Crítica de Teatro Musical

Un espectáculo redondo

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Lo primero que hay que hacer si uno o una quiere disfrutar de esta estupenda y esmerada producción es dejar fuera del teatro la referencia, quizás inevitable, de la película dirigida por Bob Fosse e interpretada por Liza Minnelli. Si lo consigue entrará en un exquisito trabajo dirigido por el maestro Azpilicueta, hacedor, cuando España era un páramo para los musicales, de que ahora la Gran Vía de Madrid se haya convertido en un espejo del Londres al que viajábamos para ver Cats.

Este Cabaret parte del original que se estrenó en 1966 y que tenía como referencia la novela, cuasi biográfica, de Cristopher Isherwood. Cincuenta años después los personajes que habitaban una ensoñada Berlín vuelven a tomar vida sorprendiéndonos por lo maduro de sus planteamientos y su visión sobre la mujer, el aborto, las relaciones sexuales o el advenimiento de una política totalitaria que acabó llevando al mundo a su segunda guerra y que, inevitablemente, a siete días de que Donald Trump jure su cargo como presidente de los Estados Unidos, nos podríamos preguntar si no estamos más cerca de lo que creemos de una involución política.

Pero Cabaret es, sobre todo, una de las mejores comedias musicales de todos los tiempos. La música de John Kander, las letras de Fred Ebb y las traducciones, maravillosas, al español hacen de esta puesta en escena un disfrute continuo a pesar de que la sabia dirección de Azpilicueta nos va adentrando en el mundo nazi separándonos, poco a poco,de la vida bohemia que llevan la cantante y libertina Sally (Cristina Castaño) y el escritor, como mínimo bisexual, Cliff (Alejandro Tous).

He tenido la sensación de estar ante una de las mejores producciones de los últimos tiempos, un sello de SOMProduce que también lo demostró con su versión de Priscilla. La orquesta dirigida por Raúl Patiño sonó perfecta en el Teatro Lope de Vega, la escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda y su agilidad para cambiar las escenas raya la magia del cine. La iluminación de Juanjo Llorens consigue momentos espectaculares como el final de la canción Cabaret y el vestuario de Antonio Belart recrea un cabaret soñado.

La obra, al contrario de la película de la que tenemos que olvidarnos, reparte el protagonismo entre todos sus intérpretes. Indudablemente Armando Pita recrea un perfecto maestro de ceremonia más correcto de lo acostumbrado y con unas portentosas dotes para la canción. Cristina Castaño posee la fuerza de una estrella pero tiene todavía que sacarla fuera. Saizar, Del Portal y Díaz conforman un inmejorable plantel en igualdad de condiciones.

Agradezco, sobremanera, el final, durísimo, con el que Jaime Azpilicueta cierra su Cabaret.

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