Gitanas | Crítica Remedios Amaya está de vuelta

Nazaret Reyes en el espectáculo ‘Gitanas’ que se presentó anoche en el Teatro de la Maestranza. Nazaret Reyes en el espectáculo ‘Gitanas’ que se presentó anoche en el Teatro de la Maestranza.

Nazaret Reyes en el espectáculo ‘Gitanas’ que se presentó anoche en el Teatro de la Maestranza. / Juan Carlos Muñoz

Remedios Amaya estaba tan feliz que todo el público acabó coreando el famoso estribillo de marras Ay, ¿quién maneja mi barca? Y eso que la taranta no nos trasmitió buenas vibraciones con la cantaora bastante nerviosa que además le tocó cantar con el micrófono de la señorita Pepis. Fue lamentable el sonido y lamentable la puesta en escena, con unos tiempos muertos insufribles en un teatro como este, en un festival como la Bienal. Pero a Remedios Amaya no le importaron los augurios y cuando se le calentó la voz se paseó feliz por las tablas, lejos del micrófono, escanciando tercios por tangos como haikus y convirtiendo la escena en un espacio íntimo en el que dialogó con su gente, con su público, con sus músicos, con sus artistas. Los tangos fueron una celebración vital, la confirmación de que la cantaora está de vuelta y en plena forma, después de superar una grave enfermedad. La bulería siguió esta misma línea y en en su letra homenajeó a Moraíto, secundada por una falseta al quite de El Perla.

Juana la del Pipa hizo su cante breve y directo, esencial, en los huesos, emocionándose en la seguiriya más que en la soleá. Su recital fue tan tenso como siempre pero en la seguiriya fue, paradójicamente, donde encontró la serenidad para dar lo mejor de sí misma. El Perla la acompañó con mucho oficio pues es francamente difícil tocar para una cantaora que más que hacer las frases musicales hace un esquema del cante. Completó su recital con tientos-tangos y bulerías.

Supongo que a alguien se le ha ocurrido juntar a las tres artistas de anoche por su intensidad vital. Porque el baile también fue tenso, en el límite. Frenético, agónico. Muy percusivo y siempre con la emoción al máximo de intensidad. Por el esfuerzo físico y anímico ingente que supone, el baile tiene que venir, como vino, a ráfagas. Nazaret Reyes interpretó seguiriyas y martinetes y la maestra Juana Amaya soleá con un grupo adornado de las mismas cualidades artísticas que las bailaoras. El escenario quedó sembrado de horquillas y peinas y el pelo alborotado, desparramado.

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