Don Jorge Molina Vidal (0-3)

Las Palmas - Betis · la crónica

El alcoyano, en su semana más difícil, proporciona una victoria vital. Enésimo golpe en la mesa del Betis.

Portillo, letal en los pases cerca del área, escapa a la vigilancia de Hernán cerca de la banda derecha.
Portillo, letal en los pases cerca del área, escapa a la vigilancia de Hernán cerca de la banda derecha.
Javier Mérida

16 de marzo 2015 - 05:02

Su partido estaba siendo espantoso, muy por debajo, encima, del de un Betis que se difuminó en diez minutos. Torpe, tosco, atribulado, distraído, lento, escupiendo balones dignos del control del más zoquete, desperdiciando un contraataque en el minuto 26 que sólo dependía de un regular pase suyo para acabar en gol... Así lució Jorge Molina en los primeros cuarenta y cinco minutos del mediodía grancanario, como si su mente se hallara aún en cierto habitáculo frío e inhóspito de Pamplona en el que, posiblemente, pasó el peor momento de su vida.

Porque Jorge Molina, Vidal por su madre, es, ante todo, una gran persona. Quien haya tenido la fortuna de conocer al alcoyano podrá corroborar que para nada es ese divo en el que se convierte más de un futbolista. Apenas es lo que desprende su rostro, sin dobleces, ni más menos: un hombre afable, tímido, bueno... Pero por fas o por nefas le tocó el pasado jueves lidiar con una corrida para la que no se había entrenado. Y, según parecía, la cornada del primer toro fue grave, aunque en el segundo cogiese los tratos con firmeza para decirle al mundo bético que apenas tenía la taleguilla descosida y que por él no iba a quedar.

Y no es que el bético de a pie dude de él ni la quinta parte que un juez navarro. Casi seguro de que no trincó por dejarse perder ante Osasuna, a pocos les importaría si, como se sospecha, pudo enjuagar algún eurillo por aquel lejano 4-3 frente al Valladolid. ¿O hay algún futbolista en este país que se haya negado a coger alguna prima por hacer su trabajo y ganar?

Conste que no se trata de justificar nada ni de poner en un pedestal a nadie, sólo de tratar de colegir qué pudo pasar en el vestuario del Betis en el descanso para que un equipo que asomó intenso y con el manual de su entrenador entre ceja y ceja se extinguiese en apenas ocho minutos y viese hasta como dos balones en sus palos estaban a punto de alejarlo de lo que ya es bastante más que una ilusión.

Conociendo el paño, más de uno puede imaginar a Mel con la mano por encima del hombre que hoy es el soporte del fútbol de su equipo. Porque Jorge Molina no es un goleador, es, en su fútbol también, pura generosidad, ofrecimiento. Quien no lo conociera podría pensar que su primer acto había significado una maniobra de despiste.

Pero con él y con Mel, tras el descanso, el Betis fue otro. Se agarró al piso, con la misma firmeza de antes, pero soportó mucho más de ocho minutos. Fueron cuarenta y cinco largos, en los que apenas dio respiro a Las Palmas para enjaretar un contragolpe tan inopinado como el de Jorge Molina en la primera mitad.

El Betis, ya con la defensa igualmente aleccionada y sin temblores, se hizo uno. Apretó los dientes y no dejó resquicio. Miró más hacia Casto que hacia Adán. Combinó con sentido. Y fue logrando que los sudores se tiñesen de amarillo, al punto de que a la hora de juego ya iba flotando ese Betis mandón que gusta a su entrenador, ese equipo obligado a presumir en esta categoría y meter miedo, al límite de que Las Palmas, líder y gallito, no tuvo más remedio que reconocer la dictadura de la calidad.

Porque los goles verdiblancos no llegaron en jugadas a balón parado ni en despistes del contrario. En el primero, el tiquitaca pasó por N'Diaye, Varela y por un genial pase de Portillo tras despeje segundillo de David García; en el segundo, el lateral izquierdo bético se apoyó en Portillo para ofrecer un balón letal al doblete de Jorge Molina. El malagueño, un artista en campo ajeno, que es adonde Mel supo llevar el partido en la segunda mitad, se inventó un nuevo pase de esos que parecen sin querer para el recién ingresado Dani Ceballos.

Carencias, sí, pero calidad, también. La mejor plantilla de la categoría a la fecha con diferencia en cuanto una luz vio que sólo necesitaba un entrenador. Si, además, y a tiempo, se entretuvo en contratar a uno de los mejores, sólo falta ahora que éste no deje camarón que se duerma, llámese Dani Ceballos, que es fácil y hasta oportuno, o Rubén Castro. Que aquí sólo importa el Betis, el líder. Y, por suerte, sobre el césped sólo lo juzgará un balón.

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