Los hermanos Sisters | Crítica Uno de los mejores 'westerns' del último cuarto de siglo

John C. Reilly y Joaquin Phoenix, en una escena de la película. John C. Reilly y Joaquin Phoenix, en una escena de la película.

John C. Reilly y Joaquin Phoenix, en una escena de la película. / D. S.

El encuentro entre el novelista canadiense Patrick deWitt y el realizador francés Jacques Audiard tenía que producir chispas de inteligencia y creatividad. Más aún si tiene lugar en el terreno del post-western transmitiendo una sensación a la vez de reconstrucción e invención, de homenaje y desvirtuación, muy parecida a la relación de los arquitectos neoclásicos y neogóticos, o Racine y Walter Scott, con los universos clásico y medieval.

El tirón lo da deWitt. Suyo es el interés por pasearse por las ruinas de los mitos o de los lugares míticos –Hollywood representado en un tugurio con ecos de los cuadros de cabarets del expresionista Georges Grosz en Abluciones, el western en Los hermanos Sisters, la novela gótica con ecos kafkianos en El submayordomo Minor– y la idea de escribir este no-western o post-western. Todo sin nostalgia, por supuesto. Este novelista crea con una despectiva, burlona y despiadada distancia mundos que parecen nacidos de la observación de la deriva de los mitos, los tópicos o los lugares sagrados del cine y la literatura, tanto cultos como de masas, en la posmodernidad que los corroe como un ácido. En pocas obras recientes he observado un peso tan decisivo del material literario sobre la película.

Por otra parte está la personalidad de Jacques Audiard –hijo del prolífico guionista Michel Audiard, que en su apogeo de los años 50 y 60 llegó a escribir cinco y seis guiones por año para el cine popular francés, odiado por los jóvenes de la Nueva Ola–, un muy interesante director cuyo gusto por lo extremo en estilo y temas da resultados excelentes por su fuerza y originalidad (Un hombre muy discreto, De latir, mi corazón se ha parado, Un profeta), fallidos por forzados (Lee mis labios) o a medio camino entre lo uno y lo otro (De óxido y hueso, Deephan).

Audiard es más descendiente de Zola y los naturalistas e incluso (aunque no los haya leído) los tremendistas españoles que de la corriente realista, tan potente, del cine francés. Es, en el mejor y en el peor sentido de la palabra, muy del hoy y sus vacíos, sus improductivas explosiones de rabia y violencia, su cinismo descreído y su desesperación por no querer y a la vez no poder creer en nada (la relación padre/hijo y brutalidad/música en de De latir, mi corazón se ha parado podría representar bien estas tensiones).

Fueron John C. Reilly y su mujer, la productora Alison Dickey, quienes tras un encuentro en el Festival de Toronto le propusieron dirigir la novela de Patrick deWitt. En la producción también hay creatividad y audacia. Nada más lejos de Audiard que el western: "No es un género que conozca bien. Los grandes espacios, las cabalgadas, los combates con los indios..., no me enloquece esta estética. ¿Qué podía enseñarme John Wayne si no era a hablar con los caballos?". Con lo que demuestra que no lo conoce bien y no debe de haber visto Río Rojo, Centauros del desierto, Río Bravo o El hombre que mató a Liberty Valence...

Otra imagen de 'Los hermanos Sisters', película que adapta la novela del canadiense Patrick deWitt. Otra imagen de 'Los hermanos Sisters', película que adapta la novela del canadiense Patrick deWitt.

Otra imagen de 'Los hermanos Sisters', película que adapta la novela del canadiense Patrick deWitt. / D. S.

Pero los mundos de deWitt y Audiard tienen puntos de contacto en su reflejo cínico y/o herido del presente posterior a la posmodernidad. Este western de deWitt no tiene nada que ver con los clásicos y modernos de Wister, L'amour, Johnson, Schaefer, Leonard o Gruber, y sí con las negrísimas, referenciales y más recientes novelas post-western País de sombras de Peter Matthiessen y, sobre todo, Meridiano de sangre de Cormac MacCarthy.

Del encuentro entre Audiard y deWitt en el territorio del western ha nacido la que para mí es su mejor película. Tal vez porque además de la violencia extrema, el gusto por lo tremendo y el estilo nervioso y cabreado que son sus marcas, hay una corriente de ternura y de autenticidad emocional en la historia de estos hermanos que tal vez tenga que ver con un trauma personal –la muerte de su hermano, cuando sólo tenía 26 años, en un accidente de coche–; y con un personal ajuste de cuentas con su padre, cuyo cine popular y comercial despreciaba con dolor porque también lo admiraba como intelectual, en la medida en que aborda uno de los géneros clave del cine en un momento de muerte y transfiguración del propio cine ("en la era de las plataformas lo que está en entredicho es el cine con vocación genérica, se sigue llamando cine a lo que desde hace más de 15 años no lo es", dijo al presentar su película en Venecia).

Ya les he puesto el toro en suerte. Y toro que embiste es esta dura, cínica y descreída película que convierte la violencia de Tarantino en una broma, y que a la vez tiene una sorprendente y desconcertante vena de ternura, emoción, ansia de redención y búsqueda de sentido que poco o a poco va convirtiéndose –de ahí la posibilidad del entronque autobiográfico– en un conmovido canto al amor fraterno. Dos hermanos asesinos profesionales que matan con rutinario desinterés y eficaz oficio. El encargo de encontrar y matar a un personaje insólito. Un viaje a través de una América consumida por la fiebre del oro. Y cuatro intérpretes excepcionales: John C. Reilly y Joaquin Phoenix sobre todo, pero también Jake Gyllenhaal y Riz Ahmed en ese estado interpretativo que la crítica clásica llamaba de gracia. Junto a Sin perdón de Eastwood, Valor de ley de los Coen y Deuda de honor de Lee Jones, tal vez sea éste el mejor western del último cuarto de siglo.

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