Crítica cine

Autenticidad de género

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Un profeta. Drama carcelario, Francia, 2009, 135 min. Dirección: Jacques Audiard. Guión: J. Audiard, Thomas Bidegain. Fotografía: Stéphane Fontaine. Música: Alexandre Desplat. Intérpretes: Tahar Rahim, Niels Arestrup, Salem Kali, Alaa Oumouzoune. Cines: Alameda, Avenida (VOS francés).

El azar ha querido que dos de los títulos europeos destinados a cosechar premios esta temporada reactiven el género carcelario desde una misma apuesta por el realismo y cierta austeridad. Inevitable, por tanto, echar a pelear a nuestra Celda 211 con este Profeta victorioso en Cannes (Gran Premio del Jurado) y en todos los eventos a los que ha concurrido desde entonces (César, Globos de Oro, Premios Europeos, Bafta, candidatura al Oscar, etcétera). Un pelea limpia que gana por k.o. técnico la cinta francesa, que juega con mucha más potencia y efectividad en ese mismo territorio de la verosimilitud de ambientes y personajes, y por el peso de una puesta en escena vibrante y física que da cuenta, sin demasiados miramientos ni paños calientes, del trayecto de iniciación y supervivencia a golpes que libra un paria de origen magrebí atrapado entre los clanes corsos y árabes de una prisión. Allí donde a la cinta de Monzón se le ven las costuras y los quiebros de su guión, Un profeta atraviesa la pantalla sin que la dinámica del género acabe por imponerse sobre su forma, más bien al contrario, haciendo de ésta última la principal razón de su regeneración y actualidad.

Si bien estamos aquí lejos del estilo trascendental del Bresson de Un condenado a muerte se ha escapado, del despojamiento cartesiano de La evasión de Jacques Becker o del valor ensayístico y didáctico de una cinta más reciente como 9m2 per deux (Cesarini y Glasberg), Un profeta asume en su discurso de ficción las texturas y los efectos de lo real, una crudeza rugosa, creíble y auténtica, una cierta economía de la puesta en escena que prescinde de psicologismos y que opera desde una prudencial distancia respecto a las acciones y gestos de sus personajes, reconocibles arquetipos del universo criminal y carcelario extraídos del paisaje de la nueva Francia multicultural.

La mirada entomológica, precisa y virtuosa de Audiard (Un héroe discreto, Lee mis labios, De latir mi corazón se ha parado), digno heredero del mejor cine de género francés de los 60 y 70, trabaja sobre un terreno dramático firme al que sabe exprimir todo su aliento (también el lírico: ahí están las ensoñaciones funcionando como eco de la mala conciencia) sin que en ningún momento asome ese (inevitable) trabajo previo, si acaso en los compases finales de las trepidantes dos horas largas de metraje, con varias salidas y entradas de la prisión, donde la acción se precipita sobre la observación.

Audiard acompaña con su cámara este proceso, también interno (la música de Desplat trabaja en la dimensión moral del personaje, magníficamente encarnado por Tahar Rahim), y borra con ella las marcas de un trayecto de aprendizaje en el que también se deja ver el orgullo de clase y la condición racial como elementos para una nueva forma de justicia poética.

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