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Un sueño entre las matas

  • Quince años después del Mundial de Sevilla, el lamentable estado de las pistas refleja que el impulso de aquella gran cita ha resultado baldío.

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"En breve se quedará pequeño". La lapidaria frase salió de los labios de Alfredo Sánchez Monteseirín, alcalde de Sevilla, cuando se bajó el telón de los VII Campeonatos del Mundo de atletismo al aire libre. Quizás movido por el éxito deportivo de la magna cita, se dejó llevar por el optimismo. Quince años después, el vaticinio mueve a la hilaridad. O más bien a la indignación, si se echa un vistazo al estado que hoy lucen las pistas en las que brillaron Michael Johnson, Hicham El Guerrouj, Mo Greene o Marion Jones en aquellos días de altísima competición.

El estreno debió gustar a los gitanos, poco amigos de los buenos principios: el suceso de los proetarras disfrazados de giraldillas en la inauguración añadió más tensión a la ya acumulada por la contrarreloj que supuso la finalización de las obras. Y para más inri, las gradas registraron una pobre entrada en los dos primeros días de competición, el sábado 21 de agosto y el domingo 22. Y eso, a pesar de que el menú contenía platos fuertes como la final de los 100 metros lisos (Mo Greene, 9,80 segundos, y Marion Jones, 10,70). Miembros de la IAAF, según desveló este diario el día siguiente a la final del hectómetro, mostraron en cenáculos privados sus quejas por el frío ambiente de las gradas. O más que frío, despoblado: el calor también supuso un hándicap para convencer al personal.

La organización reaccionó, movió sus hilos y los sevillanos pusieron en práctica aquello de "gratis, cueste lo que cueste". Con las entradas a cero pesetas, familias enteras acudieron a descubrir el atletismo. Y el atletismo correspondió al interés popular brindando jornadas de puro caviar: el lunes 23, Niurka Montalvo se colgó el primer oro español en un emocionantísimo y polémico pulso con la italiana Fiona May. La saltadora de origen cubano apuró tanto en su mejor intento (7,06 metros) que los periodistas italianos no disimularon sus quejas en la tribuna cuando vieron en las pantallas el primer plano del pie de Niurka. Esa final encendió a la afición española (el 60% de los asistentes) y desde entonces, cada día fue una fiesta. El martes 24, Hicham El Guerrouj deslumbró en los 1.500 metros (3.27,65), el mismo día en que Haile Gebrselassie impuso su magisterio en los 10.000 (27.57,27). El miércoles 25, Sevilla volvió a ser noticia en todo el mundo ya que la deportista más mediática y glamourosa del monento, Marion Jones, se desplomaba sobre la pista en la segunda semifinal de los 200 metros. Y ese percance elevó aún más la expectación, que estalló definitivamente el día siguiente, cuando Michael Johnson dio la vuelta a la pista más rápida de la historia.

Los 43,18 del Expreso de Waco hacen que la palabra "Seville" siga apareciendo en los rótulos de todo el orbe cuando llega una gran competición atlética. Fue la gesta que consagró el Mundial, que lo amortizó desde el punto de vista emotivo y mediático.

Desde el punto de vista español, el éxtasis llegó el último fin de semana, en ese mágico sábado 28 marcado por la plata del malogrado Yago Lamela en salto de longitud (8,40 metros) y, sobre todo, por la entrada al estadio de Abel Antón, camino del oro en la maratón. El estadio repleto, el colorido rojigualda, el estallido de flashes en la vuelta triunfal del soriano se antoja hoy una fantasía viendo el estado de las pistas.

Tres lustros después, esa pista, acabada en fecha límite, como tantas y tantas piezas del coliseo -aunque luego alabada por los atletas a causa de su rapidez-, está visiblemente desgastada y con hoyos. Las líneas que delimitan las calles se han difuminado, como el tiempo fue difuminando el sentido de ese mastodóntico recinto. Nació como coliseo para contener la proyección de Sevilla al mundo a través del deporte. Y poco a poco, con los sucesivos reveses que le ha dado la vida, se ha convertido en un mausoleo donde reposa, entre matas y baches, un sueño de grandeza.

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