Muere en Boston el hispanista sevillano Márquez Villanueva

  • En 1959 se fue a Estados Unidos por el oscurantismo de la Universidad y mantuvo los vínculos con el San Francisco de Paula

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En el exilio. Como los 300.000 moriscos expulsados por Felipe III a cuya diáspora dedicó tantas horas de estudio; como Ricote, el amigo del alma de Sancho Panza que ama a España "y esa misma España lo destierra". En Boston, a los 82 años de edad, ha fallecido el hispanista Francisco Márquez Villanueva (Sevilla, 1931). Hijo único de una familia humilde que vivió los avatares de la guerra civil; Hijo Predilecto de Andalucía en 2004.

Las universidades de Harvard y Montreal de las que fue docente lo propusieron en 2009 para el premio Príncipe de Asturias de Humanidades. El galardón que le negó el jurado lo contrarresta el mérito intelectual de los proponentes. En un año 2009, cuando Márquez Villanueva ya se acercaba a los 80, en que se prodigó sobremanera. Fue ponente en Granada del congreso internacional Los moriscos: historia de una minoría en el cuarto centenario de su expulsión; inauguró el Congreso Mundial del Bachillerato Internacional organizado por el colegio San Francisco de Paula, del que fue alumno desde los 14 años; y disertó sobre la comedia de Lope de Vega El Arenal de Sevilla en el simposio internacional de la Fundación Focus sobre Visiones de la Sevilla de Velázquez.

Muy vinculado siempre con el colegio San Francisco de Paula, fue la intolerancia que vivió en la Universidad la que le llevó a elegir el exilio. "No me fui, me tuve que ir", diría en otro de sus regresos a Sevilla, en septiembre de 2011, cuando el Alcázar acogió la exposición El esplendor de la letra con fondos de la biblioteca del colegio San Francisco de Paula que lleva su nombre y a la que donó 27 cajas de libros.

"Enseñar como uno, saber como diez". Fue el axioma académico que Márquez Villanueva aprendió en el colegio de los hermanos Rey Romero. Centro que siempre ha reconocido la relevancia de tan distinguido alumnos, a quien así se lo reconoció en un emotivo acto junto al bioquímico Manuel Losada Villasante y el arqueólogo José María Luzón.

Discípulo de Américo Castro y de Marcel Bataillon, investigador incansable, fue una de las máximas autoridades mundiales en la obra de Cervantes, autor que le llevó precisamente a sumergirse en el apasionante mundo de los moriscos y abrir una brecha en aquel nacionalcatolicismo con afirmaciones como ésta: "Presentar la expulsión de los moriscos como defensa del cristianismo es una falacia".

A sus 80 años, debía regresar pronto de Sevilla a Estados Unidos porque estaba dirigiendo un doctorado sobre las novelas ejemplares de Cervantes en la Universidad de Brown, en la ciudad de Providence. A sus múltiples publicaciones hay que añadir su obra Moros, moriscos y turcos de Cervantes, que publicó en 2009 una editorial de Barcelona.

Ha muerto en Boston. La misma ciudad en la que en 1951 muere Pedro Salinas, el poeta de la generación del 27 que fue catedrático en Sevilla; la ciudad por la que pasa Luis Cernuda en el tránsito entre sus etapas en Estados Unidos y en México; la ciudad en cuyo Wellesley College enseñó Jorge Guillén. Poetas de un grupo muy vinculado a la ciudad natal de Márquez Villanueva, que como ellos también tuvo que exiliarse. Por los mismos motivos: "El entonces rector", diría de su pasó por la Universidad de Sevilla, "amenazó con represaliar a mi catedrático, López Estrada, si yo conseguía la plaza de titular". Y por otros motivos: "Ni en el franquismo ni en la democracia he logrado ser profesor titular en mi país".

Se casó en la Macarena con una choquera. Toda su familia, tres hijos, cinco nietos, vive en Estados Unidos. "Viven allí y no tienen la menor gana de venir", dijo en una visita a Sevilla. Amó a su ciudad como la amaron los sevillanos que antes que él la dejaron -Blanco White, Bécquer, Machado, Cernuda- y cuando volvió lo hizo más atraído por el colegio que nunca lo repudió que por la Universidad que prefirió soltar el lastre de su voz genuina pero incómoda. La muerte lejos de casa, Colliure sublimado de un Ocnos cervantino, es la triste metáfora de la tierra perdida. El des-tierro.

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