La trinchera infinita | Crítica La carcoma del miedo

El premio al mejor guion en el pasado festival de San Sebastián no parece precisamente el más merecido para La trinchera infinita, que narra la historia de uno de aquellos topos del bando republicano que permanecieron escondidos en sus propias casas durante la Guerra Civil y la posguerra, en este caso en un pueblo andaluz.

Y no lo es a pesar del reto que supone narrar más de treinta años de encierro, ocultamiento y clandestinidad sin salir apenas de un único espacio. Parece evidente que Garaño, Goenaga y Arregui (Loreak, Handía) no han podido escapar a la necesidad de dramatizar, explicar y espectacularizar en exceso una historia que se nos antoja especialmente propicia para el trabajo de puesta en escena (también premiado), que oscila entre el nervio vibrante y en fuga de la primera media hora, la exploración del off sonoro y visual como método de percepción subjetiva del mundo del recluido, y el constante juego entre fuera y dentro, suspense incluido, que determina los siguientes dos tercios de este alargado filme.

Volcada hacia la relación casi única entre un hombre del pueblo de lúcidas convicciones obreras y pasado ambiguo (Antonio De la Torre, volcado de nuevo al desgaste del encierro, la transformación física y la apuesta por la imitación) y su mujer modista (una Belén Cuesta que, a pesar del cambio de registro, aún arrastra algunos tics) a lo largo de los años, el guion no deja oportunidad para mostrarse didáctico (e incluso dudosamente irónico) sobre las etapas del encierro en relación al contexto histórico, pero sobre todo volcado hacia brotes de tensión que se empeñan en sobredimensionar los percances y circunstancias que hagan del periplo físico, psicológico y político un terreno propicio para las emociones e identificaciones más elementales, de la afrenta a la venganza pasando por la humillación y el miedo, gran tema de fondo de un filme que se mueve en esa delgada línea de la ambigüedad ideológica (todos tienen sus razones) entre buenos y malos.

Se entienden así el recurso a la violencia y la muerte en una escena sin duda excesiva, la aparición de personajes como el cartero y su pareja homosexual como interludio para el comentario desde el presente, o la insidiosa presencia del vecino franquista, como calculados recursos que airean el conflicto esencial, que bien puede encontrar un eco de mayor alcance en toda relación de pareja deteriorada por el roce, de sus tripas más crudas, de ese terreno que obliga al cine a una confrontación con el tiempo, el espacio y las ideas sin argucias ni trampas.

La trinchera infinita deviene así un filme en el que luchan la figura del cobarde con la del marido protector, la hostilidad (siempre masculina) del mundo exterior con la erosión del tiempo interno, la impronta del realismo imitativo con las dinámicas del látex y el género o de lo onírico y fantasmal incluso, recurso poco efectivo para seguir protegiendo al espectador de la lógica interna del encierro, la soledad y la carcoma moral.