María Pagés | Bailaora y coreógrafa "Me define la curiosidad"

María Pagés. María Pagés.

María Pagés. / Juan Carlos Muñoz

Nacida en la trianera calle San Jacinto en 1963, lleva más de 50 años zapateando María Pagés y hace ya más de 40 que se fue a Madrid a aprender el oficio de bailaora, al que hoy añade el de coreógrafa. Ofrece su experiencia y hondura sobre la danza y el flamenco en el centro que lleva su nombre en Fuenlabrada junto a su marido, el escritor e hispanista marroquí El Arbi El Harti, “un espectador que me conoce continuo”. Insta a los políticos la sevillana, de gira por el mundo con Una oda al tiempo, a consensuar un pacto de Estado por la cultura.

–La coreógrafa Martha Graham decía que “un bailarín muere dos muertes: la primera, la física, cuando el cuerpo ya no responde”. ¿Teme envejecer y por eso dedica Una oda al tiempo?

–Ella lo diría pero no lo aplicó porque murió prácticamente en las tablas y es un ejemplo de mujer poderosa, de las que está al pie del cañón. No temo envejecer, forma parte de la vida, y sí me importa acompañar las transformaciones de la vida.

–En Yo, Carmen reivindicaba a la mujer real, defendía su “barriguita” y las patas de gallo “de tanto reír y tanto llorar”. ¿Nos libraremos algún día de cánones de belleza imposibles?

–Sí, si somos capaces de entender que hombre y mujer tenemos que ir de la mano porque juntos concebimos y juntos tenemos que caminar.

–Antonio Gades se resistió a ficharla por alta.

–Se resistió pero luego cedió. Mido 1,70 y en esa época era mucho. Fue un hándicap en mis inicios porque era como muy voluminosa, muy llamativa, cuando me fui con 15 años a Madrid.

–En sus espectáculos se inspira en María Zambrano, Marguerite Yourcenar o sor Juana Inés de la Cruz. La palabra es muy importante en su baile. 

–Es muy importante en el baile, en la danza y en el flamenco más aún porque el cante es continua poesía. Es un mensaje, un compromiso, una reivindicación. Todo eso está en la palabra.

–Tiene coreografías inspiradas en la arquitectura de Niemeyer. ¿Su trabajo no es para todos por sus connotaciones intelectuales?

–Claro que es para todos los públicos, simplemente intentas transmitir lo que tú quieres expresar, tus inquietudes, tus sensaciones. La figura de Óscar Niemeyer era un ejemplo no sólo por su arquitectura, sino porque con 100 años seguía yendo a un estudio a trabajar y quisimos valorar la edad, la vejez, la sabiduría. Nos gusta confrontar las artes porque es muy enriquecedor e inspirador.

–Un sueño de José Tomás le inspiró en un espectáculo. ¿Cómo es el torero en las distancias cortas?

–Es un ser humano con una sensibilidad que transmite a través del toreo. Esa charla fue muy inspiradora. Él me contó un sueño porque yo le dije cómo iba a plantear la coreografía de una manera circular. Es muy interesante, reflexivo, el reflejo de su propia personalidad.

–Una versión extendida afirma que ‘olé’ proviene de ‘Alá’...

–El flamenco tiene una gran influencia morisca y siempre ha habido una resistencia a reconocerla.

–Bailó polkas irlandesas aflamencadas en la Expo 92. ¿Es una precursora de la fusión de estilos?

–Soy el resultado de toda una tradición, con una mirada personal que justifica que me dedique a una expresión artística. Pero a mí me define la curiosidad y me llamó la atención la danza irlandesa y descubrí que zapateaban y que todas las danzas populares del mundo tienen alguna manera de golpear el suelo, como que te agarra a la tierra.

–Quiso actuar en Fukushima poco después del accidente nuclear. ¿Es posible encontrar belleza en medio de la devastación?

–La belleza está en encontrar la parte sensible de todo. En Fukushima estaba en ver las caras de los niños sonriendo y sudando de cómo bailaron con nosotros. Y en las miradas de sus abuelos, y el entrar y abrir un teatro que estaba cerrado después de año y pico porque nadie entraba allí ni quería entrar. Ésa es la belleza.

–Le prometieron que le enviarían manzanas en cuanto la tierra se recuperara.

–Aún no me las han mandado, pero como son tan exquisitos seguro que están esperando la mejor cosecha.

–Destacan su sentido del humor a la par que su extrema seriedad en el trabajo. ¿Con el pan no se juega?

–Por supuesto, hay que reírse seriamente y tener rigor porque es fundamental en el trabajo. En el centro coreográfico de Fuenlabrada transmitimos a los niños la importancia de los valores de la danza: esfuerzo, rigor, trabajo en equipo, seriedad.

–¿Cómo se le quedan el cuerpo y la mente tras vaciarse en el escenario?

–Llego al camerino vacía y satisfecha porque cada vez valoro más el esfuerzo del equipo cuando se levanta el telón y el aplauso de la gente... Son muchas sensaciones. Es una reventaera grande. Y luego tengo ganas de una cervecita fresquita y me la ponen en el camerino; ésa es la recompensa.

–Dicen que viaja siempre con minibotellitas de aceite de oliva porque no perdona su buena tostada.

–Sí, sí. Es lo más saludable. Además, yo tomo la tostada con aceite y con azúcar, como de chica en el desayuno con mis hermanos.

–Es la jefa de su compañía. ¿Se lanza a las calles cada 8-M?

–El 8-M siempre ha estado en mí. Lo he asumido y con los años te das cuenta de que lo que representas tiene una parte de responsabilidad y de compromiso, y eso lo he llevado a rajatabla. Lo transmitimos El Arbi, mi marido, y yo en la compañía. Las chicas y los chicos saben que es un compromiso.

–Tiene raíces baleares. ¿Le ocurre últimamente que la llaman María Payés?

–Me pasa mucho. Vamos a Barcelona este año para cerrar la temporada del Liceu y a ellos les encanta llamarme María Pagès (pronunciado Payés) con el acento para el otro lado. Tengo raíces baleares por mi bisabuelo, que era de Ibiza, pero catalán por parte de madre.

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