Memorias de un hombre en pijama | Crítica Peter Pan entre viñetas

A vueltas con el viejo Síndrome de Peter Pan del hombre de clase media, Memorias de un hombre en pijama adapta a la animación la novela (autobio)gráfica del mismo nombre del historietista Paco Roca, desdoblado aquí entre el Raúl Arévalo que le presta su percha en el prólogo y el epílogo y la voz y la fisonomía de su personaje dibujado en un intento de asimilar el diseño original a las formas en movimiento.

Se trata aquí de sublimar y blanquear desde una corta distancia irónica y el suave flagelo machirulo la crisis del eterno cuarentón inmaduro urbano, a saber, de repetir en una serie de escenas más o menos cómicas, casi siempre blancas, estereotipadas y reconocibles, esas etapas inevitables que, entre la irresponsabilidad, la autorrealización en el trabajo (creativo y cultureta) y la llamada del amor peliculero, lo llevan a uno a plantearse cambiar de vida y sentar la cabeza.

Nada nuevo bajo el sol de la comedia generacional y sentimental, animada aquí con ciertas limitaciones técnicas y canciones de Love of Lesbian, aunque llevado con dignidad rítmica y cierto sentido de lo anecdótico que hacen del filme un producto tan amable como autocomplaciente en su insoslayable misoginia pop.