Atletismo - XXVIII Maratón de Sevilla

Blal contra sí mismo

  • El marroquí, en su segundo maratón, gana la prueba en una contrarreloj de casi 39 kilómetros en solitario. El récord de participación hizo de esta edición la más popular de la historia.

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El maratón es una prueba durísima, tanto física como mentalmente, de más de 42 kilómetros. Concretamente 42.195 metros de sacrificio que, si se hace con alguien al lado, al menos, dicen, se hace menos duro. "Lo peor para un maratoniano es la soledad, pero en este tipo de pruebas casi nunca va solo", decía en la meta Julio Molina, atleta popular sevillano que ha corrido todas las ediciones de la prueba hispalense y que este año, en ausencia de grandes nombres, se había convertido en la imagen de la carrera. Con más de 5.000 corredores resulta difícil no encontrar un aliado en la aventura, sí. O no. Un atleta se tomó el Maratón de Sevilla como si fuera una contrarreloj. Casi en el tercer kilómetro, destacado, se fue solo con una idea en la cabeza la meta. Y solo llegó.

Mohammed Blal, un marroquí de 28 años afincado en Madrid, ganó en la capital andaluza su primer maratón. Era el segundo que disputaba y su éxito casi se convierte en gesta después de correr sin compañía 39 kilómetros. Apenas tres le duró una liebre que no iba al ritmo que el atleta magrebí, descarado, le exigía. Descarado porque no dudó en irse hacia delante sin mirar atrás; descarado porque, tras ganar con un meritorio tiempo (2:13.43 horas), señaló en la línea de meta totalmente en serio que su objetivo era batir el récord de la prueba (2:09.53, marcado el año pasado por el etíope Daniel Wedajo Abera). "¿La liebre? No ha fallado. No iba al ritmo que yo quería y por eso tiré. Lo que me ha frenado han sido las zapatillas. Me han hecho mucho daño. Mi objetivo era rebajar el récord. Es un circuito muy bueno, casi plano y con grandes avenidas. Con más gente a mi lado, como ha pasado otros años, creo que lo hubiese logrado. Aquí se puede correr en 2:07 horas", aseguraba Blal, un mediofondista reconvertido y ex jugador de rugby rescatado de las carreras populares por Fernando Rodríguez, quien fuese entrenador de Vicente Antón, ganador en tres ocasiones (en 1986, 1987 y 1993) de esta cita. Bajo su tutela -"es como mi segundo padre", afirma- lleva apenas seis meses. La progresión es evidente. A finales de enero ganó la media maratón de Getafe con 1:03.05 (ayer, 1.05,23) y antes, en su primera experiencia ante los 42 kilómetros, en Barcelona, fue sexto en una carrera plagada de atletas profesionales.

No era el caso de Sevilla, en la que el desacuerdo entre la organización y la Federación Española por el cobro de un canon hizo de la vigesimoctava edición de la prueba hispalense la más popular de todas al sacarla del calendario nacional. Como la de San Sebastián. Cientos de historias personales tomaban el protagonismo ante la ausencia de las grandes estrellas del fondo. Para ellos la carrera no ha cambiado. Se sufre igual hasta cruzar la meta porque para "los mortales el sufrimiento es el mismo", aseguró Julio Molina (3:12.15) que corrió "el maratón más especial" de su vida. "Salir desde la primera línea ha sido algo increíble. Sólo lo había hecho en Berlín, y porque me colé detrás de Paul Tergat. Este año me quedan dos más (Madrid y Nueva York) y llegaré a los 60, pero mi reto personal de los 100 ya se ha convertido en algo público estos días, así que los tengo que hacer".

Sufrió, por ejemplo, Alberto Suárez, primer español en cruzar la meta. Segundo en el podio a algo menos de 10 minutos de Blal, pero con el hándicap de tener una dispacidad visual degenerativa. Su premio, ganarse una plaza para las Paralimpiadas de Londres, en las que tiene entre ceja y ceja lograr una medalla. No sería nada extraño. En 2011 ya se proclamó campeón del mundo de su categoría (T12) en Nueva Zelanda, de donde se trajo también un bronce en los 10.000 metros. Y todo comenzó con la peor de las noticias, cuando se enteró que su pérdida de visión progresiva no tenía cura hace cinco años al ser una degeneración ocular genética. Su afición al deporte lo llevó "a salir con amigos para no perder la forma", pero se le daba bien y lo animaron a tomárselo en serio. Segundo en el maratón de Asturias (de donde es natural) y en el italiano de Carpi, "esto era ya palabras mayores". En su cuarto maratón, el de Londres, el objetivo será subir un escalón más, el último, en el podio.

Y si primero fue un magrebí salido de las carreras populares y segundo un corredor con una deficiencia visual que lograba su mejor marca y el récord del mundo de su categoría (2:23.24), tercero fue un guardia civil granadino, Modesto Álvarez Domínguez (2:24.08), que también hacía marca personal en Sevilla. Una historia más, como las de los otros 4.346 atletas, hombres y mujeres, que acabaron la carrera dentro del tiempo de control y que hicieron suya la edición más popular y populosa de una cita que ya prepara la número 29.

En categoría femenina el triunfo fue para la irlandesa Jill Hodgins (2:46.58), quien, como Blal, hizo parte de la prueba en solitario. Tampoco entre las chicas hubo atletas de elite, algo que no resta mérito a María Dolores Jiménez Guardeño (3:02.18), una andaluza nacida el año 1969 que vio recompensado su enorme esfuerzo cruzando la línea de meta en segunda posición, por delante de la corredora belga Chantal Xhervelle (3:04.13), que al paso por la media maratón seguía la estela de Hodgins.

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