Hasta el 25 de noviembre

La obra de arte total de Andrés Marín y Pereñíguez

  • El CAAC muestra durante dos semanas en la Capilla de San Bruno y el Oratorio de Santa Catalina las piezas del vestuario y la escenografía de 'La vigilia perfecta'

José Miguel Pereñíguez y Andrés Marín ante las piezas de vestuario que usó el coreógrafo para bailar 'La vigilia perfecta'. José Miguel Pereñíguez y Andrés Marín ante las piezas de vestuario que usó el coreógrafo para bailar 'La vigilia perfecta'.

José Miguel Pereñíguez y Andrés Marín ante las piezas de vestuario que usó el coreógrafo para bailar 'La vigilia perfecta'. / Juan Carlos Vázquez

La alianza entre José Miguel Pereñíguez (Sevilla, 1977), uno de los artistas más interesantes de su generación y que ha trabajado a conciencia los temas del silencio y de la sombra, con un flamenco tan inquieto como Andrés Marín (1969), que deseaba reflexionar sobre las horas litúrgicas de los monjes cartujos, dio como resultado La vigilia perfecta, el espectáculo triunfador de la pasada Bienal. Una obra de arte total que desde las seis de la mañana a la medianoche -incluido el epílogo que vio el público delante de los antiguos hornos botella del CAAC, un resumen de más de una hora de lo acontecido durante la jornada- supuso el estreno absoluto de la propuesta coreográfica y musical del bailaor sevillano y de los objetos escenográficos y de vestuario que Pereñíguez realizó para ella.

El audiovisual que recoge la actuación de Andrés Marín y su equipo en la sede del monasterio de la Cartuja forma parte de la exposición inaugurada este lunes coincidiendo con el Día Mundial del Flamenco y en la que el espectador podrá admirar las creaciones de Pereñíguez, que supo conjugar su imaginario personal y su meticuloso trabajo compositivo con las múltiples referencias que Marín le proponía. Entre ellas, sobresale la sombra alargada del bailaor vallisoletano Vicente Escudero, al que vemos fotografiado por Richard Avedon en la carátula de un disco de vinilo que cuelga de una pared de la muestra junto a los adornos del vestuario que lució Andrés Marín creados con tela, madera o fieltro por el pintor y escultor sevillano.

Obra de Pereñíguez inspirada en el traje corto que proponía en su 'Decálogo' Vicente Escudero. Obra de Pereñíguez inspirada en el traje corto que proponía en su 'Decálogo' Vicente Escudero.

Obra de Pereñíguez inspirada en el traje corto que proponía en su 'Decálogo' Vicente Escudero. / Juan Carlos Vázquez

En su célebre Decálogo del baile flamenco, una especie de regla para el iniciado, Escudero prescribía "bailar con indumentaria tradicional" refiriéndose a un traje corto, una chaquetilla corta. Andrés Marín y Pereñíguez eligen ese "hábito del bailaor" y lo dotan de distintos elementos que a ratos evocan detalles de trabajos de Picabia o del propio Picasso para los Ballets Rusos y otras veces remiten directamente al imaginario del propio artista, al que representa la galería Rafael Ortiz.

Otras obras que podrá ver el espectador aluden al pasado fabril de la Cartuja, cuando la cerámica de Pickman se producía en Sevilla y se consumía en todo el mundo. La composición de los hornos botella, "que son como un cono truncado", explican ambos, inspira distintas vestimentas y escenografías que tienen en el estudio de la geometría su principal distintivo.

El audiovisual que recoge la obra dialoga en la capilla con elementos escenográficos. El audiovisual que recoge la obra dialoga en la capilla con elementos escenográficos.

El audiovisual que recoge la obra dialoga en la capilla con elementos escenográficos. / Juan Carlos Vázquez

Otras piezas aluden a las cuatro esquinas del cuadrado escénico, que los intérpretes recorrieron el 3 de octubre una y otra vez, siguiendo los postulados de la obra Quad de Samuel Beckett. Sobre los colores empleados, principalmente rojo, amarillo, azul y blanco, Pereñíguez declara que "funcionan como una polifonía, son fuerzas en lucha y no sólo marcas o distintivos".

La exposición estará poco tiempo en cartel, solo dos semanas pues se clausura el 25 de noviembre, y conviene no dejarla pasar por lo que supone de reveladora colaboración entre dos de los creadores más inquietos y genuinos de la plástica y el flamenco.

Antonio Muñoz presentó este proyecto expositivo en el Día Mundial del Flamenco. Antonio Muñoz presentó este proyecto expositivo en el Día Mundial del Flamenco.

Antonio Muñoz presentó este proyecto expositivo en el Día Mundial del Flamenco. / Juan Carlos Vázquez

La vigilia perfecta nació tras descartarse, por la pandemia, La Divina Comedia que Marín iba a estrenar en la Bienal con la ambiciosa obra de Dante como inspiración; de la necesidad se hizo virtud y La vigilia, que espera comenzar pronto su andadura tanto en teatros convencionales como en salas de museos, es ya una obra de referencia. En ella se cruzan, además de las influencias de Zurbarán, Picabia o Beckett, las de los propios Marín y Pereñíguez, que leyeron y dialogaron muchísimo para crear este espectáculo que recorrió los jardines y huertas del monasterio de la Cartuja a través de micropiezas que completaron la secuencia de las horas litúrgicas: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas.

La retransmisión en streaming permitió al mundo conectarse a esta osada producción que muchos aficionados recuerdan también como la última vez que vieron en un teatro al esencial Manuel Herrera, alma de la Bienal desde su génesis y un sabio que siempre supo apreciar el asombroso conocimiento que de la tradición flamenca tiene Andrés Marín. Un poso, una herencia, que está plenamente destilada en este espectáculo del que ahora llegan estos coloristas ecos al CAAC.

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