Guadalete, el río sin gobierno

Las riadas cíclicas en Jerez son causa de un cauce sucio y sobreexplotado · Los afectados demandan un dragado del río mientras los embalses expulsan 50 metros cúbicos al segundo

Bornos desembalsando el pasado jueves por sus tres compuertas.
Bornos desembalsando el pasado jueves por sus tres compuertas.
Pedro Ingelmo

17 de enero 2010 - 05:04

El ingeniero del embalse de Bornos tiene junto a sus pies 195 hectómetros cúbicos. El agua lame el puente de mando. El mismo día, hace un año, el agua no estaba bajo sus pies, el agua estaba muy abajo. Eran 90 hectómetros cúbicos y se podía observar un paisaje arbolado y miniplayas naturales que ahora se ha tragado el agua. Y esa gigantesca diferencia ha llegado en menos de un mes de lluvias, las que han inundado toda la vega del Guadalete, el río que cíclicamente se rebela contra su cauce, sale de él y convierte en barro lo que toca. Lo ha vuelto a hacer este año reprochando que en tres décadas la suciedad y la explotación de su lecho le han arrebatado un 70% de profundidad. El Guadalete es un río que discurrre por su filo. Cuando llueve, se desgobierna. Entonces todo el valle se acuerda del río llamado del olvido.

Desde hace días las compuertas de Bornos expulsan al río 50 metros cúbicos por segundo, pero desde Grazalema llegan 300. "Sacamos el agua poco a poco para no fastidiar a los de abajo, pero el embalse está lleno, nos llega más de lo que expulsamos...". Los de abajo miran hacia arriba. Ellos creen que el río se lo traga todo hasta que Bornos abre compuertas. Lo que quizá no sepan los de abajo es que, de no existir Bornos, el río hubiera lanzado sobre su vega mil metros cúbicos. Hubiera sido un desastre bíblico.

El río tiene un segundo parapeto tres kilómetros más abajo, en la presa de Arcos, antes de lanzarse sobre un rosario de poblados creados por el Instituto Nacional de Colonización durante el franquismo. Allí, el río es la vida y el río es la ruina.

Buena parte de las causas de las riadas se pueden contemplar desde un destartalado y fantasmal puente metálico existente en la Junta de los Ríos. Un reciente tornado tronchó el eucaliptal de la ribera y los troncos son un osario que descansa sobre el río y sobre el que el río salta. Un trío de espectadores asiste al descenso del Guadalete desde los bordes del puente y valora que "es ramaje sobre ramaje. Esta zona es una escombrera. Al río no le vendría mal un limpiadito".

Ya en el término de Jerez, muy cerca de La Barca de la Florida, el mayor pueblo de colonización de la zona, hallaremos la segunda causa de las crecidas. Un marpardo inunda lo que eran campos de cereales. Por esta zona el río se ha desparramado. Junto a la carretera, una valla avisa del paso hacia una cantera abandonada. La red de carreteras de esta zona rural soporta un tráfico endiablado de camiones pesados que transportan la grava que se extrae del fondo del río. El lecho del Guadalete, desprotegido de su coraza de piedra, es un lodazal.

Juan Antonio es un barqueño de 40 años que luce jersey caqui militar. Pasó la Nochebuena sacando a sus perros por el tejado y salvando las gallinas que pudo. "Mi vecino -cuenta señalando un corral vacío- no tuvo tanta suerte. Se le ahogaron todas". Estamos ante un puente que no se ve. Dice que está ahí en frente, dos metros por debajo del agua. Calcula que en estos días el río a su paso por La Barca ha podido crecer unos cuatro metros. Sus recuerdos de infancia están doscientos metros más allá, "donde había una playita de chinos que llamábamos de Bucharaque. Nos bañábamos y yo recuerdo el agua muy clara". La pesca también ha desaparecido. Había anguilas y truchas. "Ahora sólo quedan barbos, que los podrás coger en los aliviaderos de las alcantarillas porque es un pez que se alimenta de la mierda".

La laguna final del Guadalete está en la zona de La Ina. Aquí es donde el río tiene a los lados zonas habitadas en su dominios inundables. Las Pachecas, La Greduela o Los Cejos del Inglés son los núcleos de población que se levantaron, bien como estrategia de la colonización o simple y llanamente de manera ilegal, en sitios imposibles, por debajo de la cota del río. José Manuel Ortiz está en Los Cejos con los muebles en remojo. Es un resistente. La mayoría de las casas diseminadas en esta extensión de arenas movedizas junto al arranque de la autovía al Campo de Gibraltar están abandonadas o son de recreo. Los colonos las abandonaron, vinieron otros y también las abandonaron y vino una tercera generación y con la riada del 96 también se fue. José Manuel, no. "Cambié esta casa a mi cuñado por un piso en Jerez. Es duro cuando el río sube, pero no volvería a Jerez por nada del mundo. Prefiero el campo".

La casa más próxima a la nueva orilla se encuentra en la barriada de La Corta, muy cerca de El Portal, junto a la venta de Las Angulas, que mantiene el nombre pese a que hace décadas que en el Guadalete no hay angulas. Decir que lo que tiene el joven matrimonio que fuma un cigarro sobre una moto destartalada es una casa es mucho decir. "Yo lo que quiero es una vivienda -dice él, de 25 años, con dos niños y sin trabajo-. Vivimos aquí porque mi suegro nos dejó esto, que era una peña". Esto es un habitáculo inflado por la humedad con una puerta de chapa. Junto al río, una alambrada que hace de patio muestra juguetes embarrados, un colchón inservible y una vieja barca rota. El Ayuntamiento le ha prometido otra vivienda "porque -admite- vivir junto a este río es imposible".

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