Keersmaeker reina con 'Così' en la Ópera de París

  • 300 pantallas de todo el mundo, entre ellas la del Cine Cervantes, emiten hoy la función del Palais Garnier.

Mozart sin pelucas, en su esencia más cristalina. Así es el Così fan tutte que hoy retransmitirán a partir de las 19:15 más de 300 salas de cine en todo el mundo, que acercarán la nueva producción de la Ópera de París con dirección escénica de Anne Teresa de Keersmaeker. La relación entre la coreógrafa belga y el Ballet de la Ópera parisina viene de lejos, con dos de sus creaciones (Rain y Bartok/Beethoven/Schönberg) ya inscritas en el repertorio de la compañía. Sin embargo, aquí la colaboración se estrecha mucho más porque, además de las coreografías del montaje que hasta este domingo puede verse en el Palais Garnier, Keersmaeker se suma a la nómina de celebridades de otras disciplinas que, como el cineasta Michael Haneke con el celebradísimoCosì del Teatro Real de Madrid, se han atrevido a dar su visión de la que fue la tercera y última ópera surgida de la colaboración entre Mozart y el libretista Da Ponte.

Las dos anteriores, Las bodas de Fígaro y Don Giovanni, se cuentan ente los títulos predilectos de los melómanos de todo el mundo, un podio que suele encabezar La flauta mágica, de la que el Maestranza ofrece estos días una hermosa versión a cargo del Teatro Regio de Turín. Keersmaeker, en cambio, es consciente de que a los mozartianos de corazón ninguna ópera les toca tanto como Così fan tutte, en parte, declara ella, por esa fascinante disparidad entre la frivolidad del libreto y una música que parece contradecir cada palabra, cargada de una melancolía casi sagrada.

Compuesta por Mozart un año antes de su muerte, y al año después de estallar la Revolución Francesa, Cosi fan tutte cuenta la historia de dos jóvenes que presumen de la fidelidad de sus prometidas y, a instancias del cínico y desencantado filósofo don Alfonso, urden un plan para probarla: fingen partir a la guerra y regresan disfrazados de militares albaneses para seducirlas. Keersmaeker pone el foco en el orden que se trastoca, en un mundo que se acaba, con una visión depurada y minimalista que, en ciertos pasajes, se sobrepone a su propia frialdad para iluminar el erotismo y los claroscuros morales de la trama.

En su debut como directora de escena operística, la Keersmaeker desnuda el Palais Garnier y enfrenta al espectador a un escenario completamente blanco que contrasta con el célebre techo pintado por Chagall. No hay salones ricamente adornados, ni túnicas ni barcos que zarpan; sólo un cubo blanco similar a un centro de arte contemporáneo por donde se mueven con elegancia los cantantes, doblados cada uno de ellos por un bailarín de la compañía.

Las simetrías, las diagonales y, sobre todo, las formas elípticas, dibujadas sobre el suelo y que aportan la única nota de color (además de un vestuario vaporoso donde resalta el amarillo), guían los abstractos movimientos de los cantantes y de sus dobles.

Curiosamente, si la danza no ofrece ninguna novedad respecto al vocabulario de la compañía Rosas, sí lo es el modo en que la Keersmaeker dirige a los cantantes y, aprovechando su juventud y cuerpos flexibles, logra que corran, se cimbreen, alejen y aproximen extremando su verticalidad u horizontalidad, y que se unan cual siameses a los bailarines en los momentos más íntimos.

El momento culminante lo marca el célebre terceto de la despedida, Soave sia il vento, cuando Keersmaeker favorece que esa música duela como una llaga mientras los cuerpos de los intérpretes se mueven como hojas a merced de una tranquila brisa, ajenos al viento impetuoso que acabará arrastrando sus afectos y sus sueños.

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