Diez negritas

¿Quién me ha robado el mes de abril?

¿Quién nos va a robar el mes de abril? ¿Quién nos va a robar el mes de abril?

¿Quién nos va a robar el mes de abril?

Pues claro que hay desazón en quienes ya estrenaban la primavera. Las calles de la Bética huelen a azahar, y cuesta presentir la amenaza del virus detrás de ese aire perfumado. Es una paradoja apesadumbrante: late a la vez el renacimiento de la vida y la sombra de la muerte. Pero está ahí, no ya la pandemia con su magnitud de amenaza global, sino cada virus microscópico al acecho. Esta vez hay respuesta a la vieja canción de Joaquín Sabina: sabemos quién nos va a robar el mes de abril. Pero hay cosas más importantes que las fiestas de primavera. La salud pública es la prioridad, va de suyo, pero también lo que somos como sociedad, la capacidad solidaria de sacrificarse por el interés general. Eso también se va a medir en las próximas semanas.

“Los españoles quieren ver a todos los responsables políticos unidos”, dijo Pedro Sánchez, que nunca se ha destacado por la construcción de consensos. Debió empezar por ahí. Y no será fácil, cuando no logra la unidad de su propio Gobierno. Lo de ayer queda para el memorial de la antipolítica. Entretanto España ya ha empeorado la evolución de la epidemia en Italia y The New York Times sitúa aquí el nuevo epicentro. El gradualismo aplicado por Moncloa, con el estado de alarma declarado en diferido, ha sido mala estrategia. Ya el 8-M o la última jornada de Liga, de haber aplicado los criterios de la agencia europea de salud pública, se debieron suspender. A Moncloa se le han anticipado las comunidades autónomas, e incluso empresarios de hostelería o comercio tomando una iniciativa en la que flaqueó el Gobierno. El caos del sábado, posponiendo las medidas económicas por el choque con Podemos, ha empeorado su crédito. El mando único queda a prueba.

La solidaridad de las autonomías, contra la tentación del oportunismo, se debilitó ayer. Desde Andalucía, Juanma Moreno había marcado la pauta fijando el principio de lealtad institucional y la unidad de acción, pero ayer puso pie en pared ante el espectáculo de Moncloa. Es necesario un liderazgo nacional. Quim Torra, el Enemigo Público nº1 cuando se trata de asuntos de Estado, había tenido gestos decorosos, pero ayer Cataluña y Euskadi sacaron el fantasma del 155. Ese será otro frente para el gabinete, donde ya no hay margen para el marketing habitual o el tacticismo. La unidad no es negociable. Juan Marín ya había dado un puñetazo en la mesa al caer el viernes, sorprendido no ya por la falta de concreción del decreto sino por el retraso insólito de la conferencia con los presidentes autonómicos a la tarde del sábado, y todavía después al domingo.

El Gobierno andaluz, tras la novatada de la listeriosis, sí se ha mostrado solvente. Se podrá cuestionar algún detalle escenográfico, pero ha sido irreprochable la intervención del presidente del sábado como también el jueves, con Canal Sur dando empaque con una programación de servicio público –punto para el equipo de informativos liderado por Álvaro Zancajo, y por tanto para Juande Mellado e Isabel Cabrera– premiado por la audiencia con picos del 30%. Y la ronda de portavoces en San Telmo, con la excepción de Vox, fue ejemplar. Susana Díaz regresó de su permiso de maternidad ofreciendo todo el apoyo y su experiencia de gestión. Teresa Rodríguez, anticasitodo por naturaleza, también. Los portavoces de los partidos del Gobierno no fueron más allá de reclamar razonablemente que el Gobierno actúe. La política andaluza ha dado la talla, más que en otras comunidades. Y esa ejemplaridad no es una nadería cuando hay que pedir a los ciudadanos que renuncien a su estilo de vida por deber cívico. Por más que sea el coronavirus, no los dirigentes, el que se va a llevar por delante el mes de abril, que esta vez seguramente sí será, como en el poema de Eliot, el mes más cruel.

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