Cultura

Negros y esclavos en Sevilla

  • Jesús Cosano retrata en un estudio editado por Aconcagua a la esclavitud durante los siglos XVI y XVII

Jesús Cosano despliega también en su nuevo ensayo la huella de los morenos en el origen del flamenco. Jesús Cosano despliega también en su nuevo ensayo la huella de los morenos en el origen del flamenco.

Jesús Cosano despliega también en su nuevo ensayo la huella de los morenos en el origen del flamenco. / Belén Vargas

Morenos. Mulatos. Pardos. Prietos. Tostados. Ladinos. Mestizos. Ellos, todos negros, descienden atados con grilletes de un barco con bandera portuguesa procedente de algún lugar de la costa atlántica de África, probablemente Guinea o Angola. Aturdidos, rotos, exhaustos son encerrados en las negrerías del puerto de Las Mulas, en la orilla de Triana, donde son pelados, mojados, apenas alimentados. En pocas horas, los mayorales pregonarán su venta y sus precios en las Gradas de la Catedral. "Un esclavo amulatado herrado en el rostro con una ese y un clavo", se oye gritar…

Así podría comenzar el capítulo sórdido de la esclavitud, donde ahora hace parada Jesús Cosano a través del primer volumen de Los invisibles. Hechos y cosas de los negros de Sevilla (Aconcagua), presentado ayer en la Feria del Libro. El estudio viene a "contar de otro modo" una historia de la ciudad situada en los márgenes, incómoda, ausente de la memoria oficial, pese a la abigarrada presencia de cautivos en ella a lo largo de siglos: llegaron a ser, hacia 1565, casi un 10% de la población. Por tal motivo, Cervantes llegó a decir de Sevilla que parecía "un tablero de ajedrez".

No fue un caso exclusivo español, ni mucho menos. No obstante, Sevilla fue uno de los grandes centros esclavistas del sur de Europa, tal como han demostrado los estudios firmados por los historiadores Antonio Domínguez Ortiz y Alfonso Franco Silva. Claro que aquí en esta entrega de Los invisibles a Cosano le tira más el lado de la vida cotidiana y las expresiones culturales de los cautivos, cuyo trasiego configuró una urbe partida por el dolor, pero también radicalmente cosmopolita, con gentes de los más remotos lugares y un puerto extraordinariamente dinámico por el comercio americano.

"Mi propósito es hacer visibles a los negros de Sevilla. Que se conozcan por sus bocas cuáles eran sus quehaceres diarios, sus pensamientos, sus preocupaciones y sus sueños", asegura el investigador y gestor cultural. A partir de ahí, la realidad es tan real en estas páginas que aspira a alcanzar temperatura de ficción. Los hechos que se narran pudieron suceder así. Y, probablemente, sucedieron así. Como si al contarlos, quedara un espacio inédito, una espeleología hacia el fondo de los lectores, ahí donde se aloja aquello que de nosotros (a veces) nos falta en nosotros: memoria.

Acierta Santiago Auserón en el prólogo cuando afirma, en esta onda, que "los negros de aquel tiempo en Sevilla se presentan aquí encarnados: sujetos de emociones y sentimientos que portan nombres y apellidos españoles". Son, entre otros, Domenguillo Baca, el hijo de la cocinera de los Cromberger, testigo de la aventura de llevar el invento de la imprenta al Nuevo Mundo; Juan El Herrado, uno de los setenta y cuatro esclavos que dejó en su testamento Catalina de Ribera, fundadora del Hospital de las Cinco Llagas, y Olivia Pedraja, incrustada en el próspero negocio de jabones para las Indias de la familia Welser.

Con ellos comparecen sus amos: nobles, clérigos, músicos, poetas y pintores, además de los negreros, incrustados a veces en sagas ilustres que hicieron fortuna con el comercio humano a lo largo de los siglos XVI y XVII. También la monarquía, que utilizó a centenares de cautivos en la explotación de la minas de la Sierra Norte sevillana. De allí, en las anotaciones de los oficiales reales, se cuenta que "habían parido algunas esclavas y que, como el sitio es tan enfermo, son pocas las criaturas que se crían, dos de ellas están lisiadas, pero que si Su Majestad venía en ello, no faltarían personas que las comprasen". Paradójicamente, este episodio de explotación se extiendió hasta el siglo XIX, ya abolida legalmente la esclavitud, cuando un buen número de soldados apresados en la Guerra de Cuba trabajaron en las ferrerías de El Pedroso.

Como no podría ser de otra forma, la investigación de Jesús Cosano también despliega un interés por los fenómenos sociológicos y culturales, como la creación de la cofradía de los Negros a finales del siglo XIV y la huella de los morenos en el origen del flamenco. A este respecto, uno de los nombres que designaban sus reuniones festivas fue "fandango". Se apunta, además, a la existencia de ciertos villancicos gaditanos de finales del siglo XVII que llaman "flamenco" al negro andaluz, casi dos siglos antes de que el término se utilizara para designar al arte jondo.

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