'Juan Suárez. Una y otra vez' | Crítica Juan Suárez, en la tarde cuando el día ha terminado

  • La extensa trayectoria del autor lleva a reflexionar sobre las principales claves geométricas de su pintura

Dos obras de la década de los 70. Dos obras de la década de los 70.

Dos obras de la década de los 70.

En febrero de 2015 algunos artistas sevillanos de la generación nacida con el nuevo milenio organizaron una exposición titulada VEO/GEO cuyo punto de partida era cierto síntoma que detectaban: un espíritu geométrico recorría los estudios de los artistas de la ciudad y se instalaba en sus obras. Para los griegos antiguos, phantasma era la imagen que podemos crear con la mente, algo muy similar a la imago latina. Juan Suárez es uno de los principales responsables de la existencia y persistencia en la pintura de la ciudad de ese fantasma geométrico.

Desde su primera exposición en la legendaria galería La Pasarela en 1970, Juan Suárez, junto a José Ramón Sierra y Gerardo Delgado, protagonizó el decisivo cambio en la orientación artística de la ciudad. No eran artistas formados en la Escuela de Bellas Artes, sino de la recién creada Escuela Superior Técnica de Arquitectura, y los tres, cada uno a su manera, apostaron por la abstracción. Esa apuesta cambió la escena artística de la ciudad o por lo menos abrió definitivamente la vía de una renovación cercana a los movimientos más avanzados del momento, aunque en aquellos años finales de la década de los sesenta y primeros setenta bien poca información sobre la actualidad artística se podía conseguir en la ciudad.

Desde esos primeros momentos, la geometría preside la obra de Suárez. La presente exposición, desde las primeras cajas monocromas expuestas en La Pasarela hasta la última obra creada expresamente para la muestra, está informada por la geometría. Aparece incluso en su periodo más gestual y expresionista de los años ochenta por la que resulta de la unión de las diferentes partes que constituyen la obra. Sobre ese periodo la exposición pasa de puntillas para centrar su interés en los procesos de construcción geométrica de las obras. Ese interés indaga tanto en la especificidad del particular uso de la geometría como en la reiteración de determinados procedimientos plásticos y la vuelta a usos y materiales que ya se probaron con éxito en el pasado y que al correr del tiempo se revelan nuevamente eficaces. Esto se puede observar claramente en la sala donde se cuelgan los papeles pintados con pinturas industriales sobre papeles fosforescentes realizados entre 1969 y 1973, enfrente de los cuales se cuelga el tríptico de 2004 titulado Harlequin Dress.

Juan Suárez también reutiliza y renueva los títulos de sus obras y el de un cuadro de 1985, titulado Time after Time, ausente ahora, se usa para nombrar la exposición y la última obra creada para la misma; una obra que parte de dibujos anteriores, dando razón al título de la muestra. Esos dibujos de formas trapezoidales se llevan al espacio del recinto convertido en una monumental escultura. Colocada en una esquina de la última sala, solo podemos ver una cara de los trapecios blancos, sosteniéndose unos a otros en un equilibrio algo precario pero palpitante. La otra cara, oculta al espectador, está pintada de amarillo y solo podemos apreciar el efecto del color reflejado en las paredes de la habitación.

'Una y otra vez'. 'Una y otra vez'.

'Una y otra vez'.

Esa obra ejemplifica la razón geométrica de Juan Suárez, unas razones teñidas de emoción y deseo. La geometría es un punto de partida esencial que se transforma en intención particular y pasional. Suárez distorsiona los elementos geométricos y los ordena o recompone para ofrecer una imagen ambigua, inestable en su rotunda presencia. Una pequeña alteración en las coordenadas lógicas, un leve desvío de la norma introduce la emoción del propio artista en sus obras. Paisajes interiores que la geometría oculta y desvela. La serie sobre El paisaje de fondo del Tránsito de la Virgen de Mantegna, muy bien representada en la exposición, puede servir de guía para introducirnos en su ideario poético. Las líneas de los diques y puentes de ese pequeño paisaje de los lagos de Mantua que se abre tras la escena de la Virgen y los Apóstoles en el cuadro de Mantegna le sirven para estructurar las obras, en las que también aparece el gesto repetitivo de la mano del pintor. Pintor en el paisaje y paisaje interior del artista en la pintura.

Y es que aunque prescinda de la citas de sus fuentes, el origen de muchas de las obras de Juan Suárez tienen referentes externos: obras de arte, paisajes cercanos, determinados temas de Miles Davis o Tom Waits, las corridas de toros e inclusos sucesos trágicos como los cinco muertos por la represión de la huelga de Vitoria en 1976 pueden ser el germen de los cuadros. Pero la más de las veces interviene la arquitectura, el juego de luces y sombras arrojadas en arquitecturas reales, bien ajenas o propias como miembro del estudio de arquitectura CHS. La sombra que se desplaza por las fachadas añade dimensión temporal al espacio que genera la arquitectura. La pintura de Juan Suárez en buena parte es un ejercicio de traslación de las tres dimensiones espaciales más la del tiempo a las dos de la pintura. El resultado es una geometría infectada de la caducidad que se quiere negar.

Juan Suárez. Juan Suárez.

Juan Suárez. / Juan Carlos Muñoz

Las frecuentes alusiones al tiempo en sus obras, el título de esta exposición es buena muestra, no solo hacen referencia a la repetición de procesos y procedimientos pictóricos a lo largo de su trayectoria, sino también al sentimiento barroco sobre la brevedad de la vida, vanitas de una interioridad que aflora como melancolía de acento irónico y poético a la vez. En una de sus últimas exposiciones en la galería Rafael Ortiz, en la vitrina que suele ofrecer material documental, Juan Suárez colocó un pequeño cuadro pintado cuando era todavía adolescente: un atardecer en una de las playas del Puerto de Santa María, lugar donde nació en 1946. En ese paisaje crepuscular estaba ya en germen la esencia de toda su obra. A Juan Suárez le cumple como a pocos la divisa de Nabokov sobre el arte: belleza más compasión. “Donde hay belleza hay compasión, por la simple razón de que la belleza debe morir: la belleza siempre muere, lo general muere con lo específico, la colectividad muere con la individualidad”.

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