jaime García Bernal

Francisco Márquez Villanueva y la España de los conversos

UN joven profesor recién llegado a Estados Unidos publicaba en 1960 (en los Anejos del Boletín de la Real Academia Española) un estudio sobre el escritor converso Juan Álvarez Gato. El interés por el personaje había nacido ocho años antes en Sevilla, en el curso universitario 1952-53 durante un paseo "en una encalmada tarde de junio" con el filólogo italiano Mario Ruffini. Habían congeniado el joven Márquez Villanueva y el profesor visitante al punto de inclinar al muchacho a explorar tan desconocida figura. El resultado fue una tesis doctoral que recibió la máxima calificación de un tribunal de fuste que formaban don José Hernández Díaz, don Francisco López Estrada, don Juan de Mata Carriazo, don Emilio Orozco Díaz y don Antonio Gallego Morell.

Álvarez Gato como otros escritores del medio cultural hebraico era un absoluto desconocido en la España de aquel momento. Cabe decir que la cerrazón del régimen franquista no hacía sino prolongar una tradición de antisemitismo de honda raíz en nuestro país que había acallado, primero con la represión y luego con el silencio, cualquier testimonio que vinculase la cultura hispánica con la perfidia judaica. Pareciera no haberse agotado nunca el argumento de los belicosos predicadores que desde el siglo XIV condenaban la ceguera del pueblo deicida, fuente de una secular "pedagogía del desprecio" en la afortunada expresión de Joseph Pérez. Pero regresemos al poeta Gato. Desfilaban en el puntero trabajo el secretario de Isabel la Católica, Fernán Álvarez de Toledo, su médico Fernán Álvarez de la Reina, don Pedro Díaz de Toledo que servía en la corte de los Mendoza y todos ellos en el entorno del jerónimo Fray Hernando de Talavera, confesor de Isabel y Arzobispo de Granada. Se trazaba así, por primera vez, el perímetro del mundo converso: los españoles sefardíes forzados al bautismo tras las persecuciones de 1391 y 1415.

Las cartas y sonetos del escritor marrano dibujaban por añadidura un cierto tipo de sensibilidad muy cercana a la mística, a la idea del alumbramiento divino y de la caridad entendida como virtud máxima y eje cardinal del pensamiento cristiano (no es casual que Márquez cite la epístola paulina, Romanos 2, 10-11 al principio del libro). Años después en El problema de los conversos: cuatro puntos cardinales, publicado originalmente en 1965 (y recientemente editado por Bellaterra) regresará sobre la sociología de este grupo interpretando el fenómeno de la limpieza de sangre como un concepto más cultural y religioso que racial, un problema de repudia del hidalgo pobre frente al converso potentado como fueron los linajes burgaleses de los Santa María, los Maluenda o los Cartagena que había estudiado con anterioridad, en un ensayo de 1957 aún muy citado: ideas retomadas, por cierto, en el reciente artículo Sobre el concepto de judaizante (2000).

El itinerario converso de Márquez Villanueva fue un camino con pocas compañías en las décadas de 1950 y 1960. Inspirado inicialmente por los planteamientos de Américo Castro que en 1948 había ponderado la singularidad de la matriz cultural española durante el reinado de Alfonso X, pronto lo superó, honrando su figura en sus estudios sobre literatura hispanojudía y más tarde en su imprescindible El concepto cultural alfonsí (1994). También contribuyó con su obra a despertar el interés por otro gran hispanista, el maestro Marcel Bataillon quien demostró el papel de la herencia judeoconversa en la eclosión de la novelística española del Renacimiento. Pero a Bataillon había que leerlo en México como a don Américo. En los años 70 y 80 le asistió en su particular singladura don Antonio Domínguez Ortiz a quien prologó su trabajo La clase social de los conversos (texto recuperado de nuevo por Bellaterra en Hablando de conversos con don Antonio).

No tuve el gusto de conocer personalmente al profesor Márquez Villanueva. Como historiador y también como lector admiro su insobornable rigor, su altura conceptual y su elevado grado de auto-exigencia como demuestran los estudios aquí citados, pues casi todos conocieron revisiones donde el catedrático consagrado incorporaba con una humildad natural los hallazgos de los investigadores más jóvenes.

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