Relevo en la Junta

El final del PSOE andaluz comenzó con la sucesión de Chaves

  • La pérdida del Gobierno después de 37 años es también la historia de un relevo fracasado

Manuel Chaves y José Antonio Griñán, en la última sesión del juicio de los ERE. Manuel Chaves y José Antonio Griñán, en la última sesión del juicio de los ERE.

Manuel Chaves y José Antonio Griñán, en la última sesión del juicio de los ERE. / Raúl Caro / EFE

La pérdida del Gobierno andaluz por parte del PSOE es también la historia de un relevo fracasado. Mal hecho, por voluntad propia y por la fuerza de otros.

El temor a un gran cambio fue lo que provocó que Manuel Chaves dejase a José Antonio Griñán como sucesor, un relevo entre amigos de hornada, sin ruptura generacional que no fue, pese a lo buscado, tranquilo. Todo lo contrario. Sin cuadros sin una edad intermedia, atrapados todos por la instrucción de la juez Mercedes Alaya a causa de los ERE, Griñán optó una renovación dura: Susana Díaz. Desde entonces, desde esas últimas elecciones de Chaves en 2008, el PSOE andaluz se ha dejado, de modo progresivo, el 60% de los votos y 23 escaños.

Manuel Chaves ganó las elecciones de 2008 con 2,1 millones de votos y 56 escaños, pero desde su toma de posesión quedó claro que se iba a marchar. La presencia en esa sesión de sus nietos dejaba claro que el abuelo estaba pensando en un retiro de la primera fila. Chaves tuvo varios delfines, pero todos ellos o fracasaron o les hicieron fracasar. Mar Moreno fue la más conocida, pero lo que la vieja guardia entendió como prisas y esos renovadores, como obstáculo, provocaron una caída antes del ascenso. Lo mismo puede decirse de Francisco Vallejo.

Desde las últimas elecciones de Chaves, el PSOE ha perdido el 60% de sus votos y 23 escaños

La guardia pretoriana de Chaves prefería una sucesión controlada, un nuevo presidente con una ambición contenida, un hombre de transición. Culto, buen orador y con experiencia, Griñán fue el elegido, pero la marea del PP era imparable. La crisis y los últimos meses de Zapatero fueron una losa tan grande que Griñán sólo pudor sortear haciendo separar las elecciones autonómicas de las generales. Griñán perdió frente a Javier Arenas, pero logró gobernar con la fuerza de IU. De 56 escaños pasó a 47, el peor resultado socialista.

Griñán se enemistó con la vieja guardia de Manuel Chaves, y abrió en canal al PSOE andaluz. Todos los antiguos partidarios de Chaves y aquellos que apoyaron a Alfredo Pérez Rubalcaba frente a Carme Chacón fueron desalojados de la primera fila. Griñán dejó al partido en manos de tres jóvenes socialistas que venían de la escuela de Juventudes Socialistas: Rafael Velasco, Mario Jiménez y Susana Díaz.

El Gobierno de Griñán optó por no hacer frente a la instrucción judicial de Mercedes Alaya, con una estrategia que tuvo como máxima el caiga quien caiga. Pero cayeron todos, incluidos esos cuadros intermedios del PSOE que podían haber estado en el relevo: Mar Moreno, Antonio Ávila, Martínez Aguayo, Martín Soler, Francisco Vallejo. Con imputaciones formales o sugeridas, archivadas después o no, Alaya laminó a toda la generación.

Sólo así se explica la ascensión de Susana Diaz. A Griñán ya sólo le quedaron dos opciones: ella o Mario Jiménez. A diferencia de Griñán, Susana Díaz conocía al PSOE. Sus primeros meses fueron de un apaciguamiento aplaudido. La presidenta se fue construyendo una imagen de ganadora, y tan bien iba que adelantó unas elecciones para desprenderse de IU. En 2015, en sus primeras elecciones, Díaz empeoró el resultado en votos de Griñán. Se quedó con los mismos 47 escaños, pero no hubo autocrítica alguna.

Ni reflexión. El PSOE andaluz no se miró bien las tripas ni después del fracaso de Susana Díaz en las elecciones primarias frente a Pedro Sánchez. Todo lo contrario. Si algo diferenciaba a Díaz de Sánchez es que ella era imbatible. Pero no era así: desde las últimas elecciones de Chaves, el PSOE no hizo más que perder votos.

Y perder. Hasta llegar al 2 de diciembre de 2018, con sólo un millón de votos y 33 escaños. El PSOE pierde el Gobierno después de 37 años ininterrumpidos de poder, frente a una alianza parlamentaria de tres partidos que van desde el centro a la extrema derecha. 

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