Lo que arde | Crítica En el corazón del bosque

El tercer largo de Oliver Laxe (Todos vosotros sois capitanes, Mimosas) se abre en la noche de un bosque fantasmal y extraterrestre iluminado por los focos de los tractores que arrollan los troncos de los eucaliptos quemados sin apenas resistencia, y que sólo se detienen ante la figura imponente de un árbol centenario y majestuoso que parece respirar desafiante ante la mirada.

Una segunda secuencia nos traslada a unos juzgados locales en unos modos casi bressonianos de manos y voces. La música andante y religiosa de Vivaldi encadena un espacio con otro mientras vemos cómo un expediente judicial pasa de una ventanilla a una mesa y escuchamos que pertenece a Amador, pirómano ahora liberado después de cumplir una buena parte de su condena.

La tercera nos muestra ya a Amador en el autobús de vuelta a casa, al reencuentro seco y parco con la madre, a las montañas, el perro y las vacas que eran y son su vida. Lo que arde traza así una introducción magistral a sus temas, figuras y paisajes, un regreso esquivo marcado por el silencio y el misterio, un reencuentro con los lugares perdidos, con las gentes que han cambiado su mirada pero que también entienden la soledad de la madre.

Entre pequeños gestos cotidianos (calentar el pan en el fuego, ponerse las botas de faena, encenderse un cigarro, lavarse las manos, beber un café…) la película se balancea de las acciones a la dramaturgia, los personajes hacen de intermediarios entre un espacio y sus estaciones y la resonancia de un tiempo arcano de rituales de trabajo y contemplación. La opacidad de Amador absorbe la singular fisonomía y el grano de voz de Amador Arias, mientras que la madre, Benedicta, responde al perfil de todas las madres protectoras, buscando que el hijo se reintegre de nuevo en la comunidad, deseando incluso que encuentre a una mujer que lo acompañe y le dé el relevo.

Laxe comprende, respira y observa ese espacio y a esos personajes casi sin necesidad de una historia, buscando pares insólitos (el trayecto en furgoneta de la pareja y la vaca al son del Suzanne de Cohen es ya un momento inolvidable), y es por eso que cuando el relato asoma demasiado (los vecinos que restauran una casa para el turismo, el encuentro con la veterinaria en la cantina, el desenlace violento y catártico) la película desciende levemente de sus extraordinarias alturas y su poderosa pregnancia telúrica.

Y antes y después, inevitablemente, el fuego, un fuego aniquilador de memoria y vida pero también purificador de conciencias, enigma fuera de estadísticas, culpables y noticieros, fuerza radical y extrema de la que Amador parece conocer todos sus secretos, caminos, peligros y virtudes, su poder de devastación irremediablemente unido a los ciclos de la naturaleza en los que también se juega un pulso político más allá del ecologismo. Pocas veces hemos visto arder una pantalla de esa manera tan hermosa, respirar y mascar el humo de la destrucción, contemplar y escuchar absortos la belleza trágica de las llamas empujadas por el viento y el crepitar de la madera. Con las cenizas, al amanecer, un nuevo día comienza.      

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