Luis Rendueles | Periodista "El ladrón del 'Códice' tenía algún desorden acumulativo"

"El ladrón del 'Códice' tenía algún desorden acumulativo" "El ladrón del 'Códice' tenía algún desorden acumulativo"

"El ladrón del 'Códice' tenía algún desorden acumulativo"

Luis Rendueles (Gijón, 1967) ha trabajado para el diario El Sol, TVE y Antena 3. Fue reportero y subdirector de la revista Interviú y ahora forma parte de El periódico de Catalunya. En radio, copresenta junto con Manu Marlasca el espacio Territorio Negro, dentro del programa de Julia Otero. Con Marlasca ha escrito los libros Así son, así matan; Mujeres letales y Una historia del 11-M que no va a gustar a nadie. Fue nombrado Periodista del Año por sus reportajes sobre el secuestro de la farmacéutica de Olot. En Los ratones de Dios (Sin Ficción) se adentra en el robo del Códice Calixtino.

-¿Qué le hizo pensar que había mucho hielo bajo el iceberg del Calixtino?

-Cuando sucedió el robo, en 2011, yo estaba aún trabajando en Interviú y me tocó cubrirlo. Además de la historia en sí misma del electricista, del robo por venganza, lo que se intuía era un escenario de crimen insólito: ese escenario de piedra y silencio era diferente a cualquier otro; un espacio cerrado con millones de euros en joyas y obras de arte. A ello súmale canónigos de entre 65 y 85 años que prácticamente no salían del templo, con gregarios, trabajadores de la catedral, muy especiales: el tiraboleiro, que lanza el botafumerio; el guardia nocturno que da cuerda a mano al reloj...

-Diez negritos.

-O trece, según los sospechosos, porque en la primera lista ya dedujeron que tenía que haber sido un santo: alguien de dentro. También se parecía al juego del Cluedo: el electricista, el teclas, la mujer de la limpieza... Todo ello, en un entramado de lucha de poder entre canónigos, con la facción del Opus Dei frente a la aperturista.

-En teoría bien asegurado, pero no es así. Entraba casi cualquiera.

-El Códice Calixtino era el libro favorito del antiguo deán, y a las personas que tenían confianza con él se lo enseñaba. Las cámaras de seguridad estaban defectuosas. En teoría, el libro tenía que estar en una caja fuerte bajo llave: el electricista tenía uno de los tres juegos. La teoría es que se las quedó de un canónigo al que le hacía de lazarillo.

-Entrar en otro mundo, casi medieval, de códigos ajenos. Por ejemplo, el deán deja claro que todos los pasos que dé la Policía, él los controlará.

-Y que tienen un teléfono con conexión directa con La Moncloa, como comprobarían los inspectores. La Policía destinada a este caso sabía que había ojos y oídos por todas partes y que, desde la Iglesia, se desarrollaba una investigación paralela, destinada, digamos, a reducir daños.

-Con precedentes como esos robos que no se denunciaron.

-La sangre fría de la que hacían gala era alucinante. "Donde hay queso, siempre hay ratones", les decían. Se dio el cambiazo de una bandeja de oro por una bandeja dorada, el líder de la facción del Opus fue acusado de robar piezas del museo, por eso dimitió.... Se movían por un código de omertá. Incluso intentan hacer que el robo del Códice quede en nada haciéndole entender al electricista que puede actuar bajo el paraguas de la confesión.

-¿Cree que era una especie de compensación, de coger lo que creía que era suyo?

-Él decía que le debían 40.000 euros, y se hizo con dos millones. No lo creo. En la carta de 15 folios que envió al juez, decía que había empleados que se habían construido una casa de cinco pisos; otros que cogían vacaciones de tres meses en el mar Menor... "Diré quién roba, por poner un ejemplo: todos".

-Quedó en nada, al igual que las acusaciones de abusos.

-Sobre todo, contra un deán en concreto. Decía que había canónigos que se metían en la cama de los chavales del seminario. Eso quedó ahí. Al final, ese deán sí que fue destituido por una denuncia de tocamientos.

-Como personaje, el electricista es grandioso.

-Cuando entraron en su casa, tenía más de dos millones de euros en billetes. Literalmente, no tenía sitio donde meterlos. Su hijo no sabía exactamente lo que había pasado, ni su mujer, aunque ella fue condenada por blanqueo. Les pusieron micros en su casa y la transcripción es aburridísima: se escucha más a Jorge Javier que a ellos. Seguía robando cada mañana, aun cuando estaba la Policía ya allí. Ana, la inspectora, le decía: "Eres listo como una ardilla".

-Excepto por ese pequeño detalle de que iba apuntando lo que robaba.

-Tenía cartas hasta de Tarancón, el de la Transición. Probablemente, como dijeron los psicólogos, tenía algún tipo de compulsión de acumulación: incluso en prisión, parece que acumula los tickets de la cafetería. Pero se negó siempre a un examen psiquiátrico, a pesar del criterio de la abogada.

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