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Vera-Cruz

La oración de Vera-Cruz

  • Misteriosa, elegante y muy rigurosa, la Vera-Cruz sale otra vez a la calle en una tarde perfecta

Misteriosa, elegante y muy rigurosa. La temperatura y la luz crepuscular forman parte también de la estampa solemne que cada año regalan el Cristo de la Vera-Cruz y la Virgen de Las Tristezas. Tras una jornada con el calor como protagonista, la última hora de la tarde del Lunes Santo se perfila perfecta.

Cuando la capilla del Dulce Nombre abre las puertas comienza una oración ante el público silente. El primer tramo de penitentes comienzan a andar. Sólo un murmullo lejano y el llanto de un niño enturbian por un momento la salida de la Vera-Cruz. Como en cada Semana Santa, las cámaras de televisión y los fotógrafos se lanzan a inmortalizar la escena tantas veces repetida y, a la vez, tan singular cada año. Entre el público, una abuela, Francisca, sostiene al pequeño Gonzalo, su nieto, pendiente a cada momento de ver a sus familiares entre los nazarenos y los monaguillos. También quiere ver al capataz de la Virgen. La familia León está muy unida gracias a la hermandad. "Mi hija, que está en Francia, también es hermana y como este año no puede salir, la verá por internet", comenta Francisca, mientras reconoce tras un antifaz negro a uno de sus nietos. Ni pueden girar el rostro ni pueden hablar. La seriedad de los nazarenos es un elemento más en esta hermandad. El Cristo de la Vera-Cruz es antiquísimo. Los hermanos dicen que es el más antiguo que sale en procesión en Sevilla.

El silencio es absoluto en el entorno de la capilla del Dulce Nombre. Tras el Cristo, las túnicas negras dan paso a todo un abanico de colores. Capirotes grises, blancos y celestes que representan a distintas hermandades de la Vera-Cruz procedentes de otras ciudades.

La música de capilla acompaña la salida de la Virgen de Las Tristezas, que acapara la atención de la multitud. A pocos pasos en la calle, una saeta se suma a la música de capilla.

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