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J. F. Martel. Cineasta

"El arte nos transfigura"

  • Atalanta acerca el ensayo 'Vindicación del arte en la era del artificio' en una espléndida traducción de Fernando Almansa.

"El arte nos transfigura" "El arte nos transfigura"

"El arte nos transfigura"

Escribía Oscar Wilde en 1890, en su prefacio a El retrato de Dorian Gray, que "cuando los críticos difieren, el artista está en armonía consigo mismo". Y sobre esa división de opiniones que propicia el arte verdadero trata este sugerente ensayo que aúna reflexiones estéticas, cívicas y literarias, y con el que debuta en las librerías españolas, de la mano del sello Atalanta, el también director de cine canadiense J. F. Martel. Analizando ejemplos muy variados -que abarcan desde las fotografías de Diane Arbus a las pinturas paleolíticas de Chauvet filmadas por Herzog en La cueva de los sueños olvidados, pasando por la música de Bach o Cage- Martel invita a repensar nuestra forma de entender el arte en la era digital. Sobre esas cuestiones reflexiona, a vuelta de correo electrónico, en esta entrevista.

-¿Qué es y qué no es Vindicación del arte en la era del artificio?

-Este libro no es una teoría estética: es un viaje personal por el mundo del arte y una invitación a verlo con ojos nuevos. Pero presta atención a un aspecto que a menudo oculta nuestro modo de pensar y de vivir, como es el carácter misterioso y esencialmente desconocido del arte. A pesar de las innovaciones científicas y tecnológicas de nuestra era, el universo permanece en el fondo como algo extraño, enigmático y misterioso para cada uno de nosotros. Y mi argumento es que las grandes obras de arte nos transfiguran y comunican, más eficazmente que cualquier otro medio, la extrañeza de lo real. Como escribió Proust en la segunda parte de En busca del tiempo perdido, "sólo a través del arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que otra persona ve de un universo que no es el mismo que el nuestro". Mi afán es plantear que el arte puede aportar soluciones a los graves problemas que afectan a nuestro presente, siempre que distingamos el arte verdadero, que es transfigurador, de la publicidad y el marketing, que son mero entretenimiento y ejemplos de la cultura básica del consumismo como diseccionó Burroughs en El almuerzo desnudo.

-En la obra defiende el poder subversivo del arte. ¿Tiene esa fuerza transformadora alguna aplicación en la arena política?

-La subversión que lleva a cabo el arte no tiene nada que ver con políticas e ideologías porque el arte y la emoción estética son un fenómeno humano innato que precede a la formación de las culturas y sociedades humanas y que expresa una realidad mucho más profunda y compleja que cualquier artificio ideológico. El arte es así apolítico, pero por eso mismo tiene un poder político tremendo para el individuo que se lo toma en serio ya que nos invita a pensar por nosotros mismos y a poner las cosas en contextos más amplios. Que el arte sea apolítico no exime al artista de las responsabilidades cívicas de cualquier ciudadano.

-La sorpresa, el asombro, es para usted la prueba definitiva del arte, y lo argumenta con ejemplos tan variados como la película Orfeo de Cocteau o las bailarinas pintadas por Degas.

-Si todas las obras de arte nos retrotraen al misterio del ser, entonces necesariamente contienen una particular extrañeza en sí mismas. Tomemos por ejemplo el cuadro La torre roja (1913) de Giorgio de Chirico. Es difícil precisar qué es lo que hace tan especial esta pintura de un edificio rojo que se alza sobre un paisaje yermo y desolado. Pero hay algo en el modo en que De Chirico presenta esa torre que le permite brillar en toda su singularidad. Es un truco que los pintores figurativos conocen bien pero que cualquiera podría aprender: coger un detalle del entorno, separarlo, encuadrarlo y mirarlo realmente. Entonces nos revelará por completo su extrañeza. El arte tiene el poder de hacer surgir a la superficie de las cosas su extrañeza inmanente y real.

-¿Cómo han trastocado las redes sociales nuestra relación con el arte y el artificio?

-Las redes sociales han permitido que la manipulación estética se propague como una plaga por todas partes. La cultura del espectáculo no es nada nuevo, por supuesto, pero las plataformas emergentes la han hecho más perniciosa que nunca. Creo que la necesidad de que los ciudanos piensen por ellos mismos y miren dentro de sí nunca ha sido tan urgente. Necesitamos entender el arte porque la publicidad se ha convertido en el instrumento de poder más importante. Las historias que nos rodean a diario son construcciones estéticas: todas comparten una iconografía impactante y una narrativa que persigue remover y agitar nuestros sentimientos. McLuhan estaba en lo cierto: nuestra cultura ha pasado a ser icónica y postiteraria. El problema es que todavía no hemos aprendido a interpretar y analizar todas esa simágenes que nos desbordan.

-¿Con qué autores está más en deuda esta Vindicación?

-Dos referencias esenciales para mí son Oscar Wilde y Deleuze. Otro pensador esencial aunque injustamente ignorado durante mucho tiempo por la academia ha sido Carl G. Jung, cuyo ensayo sobre la relación entre la psicología analítica y la poesía es una ingeniosa investigación de los procesos creativos que inspiró muchas de las tesis de este libro. Y por supuesto Nietzsche, D.H. Lawrence, Virginia Woolf… La lista es inmensa.

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