UNA tarde, a principios de los ochenta, mis padres iban a cenar con Paco Márquez Villanueva y María Teresa, recién llegados de Harvard. ¿Quería ir con ellos? Lejano destello entre brumosa memoria adolescente, breve reflexión, aceptación curiosa… y revelación.

Verbo feraz, sonoro y expresivo. Horas y horas, durante treinta años, gozadas con su sabiduría. Poco a poco se configura la gigantesca figura de ese pequeño hombre, de acero templado al fuego bajo su arquetípica imagen de genio distraído. Un verdadero amigo sabio.

Expectación ante cada venida de ellos y, más adelante, ilusión ante cada visita allá. Acogían en su casa a todo sevillano y español que quería verlos. Y volvíamos maravillados. Visitar Harvard de su mano era una experiencia inolvidable. "Aquí puedes ver la diferencia entre un siglo XIX bien aprovechado y uno desaprovechado, como nos pasó en España". En el corazón de la biblioteca de Widener estaba su despacho, vitalicio, rodeado de tres de los ¡quince! millones de volúmenes. "La biblioteca es la única partida de Harvard que no tiene presupuesto: se gasta lo que se necesita y luego se suma. En cambio, con Franco remodelaron la Fábrica de Tabacos para Universidad en Sevilla y se gastaron el dinero en escaleras de pórfido -¡para qué sirve eso…!"

Tan sorprendente como la vastedad de sus investigaciones era la profundidad de sus estudios. De su admiradísimo rey Sabio a Gabriel Miró, pasando por la mística (con sorpresa de obispos por su dominio teológico) y la picaresca, Cervantes y Galdós. Ejemplar en el cuidado del detalle, en la referencia exhaustiva a sus fuentes, pues sólo la fundamentación en los hechos da valor y solidez, y no el vocerío o la imposición de opiniones, dan igual el origen o la hipotética inspiración que éstas tengan. "Usted empieza como un erudito y acaba como un intelectual", le alabaron.

Se apenaba de que la línea marcada por Alfonso X se quebrara. "España era entonces el foco intelectual de Europa; aquí venían de todas partes a aprender". Destacaba el desarrollo de la lengua castellana, frente al latín, como innovación radical de la época. "Las Siete Partidas son un monumento del derecho universal; habrían influido a Europa entera - pero fuera no las sabían leer". Y frente a la cerril intransigencia posterior, que ahora llamamos fundamentalismo, ponía como modelo la colaboración de los sabios de todo origen o creencia.

No podía tolerar la injusticia y se esmeraba en separar el grano de la paja. Admiraba a las inmensas figuras del Siglo de Oro ("Yo a Santa Teresa la quiero mucho; y San Juan de Ávila es uno de los más grandes"), cuánto se dolía de las expulsiones de judíos y moriscos violando promesas e incluso la más elemental doctrina en la que se pretendían apoyar. "Lo terrible de la Inquisición no fue el número relativamente pequeño de personas ajusticiadas, sino el clima generalizado de temor y el anquilosamiento que provocó." Leído es demoledor, escuchado era estremecedoramente apasionante.

Por eso mismo sus clases y conferencias cautivaban. Maestro eximio ("Para enseñar como uno hay que saber como diez") e investigador incansable ("mis clases son el resultado de mi trabajo de investigación, explico lo que voy encontrando"). Trabajador denodado, que de su enfermedad sólo se quejaba porque "me ha dejado sin energía, no puedo ni siquiera concentrarme para leer"; "por primera vez en mi vida no estoy haciendo nada". Y defensor a ultranza de las humanidades: "No puede permitirse que decaigan, hay que revitalizarlas o el ser humano estará perdido".

Paco hubo de abandonar Sevilla, y España, por su honestidad. "Me señalaban y decían 'ése es un castrista', porque me consideraban discípulo de Américo Castro". Quizá del sufrimiento derivaba el consejo pronto y atinado, de sabio amigo. Pasó el resto de su vida poniendo en valor a España por todo el mundo, la España ejemplar y no dogmática, la España abierta, plural, de convivencia y respeto, y por ello literalmente magnánima y rica; sus inmensas luces, con sus tenebrosas sombras, que por estas resaltan aún más aquellas; y permiten comprenderlas, y explicarlas. Ayuntamiento de Sevilla, Junta de Andalucía, Gobierno de España y, justo al final de sus días, Universidad de Alcalá de Henares ("la de Cervantes", decía con íntima satisfacción) se honraron honrándole: porque reconocían que el último exiliado, como alguien le llamara, había siempre devuelto a su querida patria el bien, a cambio de la cruel (¿o ciegamente necia?) expulsión que aquella le infligió…

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios