Diego Maradona | Crítica Diego Jeckyll vs. Maradona Hyde

Le tiene cogida la medida Asif Kapadia al formato documental sobre la figura ilustre y el icono popular caído en desgracia, tal y como lo demuestran sus anteriores retratos del piloto brasileño de Fórmula 1 Ayrton Senna (2010) y la cantante británica Amy Winehouse (2015) y este no menos vibrante y fluido Diego Maradona que, realizado de nuevo a partir de material de archivo (público y privado), compone un retrato del astro argentino de resonancias trágicas, en su doble condición de héroe y villano, de genio y tramposo, en su faceta de mito autoconsciente con una irrefrenable tendencia a la autodestrucción.

Arranca este Diego Maradona con un rápido repaso biográfico a sus orígenes humildes, a su infancia y juventud en Argentina y Boca Junior y a su llegada al Barcelona, truncada por aquella patada asesina de Goikoetxea y con apenas un título en dos temporadas. Lo que le interesa realmente a Kapadia es su llegada a una Nápoles tumultuosa, entregada y corrupta, su conversión en un auténtico ídolo de masas de índole casi religiosa, su imparable camino de éxito entre el club de San Paolo y la selección argentina con la que conquistó el Mundial de México y llegó a la final de Italia en 1986 y 1990 respectivamente.

Y le interesa en tanto que ese ascenso fulgurante corre en paralelo con el pacto con el diablo de la mafia, la droga y la prostitución, a saber, la clásica caída en las tentaciones de la riqueza y la fama que aquí se apuntan a mitad de camino entre lo inevitable y la necesidad de protección y seguridad de un negrito de arrabal del que todos querían sacar tajada y que fue construyendo poco a poco esa personalidad rebelde, megalómana y desquiciada que lo ha acompañado hasta hoy entre rehabilitación, escándalo y rehabilitación.

Kapadia se muestra una vez más como habilidoso montador y ensamblador de materiales ajenos, eludiendo los testimonios y entrevistas a cámara para que sean las voces del propio Maradona y las de sus amigos, compañeros, periodistas y familiares las que puntúen y contrasten en off ese trayecto de montaña rusa. Entre tanto, imágenes maravillosas del futbolista en acción, a cámara lenta, con leves y elegantes retoques de posproducción de sonido que aíslan su magisterio con el balón y su control corporal, propulsan este documental por una década memorable que nos parece hoy mucho más lejana de lo que está en sus texturas analógicas y en su retrato de un tiempo, una sociedad y un fútbol que aún no había entrado en la era del marketing, los contratos de imagen y los gabinetes de comunicación.   

Como Winehouse y Senna, Maradona pertenece ya por pleno derecho a la mitología popular de nuestro tiempo en la que el talento y una personalidad frágil y compleja fueron siempre de la mano para forzar los límites de la normalidad y mantener un combate constante con la épica y la muerte. Diego al menos aún puede contarlo.