Jueves Santo

El entierro del tópico

  • Hubo un tiempo en que el sol brillaba el Jueves, pero eso parece haber quedado para la Semana Santa soñada.

La mejor Semana Santa es la que se sueña. Y en los sueños no mandan los meteorólogos, ni los frentes nubosos, ni las juntas de gobierno, ni el cofraderío de a pie. Ni siquiera la lluvia. La Semana Santa que se sueña es la interior, la profunda, de la que uno es el propio arquitecto y va colocando los cimientos con el paso de los años. Esa Semana Santa soñada no entiende del consumo de cofradías, ni de pasos de palio que se recogen a horas más propias de botellonas y vómitos, ni de mantillas en actitudes poco adecuadas para el origen del traje de gala por excelencia de la sevillana. No es que la Semana Santa soñada sea purista ni aburridamente ortodoxa, es que es la de uno, la de cada cual. Y como se vive en el interior, no entiende de todo el aparato artificial con el que ahora se reviste una fiesta en la que mandan nuestros señores los porcentajes de riesgo de lluvia, los nuevos amos de una Semana Santa de pies mojados, de paracetamol y de nazarenos sueltos por la calle.

Hubo un tiempo en que el sol del Jueves Santo doraba al Cristo de la Fundación, hubo un tiempo en que las cofradías hubieran salido si a la hora de poner la cruz de guía en la calle no estaba lloviendo. Hubo un tiempo en que no existían los días completamente laminados de cofradías. Todo lo más, algún refugio en la Catedral, en la Anunciación o en la Magdalena. Hubo un tiempo en que se esperaba el Jueves Santo con ilusión, pero ahora, desde hace varios años, lo idóneo es no dejarse llevar porque la experiencia enseña que todo se puede ir al traste. Es más, que lo más probable es que la Semana Santa, y con ella el Jueves Santo, desaparezca en el agujero negro donde los porcentajes de riesgo de lluvia celebran sus danzas. Hubo un tiempo en que en el campo llovía cuando tenía que llover, por mucho que sea verdad que la historia de las cofradías está íntimamente ligada a la de la lluvia.  Hubo un tiempo en que los tópicos estaban vigentes y se pregonaban como tales: el sol brillaba, las cofradías del Jueves Santo  eran esplendorosas, por la noche todo discurría a los sones de Margot y la ciudad bullía a la espera de la inminente Madrugada mientras los nazarenos del Valle iban poco a poco abandonando la Catedral como en un cuadro de Honheleiter. O, al menos, todo eso se decía. Y nos lo creíamos.

Pero es tan usual ya eso de coger el programa de mano y el paraguas al mismo tiempo que en el entierro del tópico hemos echado una paletada más de tierra (mojada). La lluvia de ayer nos dejó sin cofradías, pero nos permitió un Jueves Santo de intramuros, de oficios en los conventos, donde se registró una afluencia muy elevada de fieles. A falta de pasos, buenos son estos cultos. Parece que la lluvia (llovizna a primera hora de la tarde) contribuye a que se viva un Jueves Santo más íntimo, de fotos antiguas y hábitos que se creían perdidos.

Vídeo: Ainhoa Ulla.

La mañana dejó estampas de larguísimas colas en los templos. La de Pasión se metía por Cuna hasta el número 32, donde está Germán, electricidad en general. Pareciera que la gente quería apurar una mañana de cielos despejados en previsión de una tarde metida en guasa. Se vieron mantillas, aunque en un número que aún no permite concluir que se ha recuperado su uso masivo. Bien es verdad que algunas era mejor no verlas, tanto por ellas como por ellos. El libro de los gustos no está escrito, pero el de las mantillas sí. Hay quienes han inventado la mantilla tuneada, muy propia de esta Semana Santa que nos ha tocado vivir, una Semana Santa light.

Como el cielo del Jueves Santo se va poniendo zaino, los cofrades van cortando los trajes de un Miércoles Santo que acabó a las 4:35 con la entrada de la Virgen de Regla. Llegan fotos del estado en el que se encontraba la Plaza del Salvador cuando debía pasar por allí la hermandad panadera. Urge estudiar alguna fórmula para que no se repita una estampa que no beneficia en nada a la Semana Santa. Urge dejar los histrionismos, los anhelos de protagonismo y el afán de notoriedad. Urge que los gobernantes de las cofradías tengan más sosiego y mesura. Urge que se estudie también la fórmula de que una hermandad no salga tan tarde para no regresar casi con el canto del gallo. Urge que se deje de poner como pretexto que el paso no puede avanzar para justificar que una Virgen vaya por la calle a unas horas donde el panorama es más parecido a la Calle del Infierno que al recogimiento que merece toda cofradía. Conviene tener claro un referente: si avanza la Virgen de la Esperanza, avanzan todos los pasos. Lo de los Panaderos fue un exceso reprobable, una falta de consideración al sufrido cuerpo de nazarenos.

El Jueves Santo entierra el tópico. La Semana Santa se está convirtiendo en otra cosa muy distinta a la que algún día conocimos. O nos contaron. O creímos vivir alguna vez. La mejor Semana Santa, sí, es la que se sueña. En ella siempre brilla el sol, tiene sabor a yema de San Leandro y olor a incienso con vainilla. En ella las cofradías se recogen a sus horas por unas calles limpias con un público que sabe acompañarlas en silencio, porque las cofradías necesitan del público.

Hubo un tiempo en que el sol brillaba el Jueves Santo. Pero ayer asistimos al funeral de ese tópico que ahora añoramos. Dos nazarenos de la Quinta de Angustia caminan veloces bajo una lámina de agua. Se alejan de la Magdalena, se ciñen la capa como un capote de paseo para protegerse del agua.  Hay quienes miran con melancolía a esos dos nazarenos desde el refugio improvisado en portales y bajo los balcones.  Con ellos se esfuma el Jueves, como una pesadilla.  Jueves Santo en Sevilla, el entierro del tópico. A las ocho y cinco de la tarde se confirma que ninguna cofradía sale por segundo año consecutivo. Mejor dormir. Y soñar.

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