrinar sin dinero y realizar labores domésticas.
De las paredes de la sala cuelgan marcos que contienen reliquias de huesos traídos desde Roma. Se cuenta que corresponden a San Máximo y que entre todas las partes se podría reconstruir el esqueleto completo del santo. El retablo de la capilla, situado frente a la puerta de entrada, muestra una estampa cubierta con relieves dorados y estatuas de ángeles y santos. En la parte superior hay una talla de la Virgen María bajo un dosel sostenido por dos ángeles y rematado por una corona real. A ambos lados se encuentran dos esculturas de San Estanislao de Kosta y San Luis de Gonzaga.
Cada detalle pormenorizado recuerda la época barroca en la que fueron tallados. Auxiliadora Baena cuenta que su autor, Pedro Duque Cornejo, iba a ser encarcelado por impagos. Se refugió en el noviciado para escapar de la justicia y allí labró, cuidadosamente, el esplendoroso retablo. Una puerta situada en el lateral conduce a la sacristía, un pequeño espacio que alberga una bóveda decorada con una pintura. Fue en este lugar donde se colocó por primera vez el cuadro La adoración de los Reyes. Luisa de Medina encargó a un joven Velázquez la obra con el propósito de recordar a sus tres cuñados, aunque la principal tesis sostiene que el pintor sevillano se retrató a sí mismo rodeado de sus allegados y maestros.
La visita está llegando a su fin pero antes hay que desvelar el último secreto. ¿Por qué se conoce esta iglesia con el nombre de San Luis de los Franceses? Los jesuitas tenían la costumbre de denominar el lugar que fundaban con el nombre del santo del mismo día en que era fundada. Sin embargo, en esta ocasión se rompió con la regla. Se dice que decidieron nombrarlo así en honor a la principal fundadora, Luisa de Medina.
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