¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
VIEJA y rica Europa, henchida de orgullo, cosidos tus jirones por la historia. Historia de guerras, luchas, ilusiones, paces, mitos y utopías. Una Europa multicultural, pero sin identidad única. Una Europa tan dispar como diversa, pero también distante y diferente entre sí y los suyos. La Europa que una vez tuvo sueños, utopías, y hoy sin embargo es capaz de levantar de nuevo vallas y muros. La Europa que no hace mucho fue reconstruida con la mano y de la mano y sudor de millones de inmigrantes, tras la devastación, tras la guerra, tras el odio y la sangre derramada. Demasiada sangre en el siglo XX, de comienzo a fin, desde la Rusia zarista a los Balcanes. En medio dos terribles guerras, más civiles y étnicas. Las que forjaron sin duda la mentalidad presente. La nuestra y la de nuestros directos antepasados. Las que crearon un espacio de libertades y oportunidades como nunca se había siquiera soñado y nadie trazado en su imaginación y tinta. Esa Europa que hoy sigue encallada en su maniqueísmo y egoísmo insolidario. Esa Europa que es un remedo de lo que fue tan sólo veinte años atrás. Convulsa y estancada a un mismo tiempo.
Esa Europa y ese constructo del que hoy algunos pretender dinamitar más por orgullo propio y personal que por convicción. La Europa distante de sus ciudadanos y a la que el papa Francisco evoca retórica y metafóricamente con un interrogante envolvente, sugerente, pero a la vez evidente, "¿Qué te ha pasado?", qué fue de aquella otra Europa. La Europa que hoy es incapaz de ser, ya no de soñar, de compartir, de solidarizarse. Es en cambio un no ser en una huida hacia delante insolidaria y egoísta. Una Europa perdida, sin rumbo, sin liderazgo, autómata pero también autista. Indiferente. Sin identidad.
Parafraseando a King, evocó una realidad, o tal vez un deseo: "Sueño con una Europa en la que ser inmigrante no sea un crimen. Sueño con una Europa en la que los jóvenes puedan tener empleos dignos bien remunerados. Sueño con una Europa en la que no se dirá que su compromiso con los derechos humanos fue la última utopía". Una Europa que se empeña en ser trinchera. En ser reducto poco efectivo de una tecnocracia y burocracia automática y escasa alma. Donde prima el cortoplacismo y el interés de grupos, pero no el de todos. También de unos países por encima de otros. Una Europa a la que la crisis ha transformado en su entidad y ontología. Donde lo económico desbasta, excluye, prioriza y sojuzga. No pudo Francisco ser más elocuente cuando afirmó: "Frente a la tentación de replegarse, Europa tiene que recuperar su identidad. Y su identidad es esencialmente dinámica y multicultural… Frente a la tentación de uniformizar, Europa debe integrar a culturas diversas y evitar así lo que sería una cruel exclusión. (…) El problema no es la tensión política, el peligro es uniformizar el pensamiento; Europa se ha ido atrincherando en lugar de promover sus valores humanistas. Hace falta coraje para renovar el proyecto europeo".
Una Europa que no sólo ha perdido parte de su alma, sino también empeñada en ofrecernos una economía líquida, especulativa, corrupta. Una economía de intereses, pero distante, y donde lo social queda completamente subordinado. Que no quiso ver los riesgos, ser averso a los mismos, analizarlos. Que construyó un castillo sobre una arena humedecida de la especulación, la corrupción, el cortoplacismo. Que prefirió ser amnésica voluntariamente y supeditó lo de muchos a unos pocos. El constructo erró. Qué Europa queremos y hacia dónde y con quién queremos ir?, ¿qué Europa soñamos? Tal vez se ha ido demasiado deprisa, distante de una ciudadanía que siente lejano el horizonte de un sueño. Distintas velocidades, distintos intereses, distintos liderazgos no siempre en clave holística, sino soberana, particular. Las crisis no son malas per se; al contrario, ayudan a avanzar desde la reflexión, el sosiego y el sentido común, mas, eso sí, siempre que se tenga claro hacia dónde se quiere ir.
La construcción europea ha avanzado a impulsos, unos impulsos jalonados de desencuentros, de tiempos de crisis, si bien no tan lacerante ni persistente como la actual. La Europa de las élites se halla distante en este momento de la Europa real, atrapada en inextricables problemas de decisión, valentía, liderazgo y una visión clara de cómo salir de esta crisis económica, social, política y de valores. Aunque estos son, como en todo, los paganos que importan más bien poco. Incapaz de cerrar la brecha abierta entre Norte y Sur y la respuesta a la crisis económica y financiera sobre todo de los países periféricos del Sur. Desilusión y desafección. Desencanto y distanciamiento. Los vehementes entusiasmos hacia la Unión hace tiempo que no se prodigan, tampoco los liderazgos.
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