PREMIO VELÁZQUEZ 2020 Soledad Sevilla o la pasión del arte

  • La artista valenciana, que comenzó trabajando formas modulares en el Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid, ha mantenido una fructífera relación creativa con Andalucía

Soledad Sevilla en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo en 2019. Soledad Sevilla en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo en 2019.

Soledad Sevilla en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo en 2019. / Juan Carlos Vázquez

Al otorgar el Premio Velázquez del presente año a Soledad Sevilla (Valencia, 1944) se está valorando, a mi juicio, no sólo la extensión y calidad de su obra, que son considerables, sino una actitud ante eso que llamamos arte: la de quien, apasionada, fértil en ideas y sensible a posibilidades muy diversas, no las abandona hasta no darles cumplimiento.

Así se advierte desde los momentos en que trabajaba formas modulares en el estreno en España del arte por computadora (Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid, 1968) hasta la reflexión sobre el velo de la pintura, que hace pocas fechas pudo verse en el Colegio de Arquitectos de Sevilla.

No puedo compendiar en pocas líneas el continuo trabajo de Soledad pero sí reseñar algunas obras que están directamente vinculadas a Andalucía. Recordar, pues, una instalación en 1982, en la galería Montenegro, Madrid. La sala, cubierto techo cubierto con ramas y hojas de árboles, se llenaba de cantos de pájaros. Soledad Sevilla sorprendió estos sones en la Plaza de San Lorenzo en Sevilla en una hora que dio titulo a la obra El poder de la tarde.

Unos años después, 1986, durante una estancia en la Fundación Rodríguez Acosta, en Granada, estudia los espacios de La Alhambra. Se ha escrito mucho sobre su análisis de la luz en esos cuadros, pero tal vez sea más completo considerarlos como un atrevido estudio del espacio-tiempo. No estoy pensando en Einstein, sino en ese instante en que te enfrentas al Cuarto Dorado y el tiempo se remansa y el espacio es el que van descubriendo poco a poco tus pasos. Cuando esto ocurre, la arquitectura deja de verse como espectáculo y se convierte en incógnita que debe resolver el propio cuerpo.

En 1990 Soledad decidió tomar Toda la torre e intervino tres espacios de la Torre de los Guzmanes en La Algaba (Sevilla). Unos finos hilos de algodón hacían conscientes del espacio en dos de las salas (una con aspecto de capilla y otra con ínfulas de Salón del Homenaje). Arriba en la terraza bajo las almenas, tendió grandes telas azules traslúcidas que iban alterando el recinto al compás del paso de las horas.

Fue una exposición efímera como también la de Vélez-Blanco, Almería. En su decadencia el antiguo castillo dejó que le arrebataran el patio de factura italiana. Los arruinados herederos de aquel casi adelantado de la zona, militar pero no ajeno al espíritu clásico, vendieron a un anticuario francés las elegantes arquerías que más tarde aparecieron en el Metropolitan Museum. Allí las vio Soledad. Fotografiadas, las proyectó sobre las ruinas del patio, Un atardecer de 1992 aparecieron sus perfiles poco a poco a medida que avanzaba el crepúsculo.

El año 2001, en el otro extremo de Andalucía, en El Rompido (Cartaya, Huelva), Soledad Sevilla tropieza en la abandonada almadraba con un muro cruzado de suelo a techo por una grieta. La humedad, las temperaturas extremas o el simple descuido habían quebrado la gran pared. La grieta dejaba ver cómo las hierbas y arbustos crecían al otro lado, y empezaban a invadir el recinto. Soledad construyó el perfil de la grieta en bronce y lo recogió sobre todo en obra gráfica.

Los secaderos de tabaco de la vega de Granada fueron otro fecundo encuentro de Soledad Sevilla en Andalucía. Tal vez su origen tenga que ver con su estancia en Granada, sus años de docencia en la Facultad de Bellas Artes (entre sus alumnos, Simón Zabell y Jesús Zurita). El cultivo del tabaco, como se sabe, surgió en Granada al decaer el de la remolacha. La vega se pobló con estas edificaciones, de aspecto precario la mayoría, construidas con tablas que dejaban de ves en cuando aberturas al exterior protegidas por arpillera (tal vez defienden de los insectos y garantizan un equilibrio de humedad y temperatura).

Soledad se queda en primera instancia con los tableros y sus vetas, y decide un atrevido cruce: llevar el color de los mantos de los apóstoles de Rubens a unos lienzos ocupados de arriba abajo por una pintura que (como hicieran Picasso y Braque) emulaba las maderas de los secaderos de tabaco. El color del gran arte llegaba así a la modesta apariencia de los tableros, enriqueciéndose con el ritmo de las vetas. Al mismo tiempo, los grandes lienzos simulaban el otro soporte de la pintura, la tabla.

Recuerdo aquella exposición en las excelentes salas del centro Damián Bayón en Santa Fe, Granada. En la misma podía verse también una instalación de la autora: Un año de memoria era una proyección digital que reconstruía los ciclos de la luna, una imagen que había perseguido Soledad, cámara en mano, en los cielos de Granada. 

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