Adolfo Suárez

La cuarta muerte de Suárez

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LA gestación política de Suárez, que fue larga y variopinta (dirigente de Acción Católica, gobernador civil, director general de TVE, ministro encargado del Movimiento Nacional), culminó con su nacimiento como presidente del Gobierno de España. No bien se hubo producido el feliz suceso cuando acaeció su primer óbito, cuya derechista esquela decía "¡Qué error! ¡Qué inmenso error!". También la izquierda lo dio por fenecido, con expresiones que iban de la sorna a la desolación. Todavía recuerdo el gesto de sorpresa e incomprensión con el que los camaradas dirigentes sevillanos acogieron mi tímida propuesta de que acaso convendría esperar algún tiempo antes de proceder a la exhumación definitiva. Dirigido por el Rey, aconsejado por Fernández Miranda y apoyado por los miembros del grupo Tácito y otras gentes loables, como Soledad Becerril, el difunto Suárez revivió y hasta obtuvo un certificado de Vida del propio Carrillo. En menos de cinco años nos legó un bagaje opulento: Ley para la Reforma Política, admisión de los partidos, legalización del PCE, Indulto General, Elecciones Constituyentes, Pactos de la Moncloa, Estatuto de los Trabajadores y, como cúspide, la vigente Constitución Española.

En agradecimiento a los servicios prestados, la derecha, el centro, la izquierda, los nacionalistas, los militares, la prensa y cuantos tenían algo que decir en España lo apuñalaron políticamente, provocándole una segunda muerte, cuya acta de defunción levantó el propio Rey al aceptarle sin demora la dimisión como presidente. Ya se sabe que "Castilla hace a sus hombres... y los gasta". Más he aquí que volvió a revivir: el proceso de nombramiento de su sustituto, Calvo Sotelo, fue interrumpido por Tejero pistola en mano y todos pudimos ver que sólo tres, Carrillo, Mellado y Suárez, quedaron en pie durante el fuego graneado que siguió en el hemiciclo. No le bastó con eso sino que tuvo arrestos para conminar al golpista a deponer su intentona. No cupo duda: Suárez seguía vivo, aunque ni recuperó la Presidencia, ni le votamos masivamente y ni siquiera lo rehabilitamos en la medida que merecía. El famoso Forges dedicó su viñeta de agradecimiento al zarandeado general Mellado (que también la merecía).

Su tercera muerte fue muy larga: más de diez de años duró la pérdida paulatina de su memoria y su identidad, proceso que ha desembocado en su reciente fallecimiento físico. Es muy posible que, para un personaje honesto y firme creyente como él, esa haya sido la muerte más liviana. Según su hijo, sonrió bastante en sus últimos días corporales... En cualquier caso, a medida que Suárez perdía su memoria los españoles la recuperaban y ante sus restos mortales los antiguos agravios se han trocado en unánimes y justos elogios. Podemos decir, con Manrique, que nos ha dejado el consuelo de su memoria.

Pero falta aún la cuarta muerte, cuyos síntomas ya se pueden detectar: si Suárez se ha apagado corporalmente, los frutos de esa Transición a la que tanto contribuyó están empezando a apagarse con él. Ya no vale la amnistía: hay que juzgar a los franquistas amnistiados; ya no vale la bandera roja y gualda: sólo vale la de la región pertinente o la republicana; ya no vale el ejemplo de los Pactos de la Moncloa: hay que dejar de pagar la deuda externa; ya no vale cambiar de Gobierno mediante las urnas: hay que forzar un Maidán a la española; ya no vale la presunción de inocencia: ahora cualquier imputado, o incluso simplemente mencionado, es culpable ante la opinión publicada; ya no vale la soberanía del pueblo español ni la integridad territorial de España: hay que volver al derecho a la autodeterminación que, al escribir la Constitución, el comunista Solé Tura, el socialista Peces Barba y el catalanista Roca Junyent rechazaron expresamente frente a las separatistas propuestas del PNV, Euzkadiko Ezquera y ERC. Albergo, no obstante, la esperanza de que el espíritu de Suárez reviva por cuarta vez y guíe a nuestros dirigentes, en especial populares y socialistas, por la senda del diálogo social, la concordia nacional y, también, el europeísmo. Bienvenidos sean a esa senda los de cualquier otra opción política que no me haya atrevido a mencionar.

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