Crítica 'Rush'

La mejor película de carreras en medio siglo

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Rush. Drama/acción, Reino Unido/Estados Unidos/Alemania, 2013, 123 min. Dirección: Ron Howard. Guión: Peter Morgan. Fotografía: Anthony Dod Mantle. Música: Hans Zimmer. Intérpretes: Daniel Brühl, Chris Hemsworth, Olivia Wilde, Alexandra Maria Lara, Natalie Dormer.

Pocas biografías de cine como la de Ron Howard. Fue un actor infantil y juvenil a las órdenes de Anatole Litvak (Rojo atardecer), Vincente Minnelli (El noviazgo del padre de Eddie), George Lucas (American Graffiti), Richard Fleischer (Tres forajidos y un pistolero) o Don Siegel (El último pistolero, en la que tuvo el doble honor de actuar junto a John Wayne en su última película y ser nominado al Globo de Oro como mejor secundario). Participó como actor en algunas de las más míticas series televisivas de los años 50 y 60 (Johnny Ringo, Dimensióndesconocida, Cheyenne, Ruta 66, Dr. Kildare, El fugitivo, Bonanza, Yo, espía, Daniel Boone, Lassie, La ley del revólver). Se pasó a la dirección televisiva y cinematográfica cuando solo contaba 23 años y logró la fama con 30 (Un, dos, tres... Splash). Desde entonces -con una irregularidad sorprendente para quien tiene fama sobre todo de artesano- ha dirigido buenas (Cocoon, Willow, Detrás de la noticia, Apolo 13, Rescate), mediocres (Llamaradas, ¡Qué dilema!), interesantes pero fallidas (Un horizonte muy lejano, Una mente maravillosa, Desapariciones) o malas (El Grinch, El código Da Vinci, Ángeles y demonios) películas. Y junto a ellas -superando el nivel del irregular artesano- algunas obras de grandísima calidad como Edtv, Cinderella Man o El desafío: Frost contra Nixon.

Rush pertenece a este último grupo, el de las obras de grandísima calidad, convirtiéndose en la mejor película sobre carreras automovilísticas desde Grand Prix de John Frankenheimer (1966). Casi medio siglo ha transcurrido desde aquella película y Rush: éste es el mejor elogio que se puede hacer de la película de Howard.

Su primer acierto es un guión perfecto del dramaturgo y guionista inglés Peter Morgan (El último rey de Escocia, The Queen, El topo) que ya le dio a Howard el texto sobre el que construyó la que hasta ahora era su mejor película, El desafío: Frost contra Nixon. Morgan convierte en tragedia y épica la historia de la enloquecida competencia entre los corredores Niki Lauda y James Hunt en una época en la que la muerte era uno de los ingredientes del atractivo de la fórmula 1. Casi todos sabemos de su rivalidad, su dureza, su extravagancia, sus vidas tocadas por lo excesivo y hortera de los terribles 70... Pero Morgan ahonda en el enfrentamiento convirtiendo las pistas de carreras en escenarios épicos, agrandando las figuras de los contendientes sin convertirlas en exageraciones mentirosas, citando a la muerte en cada minuto de la película (se esté corriendo o no), desvelando el trasfondo de intereses que sitúan el automovilismo entre el circo y el deporte, convirtiendo a los dos corredores en prototipos del rigor, el esfuerzo y la contención enfrentado a la inspiración, el desorden y el exceso. Aunque las carreras sean esenciales en esta película, da igual, en el fondo, que ellos sean corredores o no. Podrían ser gladiadores, boxeadores o toreros. Incluso pistoleros, que algo de western hay en estos tipos duros que juegan con la muerte. Al final fascina más el choque de los caracteres que el de los coches. Y esto es mérito del guión.

El segundo acierto de Rush es todo de Howard: someter la técnica a la dramaturgia, sin dejar de aprovechar todas sus posibilidades espectaculares. Esto hizo la grandeza de Grand Prix, en la que Frankenheimer -trabajando para el gigantesco formato de Cinerama- contó con la colaboración del genial diseñador de efectos visuales Saul Bass. Y esto hace la grandeza de Rush. Aquí los efectos especiales de Julian Buitterfield (Caballo de guerra, Guerra mundial Z, Asalto al poder) y Wolfgang Higler (Malditos bastardos, Las crónicas de Narnia), el diseño de producción de Mark Digby (El americano, Slumdog Millionaire, Genova) y sobre todo la dirección fotográfica de Anthony Dod Mantle (28 días después, Dogville, Manderlay, Slumdog Millionaire) se ponen al servicio de la creación de la sensación de peligro, el vértigo de la velocidad y la claustrofobia de los autos, aunando espectáculo y drama de una forma admirable. La definición visual de la película crea el marco perfecto para que de la anécdota de la rivalidad entre los corredores se pase a la épica y la tragedia del enfrentamiento, la ambición y el juego con la muerte. El mérito se ve acrecentado porque cuando Frankenheimer y Bass situaron las gigantescas cámaras de Super Panavisión 70 en los coches asombraron al público, pero ahora todo el mundo ve el punto de vista del piloto en las retransmisiones televisivas. Nada que ver con el efecto dramático que Howard y su equipo logran en esta película.

El tercer acierto, por fin, son los intérpretes. Muy bien Chris Hemsworth como Hunt y asombroso Daniel Brühl como Lauda. Interpretar a dos personajes tan conocidos dobla la dificultad de las interpretaciones. Sin centrarse en el parecido físico, que además se logra, ambos actores logran visualizar los caracteres. Otra buena noticia es que Hans Zimmer vuelve a ser el compositor inteligente que su voracidad comercial no siempre le deja ser. La mejor película de carreras de coches en medio siglo.

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