Viaje al siglo de la melancolía

  • El Cicus revisa la Sevilla de la Ilustración, entre la decadencia económica y el despertar cultural

En este siglo conviene entrar con sigilo, con pasos medidos, girar despacio en sus relojes, avisados de que se trata de un tiempo extraño, casi olvidado, una época de perfiles difusos porque parece que la Sevilla del siglo XVIII no hubiera existido nunca y que apenas es un largo bostezo entre los Siglos de Oro y la centuria decimonónica, momento en el que la ciudad encontró su salvación como paisaje pintoresco para viajeros románticos.

Ésa es la propuesta de la exposición Sevilla en el Siglo de la Ilustración que el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (Cicus) acoge hasta el próximo 23 de junio. La muestra reúne un total de 92 piezas -la mayoría pertenecientes al fondo patrimonial de la institución académica- para reivindicar un tiempo aún ignorado. "El XVIII es, sin duda, el siglo de la melancolía", expone Luis Méndez, director general de Cultura y Patrimonio de la Hispalense.

"Es una época apenas conocida, pero de enorme trascendencia para la ciudad", destaca el comisario José Beltrán Flores, también director de la editorial de la Universidad de Sevilla. "Sólo hay que recordar la creación de las academias, los importantes avances científicos ligados a la actividad marítima y la relevancia de la arqueología, con el rescate de Itálica y la labor de Francisco de Bruna con su museo del Alcázar. Sin olvidar, claro, la reforma urbanística que impulsa Olavide", añade.

Es, precisamente, esta renovada ciudad dividida en cuarteles, barrios y manzanas la que da la bienvenida al visitante a través de una primera sección titulada Metrópoli de Andalucía, siguiendo la definición de Fermín Arana de Varflora (1766). En este sentido, en el famoso plano del asistente Olavide que abre la muestra es posible descubrir, ya en 1771, la construcción del edificio de la Fábrica de Tabacos, el cerco de la muralla almohade -aún completa- y la vinculación de la urbe con el Guadalquivir.

También esa relación con el río destaca en la anónima Vista de Sevilla (1726), cedida por el Ayuntamiento. En el lienzo se observa cómo, tras la pérdida del monopolio comercial con América en beneficio de Cádiz en 1717, la visión del Arenal es desoladora, casi fantasmal, con unas pocas personas por las riberas. El mismo Guadalquivir parece una charca con cuatro barcazas. Una de ellas parte hacia el mar, quizá para no volver. "El revés económico fue durísimo", afirma el comisario.

A los espacios urbanos de la Sevilla del XVIII se abren a modo de ventanas los grabados de Pedro Tortolero, sin duda uno de los grandes atractivos de la exposición. A través de las láminas de este destacado discípulo del pintor Domingo Martínez, el visitante puede asomarse a la Escuela de Mareantes de San Telmo, el Hospital de la Sangre, la Lonja de Comercio, la Catedral, y las Casas del Cabildo de Sevilla, por donde atraviesa, acompañada por poco público, la procesión del Corpus.

También da testimonio Tortolero del traslado el 14 de mayo de 1729 de los restos de San Fernando ("La función más regia que ha habido en el mundo") o de la entrada en la ciudad, apenas tres meses antes, de Felipe V, quien inauguró la monarquía borbónica en España. El rey, que establecería su corte en Sevilla desde 1729 a 1733, el denominado Lustro Real, llegó con una impedimenta de 85 coches, 88 carros y galeras, 350 calesas, tres berlinas, 750 caballos y 3.121 acémilas, además de 636 ministros, cortesanos y criados.

"En el siglo XVIII, Sevilla era plenamente monárquica y seguidora de los Borbones, así como, a pesar de su pujanza comercial, era una ciudad aristocrática, donde la nobleza en sus diferentes grados copaba los puestos de gobierno municipal", señala Beltrán Flores, quien ha ilustrado los problemas de gestión existentes en la ciudad a través de un pleito por insalubridad ante la falta de recogida de basuras. "La ineficacia administrativa y la corrupción también caracterizaron aquella época", afirma el comisario de Sevilla en el Siglo de la Ilustración.

La segunda sección, Nuevo gusto de la Ilustración, revisa el mundo cultural, artístico y científico de la centuria. Lo hace a través de las academias de Medicina (la más antigua de España, creada en 1700) y de Buenas Letras (1751) y la escuela de Tres Nobles Artes (1759), donde se formaban los artistas en el nuevo canon artístico copiando las esculturas romanas a partir de vaciados en yeso o estampas. Por un breve periodo de tiempo, las fantasías barrocas darán paso al fugaz reinado del neoclasicismo.

Asimismo, la exposición se detiene en figuras de enorme relevancia, como el científico Antonio de Ulloa, que participó en una misión para medir el arco de un meridiano en Perú; el historiador Antonio Ponz, del que se expone una primera edición de uno de los tomos de su Viaje a España, y Francisco de Bruna, oidor mayor de la Chancillería de Sevilla y alcaide del Alcázar. Llamado el Señor del Gran Poder, reunió en el Palacio Gótico una importante colección arqueológica, semilla del actual Museo.

En este paseo de espectros también destaca Pablo de Olavide, quien terminará incomprendido por la Sevilla reaccionaria que no entendió los cambios que emprendió en la Universidad, el ordenamiento urbano, el reglamento de las cofradías y devociones populares, que por esto fue llamado asistente impío. Tanto fue así que sufrió el proceso de la Inquisición y, en el famoso autillo de Olavide que se exhibe en una de las vitrinas, se le declara "hereje, infame y miembro podrido de la religión".

Porque la tragedia de esta Sevilla dieciochesca será que se convertirá en escenario de un capítulo que se repetirá a partir de entonces como una constante en la historia: el conflicto entre dos visiones, la conservadora y la reformista. La ciudad será uno de los campos de batalla entre los defensores de un mundo estático e inmóvil y los que fueron conscientes de la necesidad de reformas.

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